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Santiago de Chile
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Folio 25 · Reseñas · Reseña ·

Facsímil de Alejandro Zambra: reseña y análisis del libro de preguntas

Zambra tomó el formato de la prueba de admisión chilena –cuadernillo, alternativas, hoja de respuestas– y escribió con él un libro que se lee contestando. El resultado incomoda a quien pasó por esa sala.

Editorial
Hueders
Año
2014
Sección
Reseñas
Lámina del pliego para Facsímil

Qué propone Facsímil de Alejandro Zambra

El libro abre como abre un cuadernillo de prueba: con instrucciones. Nada de epígrafe, nada de primera línea memorable. Hay un enunciado seco, una numeración y cinco secciones que cualquiera que haya pasado por un cuarto medio chileno reconoce sin esfuerzo. Términos excluidos. Plan de redacción. Uso de ilativos. Eliminación de oraciones. Comprensión de lectura.

La apuesta de Facsímil de Alejandro Zambra consiste en no explicar nunca el chiste. El libro no dice “esto es una metáfora del sistema escolar chileno”: se limita a reproducir su forma con una fidelidad tan exacta que el lector empieza a contestar antes de darse cuenta de que le están preguntando otra cosa.

La forma del examen: estructura y análisis

Un análisis del libro tiene que empezar por lo obvio: son noventa ejercicios, y los ejercicios no son iguales entre sí. Los primeros funcionan casi como chistes de una línea, donde la palabra que sobra es la que el lector no querría descartar. Después las alternativas se alargan. Hacia el final, lo que se presenta como comprensión de lectura son relatos de varias páginas, con familias, con separaciones, con hijos que averiguan algo sobre sus padres, y luego llegan las preguntas, que son lo verdaderamente cruel del asunto.

Ahí está el hallazgo. El formato obliga a decidir. Uno lee un relato sobre un matrimonio que se rompe y en seguida debe elegir cuál de las cinco afirmaciones es correcta, como si la vida de esa gente admitiera una única respuesta marcada con lápiz grafito. El libro no comenta esa violencia. La ejecuta.

El eco de la PSU y la hoja de respuestas

Zambra rindió la Prueba de Aptitud Académica en 1993. El instrumento cambió de nombre en 2003, y para las generaciones siguientes el examen fue la PSU, con el mismo cuadernillo y la misma hoja de respuestas: una plancha de burbujas que se llenan por completo, sin salirse, con la advertencia de que las marcas mal hechas no se leen. Buena parte del efecto del libro depende de que esa hoja de respuestas exista en la memoria del lector como un objeto físico, casi textil, con su olor a papel barato.

Conviene decirlo sin solemnidad: el examen de admisión ordenó la biografía de varias generaciones chilenas. Definió carreras, ciudades, deudas. El sistema escolar chileno de la dictadura y de la posdictadura entregó a sus egresados un único día para demostrar catorce años de escolaridad, y ese día se resolvía rellenando círculos. La PSU heredó ese diseño y lo mantuvo casi intacto durante dos décadas.

Por eso el libro es menos una broma formal de lo que parece. Cuando una de las preguntas pide eliminar la oración que no corresponde, y la oración que no corresponde es la que menciona al padre ausente, el ejercicio deja de ser un juego.

Una reseña de la edición de Hueders

La primera edición apareció en Hueders en 2014, en formato pequeño, 108 páginas, con la tipografía y el interlineado de un cuadernillo real. Es una decisión editorial que trabaja a favor del texto: el objeto no se parece a un libro de literatura, se parece a lo que imita. Quien lo hojea en una mesa de librería tarda unos segundos en entender qué tiene en la mano.

Cualquier reseña honesta debería admitir el riesgo del proyecto. Un libro construido sobre una sola idea formal puede agotarse en veinte páginas, y hay tramos en que la gracia se repite. Zambra sortea el problema variando la escala: alterna ejercicios de dos líneas con relatos largos, de modo que el lector nunca se instala del todo en un ritmo. El análisis de esa alternancia es lo que distingue a este libro de un ejercicio de ingenio.

Sobre el sistema escolar chileno se ha escrito mucho ensayo y bastante panfleto. Facsímil elige otra vía: no argumenta, reproduce. Y al reproducir deja al lector en el lugar incómodo del examinado, que es exactamente el lugar donde el argumento se vuelve innecesario.

Dónde ubicar el libro en la obra de Zambra

Quien llegue desde Bonsái o Formas de volver a casa encontrará las obsesiones conocidas: la generación que creció bajo Pinochet, los padres que no explicaron nada, la sospecha de que la propia memoria es un texto mal editado. La diferencia es que aquí el procedimiento se lleva al extremo y la primera persona casi desaparece. Facsímil de Alejandro Zambra es el más impersonal de sus libros y, por eso mismo, el que más se parece a un documento de época.

Que Facsímil de Alejandro Zambra se haya traducido después al inglés como Multiple Choice, en versión de Megan McDowell, dice algo del alcance del hallazgo: el examen estandarizado es una experiencia bastante universal, y el libro viaja incluso cuando se pierde el detalle local de la prueba chilena.

Consultas frecuentes

¿Facsímil de Alejandro Zambra es una novela?

No en el sentido corriente. El libro no tiene trama continua ni un narrador estable: son 90 ejercicios repartidos en cinco secciones que imitan las de la prueba de admisión chilena. Algunos de esos ejercicios contienen relatos completos de pocas líneas, y hacia el final aparecen textos de varias páginas con forma de comprensión de lectura. Se lo suele describir como un libro de género indeciso más que como una novela.

¿Qué prueba imita Facsímil?

La prueba de admisión a la universidad chilena. Zambra rindió la Prueba de Aptitud Académica en 1993; el instrumento fue reemplazado en 2003 por la PSU, y son las secciones de la parte verbal las que dan forma al libro: términos excluidos, plan de redacción, uso de ilativos, eliminación de oraciones y comprensión de lectura.

¿Cuántas páginas tiene Facsímil y quién lo publicó?

La primera edición chilena la publicó Hueders en 2014, con 108 páginas. El libro se tradujo al inglés como Multiple Choice, en versión de Megan McDowell.

¿Hay que ser chileno para entenderlo?

Ayuda, pero no es indispensable. Quien rindió la prueba reconoce el formato de inmediato, incluida la hoja de respuestas y su cuadrícula de burbujas. Un lector de fuera puede leerlo como una satírica del examen estandarizado en general, aunque se pierda el detalle local.

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