Folio 16 · Literatura · Ensayo ·
La muralla enterrada, de Franz: Santiago, la ciudad del imbunche
Franz sostiene que Santiago no tiene su gran novela porque es una ciudad cosida sobre sí misma. El ensayo busca la muralla que nunca se construyó.
- Editorial
- Booket
- Año
- 2011
- Sección
- Literatura
Una ciudad sin su novela
El punto de partida del ensayo es una carencia. Otras capitales latinoamericanas tienen un libro que las contiene: Buenos Aires, Lima, Ciudad de México aparecen una y otra vez como organismos completos en su propia literatura. Santiago, en cambio, aparece por partes. Un barrio aquí, una calle allá, casi nunca la ciudad entera.
Franz no atribuye la falla a los escritores. La atribuye a la ciudad. Santiago sería, según su argumento, un lugar deliberadamente ilegible: sin río navegable que la ordene, sin centro simbólico indiscutido, con una cordillera que cierra el horizonte y una traza que separa clases sociales con eficacia notable.
El imbunche como figura de lectura
La imagen que da título a la tesis viene de la mitología chilota. El imbunche es un ser al que se le cosen todos los orificios: no ve, no habla, no expulsa nada. Está entero y a la vez clausurado.
Franz propone leer a Santiago así. Una ciudad que creció tapando: el río canalizado, los cerros cercados, las poblaciones desplazadas hacia la periferia durante la dictadura, los muros que suben en los barrios acomodados. Cada gesto urbano de las últimas décadas habría ido cerrando una abertura.
La metáfora es potente y tiene el riesgo de toda buena metáfora: explica demasiado. Aplicada con rigor sirve para pensar la segregación urbana; aplicada con entusiasmo termina explicando también el carácter nacional, la timidez chilena y el clima, que es más de lo que una figura mitológica puede sostener.
La muralla que nunca existió
El título alude a una construcción real y fallida: los intentos coloniales de amurallar la ciudad, abandonados. Franz trabaja esa ausencia como síntoma. Una ciudad que no se amuralló por fuera se amuralló por dentro, repartiendo el miedo en fronteras invisibles que todo santiaguino sabe leer sin que nadie se las haya enseñado.
Ahí el ensayo está en su mejor momento, porque deja la especulación y describe. Las páginas sobre cómo se cruza Santiago –qué recorridos son naturales, cuáles requieren explicación, en qué punto una persona deja de estar en su zona– valen por sí solas.
Un ensayo escrito por un novelista
Conviene advertir el género. Esto no es sociología urbana ni historia de la arquitectura, y el autor no lo disimula: cita literatura, se apoya en su propia biografía y avanza por asociación más que por demostración. Quien busque datos duros sobre densidad, transporte o vivienda debe buscar en otra parte.
Lo que ofrece, a cambio, es una hipótesis de lectura. Después de este libro resulta difícil leer una novela ambientada en Santiago sin preguntarse cuánta ciudad cabe realmente en ella, y esa pregunta es un aporte durable.
La edición de bolsillo
El texto apareció originalmente a comienzos de los dos mil y volvió a circular en la edición de Booket de 2011, 198 páginas, en formato económico. La reedición importa: los ensayos chilenos sobre la ciudad tienden a agotarse y no volver, y buena parte de la discusión urbana local se ha hecho con libros que solo existen en bibliotecas universitarias.
Que este siga disponible explica en parte por qué la figura del imbunche se instaló en el vocabulario crítico y se sigue citando en trabajos sobre Santiago, a veces por autores que no han leído el libro completo.
Los libros con que conversa
La tesis de la ciudad ilegible se discute mejor con los títulos que la contradicen parcialmente. Hay narrativa chilena que sí construyó zonas de Santiago con densidad: la del barrio popular de mediados de siglo, la del centro cívico, la de la periferia nueva de los años ochenta.
Lo que ninguno de esos libros intentó es la ciudad completa, y ahí el argumento de Franz resiste. La gran novela urbana del siglo XIX europeo suponía una ciudad que podía recorrerse a pie y entenderse como un sistema. Santiago creció de otro modo: por anexión de zonas que no se hablan entre sí, con una segregación tan eficiente que un habitante puede pasar la vida sin pisar la mitad de la ciudad.
Escribir esa totalidad requeriría un narrador con acceso a todas las partes, y ese narrador no existe socialmente. La carencia que el ensayo describe es, entonces, menos literaria que urbanística.
Lo que el ensayo dejó instalado
Dos cosas sobrevivieron al libro y circulan por su cuenta. La primera es la figura del imbunche, que se volvió de uso corriente en la crítica urbana chilena y aparece citada en contextos donde nadie recuerda su origen.
La segunda es la pregunta misma. Después de este ensayo, la discusión sobre por qué Santiago no tiene su novela dejó de ser una queja de sobremesa y pasó a tener una hipótesis atendible, discutible y formulada con precisión.
Que la hipótesis sea correcta importa menos que el hecho de que exista. Un ensayo cumple su función cuando obliga a los siguientes a responderle, y este lo consiguió.