Ir al contenido

Santiago de Chile
Crítica · Reseñas · Entrevistas

Folio 14 · Literatura · Ensayo ·

2666 de Roberto Bolaño: reseña y análisis de la novela del horror

Mil ciento diecinueve páginas, cinco partes y una ciudad inventada, Santa Teresa, donde las mujeres aparecen muertas. La novela póstuma de Bolaño no cierra, y eso es deliberado.

Editorial
Anagrama
Año
2004
Sección
Literatura
Lámina del pliego para 2666

Una reseña que empieza por el tamaño

Mil ciento diecinueve páginas en la primera edición de Anagrama, aparecida en 2004, un año después de la muerte del autor. Cualquier reseña de 2666 de Roberto Bolaño tropieza primero con esa cifra, porque el volumen impone una decisión antes de la lectura: hay que despejar semanas.

Conviene desarmar de entrada la idea de que 2666 de Roberto Bolaño sea un libro inconcluso. Bolaño trabajó en él hasta el final y dejó instrucciones: quería que las cinco partes se publicaran por separado, una por año. Los herederos y la editorial resolvieron lo contrario. La novela que existe es, entonces, una decisión editorial tanto como una obra, y leerla en un solo bloque produce un efecto que el autor quizá no buscaba: el de una masa que no se puede sostener con una mano.

Cinco partes: análisis de una arquitectura que no se explica

Cuatro críticos literarios europeos –un francés, un español, una inglesa, un italiano– dedican su vida académica a Benno von Archimboldi, un novelista alemán que nadie ha visto. La pista los lleva a Santa Teresa, en la frontera norte de México. Ahí termina la primera parte, y Archimboldi no aparece.

Después la novela cambia de manos. El profesor Amalfitano cuelga un libro de geometría en el tendal del patio para ver qué le hacen la lluvia y el viento. Un periodista deportivo estadounidense llamado Fate va a cubrir un combate de box y se queda. Luego llega la parte de los crímenes, y el libro se convierte en otra cosa. Al final, Archimboldi tiene su biografía, la guerra, el nombre falso, y el lector entiende que el enigma del comienzo era un pretexto.

El análisis más frecuente de esta arquitectura la describe como una serie de vasos comunicantes. Funciona mejor pensarla como cinco habitaciones con una pared en común: se oye lo que pasa al lado, no se ve.

El tono del horror

La parte de los crímenes ocupa el centro del volumen y es la razón por la que este libro no se parece a ningún otro de su autor. Son cerca de trescientas páginas que enumeran asesinatos de mujeres en Santa Teresa, uno detrás de otro, con el registro de un parte policial: nombre cuando lo hay, edad, ropa, lugar del hallazgo, estado del cuerpo, causa probable, número de causa, archivo.

La tentación sería llamar a eso denuncia. No lo es, o no solamente. La denuncia necesita indignación y la indignación necesita adjetivos, y aquí los adjetivos se han retirado. El horror no está puesto en el lenguaje: está puesto en la acumulación y en la sequedad. A las cuarenta muertes el lector se descubre leyendo más rápido, y ese descubrimiento –que uno mismo se está acostumbrando– es el golpe que la novela venía a dar.

Santa Teresa no existe en ningún mapa. Está construida sobre Ciudad Juárez, donde desde comienzos de los años noventa se documentó una serie prolongada de feminicidios que siguió sin respuesta judicial durante años. Bolaño no usa el nombre real y tampoco lo esconde. Prefiere la ciudad inventada porque le permite algo que el reportaje no puede: hacer del desierto que la rodea una entidad con voluntad propia.

Por qué la novela no cierra

Aquí conviene ser claro, porque es el reproche habitual: la novela no resuelve el caso, no identifica al culpable, no ofrece el alivio del cierre. Quien llegue buscando la mecánica del policial va a salir molesto, y con razón dentro de su propio criterio.

Pero el horror que organiza el libro es precisamente el de los crímenes que no se resuelven. Una novela que entregara un culpable convertiría a Santa Teresa en un caso, y un caso es algo que termina. Al negarse, el libro sostiene la única afirmación que le interesa: esto siguió pasando, y el mundo literario europeo de la primera parte –los congresos, las traducciones, las rivalidades de cátedra– siguió ocurriendo al mismo tiempo, sin enterarse.

De ahí la extraña simetría del conjunto. La búsqueda erudita de un escritor invisible y la lista de mujeres sin identificar son, estructuralmente, el mismo gesto: alguien que no aparece.

Qué queda de 2666 de Roberto Bolaño

2666 de Roberto Bolaño obtuvo el Premio Salambó en 2005 y, en la traducción de Natasha Wimmer, el National Book Critics Circle Award en 2008. Los premios importan poco frente al hecho de que el libro cambió el tamaño que una novela latinoamericana podía tener sin pedir permiso.

Lo que se recuerda a distancia no es la trama, que es difusa por diseño, sino el tono: esa voz administrativa que anota cadáveres sin subir la voz. Un análisis que se detenga solo en las referencias, las claves y los guiños se pierde lo esencial, porque lo esencial es una decisión de registro. Bolaño encontró la manera de escribir sobre el horror sin decorarlo, y eso –en una literatura acostumbrada a lo contrario– es su aporte más duradero.

Consultas frecuentes

¿Cuántas partes tiene 2666 y cuáles son?

Cinco: «La parte de los críticos», «La parte de Amalfitano», «La parte de Fate», «La parte de los crímenes» y «La parte de Archimboldi». Bolaño dejó indicaciones para publicarlas por separado; los herederos y Anagrama optaron por el volumen único de 2004.

¿Santa Teresa existe?

No. Santa Teresa es una ciudad inventada en la frontera norte de México, construida sobre Ciudad Juárez, donde desde comienzos de los años noventa se documentó una serie prolongada de asesinatos de mujeres. La novela no usa el nombre real, pero tampoco disimula la referencia.

¿Es necesario haber leído Los detectives salvajes antes?

No. Comparten procedimientos –la búsqueda de un escritor que no aparece, los narradores que se relevan, el desplazamiento constante– y algún personaje reaparece, pero cada novela se sostiene sola. Quien empiece por 2666 no queda afuera de nada.

¿Por qué la novela se llama 2666?

Bolaño no lo explicó. La cifra aparece en Amuleto, donde se describe un cementerio del año 2666, y ese es el único apoyo textual firme. Todo lo demás pertenece al terreno de la conjetura de sus lectores.

En el mismo cuadernillo

  1. 35 Psicoanálisis en dictadura: los analistas chilenos y Castillo CernaEnsayo
  2. 33 Paul Otchakovsky-Laurens, el editor que hizo del riesgo una políticaNota
  3. 32 Regreso, de Juan Emar: la novela que estaba escondida en sus diariosRescate
  4. 38 Gabriela Mistral en Carta para muchos: los años consulares en EspañaRescate