Folio 38 · Literatura · Rescate ·
Gabriela Mistral en Carta para muchos: los años consulares en España
Mussolini no la dejó ejercer en Nápoles porque era mujer. Dos años después firmaba desde Madrid. La edición de 2015 reúne la prosa y las cartas de ese tramo.
- Editorial
- Ediciones Universidad de la Frontera / Origo
- Año
- 2015
- Sección
- Literatura
Un cargo que no pudo ejercer
A mediados de noviembre de 1932, Gabriela Mistral estaba en Italia. Meses antes había sido nombrada cónsul honorario en Nápoles, un reconocimiento a su trabajo en la Sociedad de las Naciones y a una labor periodística ya extensa; era su primer cargo consular. No llegó a ejercerlo. El gobierno italiano, con Mussolini a la cabeza, no admitía mujeres en puestos diplomáticos y le negó el exequátur.
El episodio abre el período que reúne Carta para muchos. España, 1933-1935, volumen publicado en 2015 por Ediciones Universidad de la Frontera y Origo Ediciones, con edición y prólogo de Karen Benavente e investigación de Daniela Schütte González. El proyecto contó con financiamiento del Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura. Esta revista publicó en su momento una selección con introducción de ambas investigadoras.
Que el nombramiento fuera honorario y sin sueldo fijo no le impidió aceptarlo. En una carta a Carlos Préndez Saldías explicó sus razones con una franqueza que no aparece en su prosa pública: servir al país en un cargo honorario le permitía desarmar la leyenda de descastada que arrastraba, y el clima italiano era el único de Europa compatible con su salud y con lo que llamaba su aversión absoluta al frío. En la misma carta descartó volver a Chile. Le había dado más de veinte años de su vida, que le parecían suficientes, y no sabía vivir en tierras divididas donde hay que ser cada día el centinela de uno mismo.
Puerto Rico y el derecho a la lengua
A comienzos de 1933 viajó a Puerto Rico para dictar cursos en la universidad. Fue una estadía importante por dos motivos que la edición documenta bien. Uno es afectivo: la recibieron con honores y el clima le sentaba, y ella lo describió como cura y vida larga. El otro es intelectual. Allí conoció a Berta Singerman, actriz y recitadora argentina de origen ruso, y allí encontró de cerca la lucha puertorriqueña por conservar el español como primera lengua.
De ese cruce sale uno de los temas más insistentes de su prosa del período. Mistral formuló el derecho a la lengua heredada como equivalente al derecho al alma propia, y para quienes dudaran del alma, al derecho a llevar el propio cuerpo: aprender otros idiomas, estimarlos, admirarlos, y usar el suyo. No era una posición defensiva sino política. Pensaba la lengua como la única cohesión posible de los pueblos latinoamericanos, y le atribuía valor como capital social y como vía de acercamiento con España después de la Conquista.
Madrid, y la frase que resume su método
El 23 de marzo de 1933 recibió primero un telegrama escueto y luego una carta firmada por Miguel Cruchaga Tocornal, que le ofrecía el consulado de elección en Madrid. No aceptó de inmediato. Tenía sus clases, estaba bien acogida y el clima la favorecía, de modo que consultó con amigos y conocidos antes de decidir. El 1 de abril aceptó, y lo hizo con una fórmula que sirve de retrato: se iba de ahí como de todas partes.
Los dos años siguientes son el centro del libro. Es el tramo en que Mistral ejerce como funcionaria y escribe al mismo tiempo una cantidad considerable de prosa periodística, y en que la correspondencia deja de ser un anexo biográfico para convertirse en el lugar donde razona.
Qué aporta la edición
El valor del volumen es de orden documental. Reúne materiales dispersos de un período específico y los ordena con aparato crítico, de manera que se puede seguir el itinerario administrativo y el intelectual en paralelo: el cargo negado en Nápoles, los cursos en San Juan, la aceptación del consulado madrileño. La prosa de Mistral funcionaria es menos citada que su poesía y bastante más impaciente, y esa diferencia de tono es en sí misma un hallazgo para quien la conoce solo por los Sonetos de la muerte.
Conviene leerlo, además, contra el relato consagratorio. La misma escritora que en 1945 recibiría el Nobel había sido excluida de un puesto diplomático por su sexo doce años antes, y lo consignó sin dramatizar, en cartas dirigidas a personas concretas. El libro deja ver esa distancia entre la figura pública y la que administraba trámites, salud y clima con una lucidez incómoda.