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Santiago de Chile
Crítica · Reseñas · Entrevistas

Folio 33 · Literatura · Nota ·

Paul Otchakovsky-Laurens, el editor que hizo del riesgo una política

Fundó P.O.L en 1983 y publicó durante treinta y cinco años libros que ninguna otra casa habría aceptado. Murió en enero de 2018, en un accidente.

Sección
Literatura

Una editorial con sus iniciales

Paul Otchakovsky-Laurens fundó P.O.L en 1983, después de años de trabajo editorial en otras casas francesas. El nombre del sello son sus propias iniciales, decisión que en su caso no fue vanidad sino declaración de responsabilidad: el catálogo lo firmaba una persona, no un comité.

Murió en enero de 2018, en un accidente automovilístico en Guadalupe. Tenía setenta y tres años y seguía dirigiendo la editorial.

Un catálogo construido contra el cálculo

Lo que distingue a P.O.L de otros sellos literarios franceses es la clase de riesgo que asumió de manera sistemática. Publicó a Georges Perec cuando la obra de Perec era todavía un asunto de minorías. Publicó a Marguerite Duras en su etapa más despojada. Publicó a Emmanuel Carrère, a Marie Darrieussecq y a una larga lista de autores cuyos manuscritos no encajaban en ninguna colección existente.

El criterio, según se desprende del propio catálogo, era casi inverso al comercial: publicar el libro que solo esa editorial podía publicar. Eso incluyó poesía experimental sin público, textos de extensión imposible y libros de escritores que no volverían a escribir otro.

Qué significa editar así

Conviene resistir la hagiografía, porque el elogio fácil al editor artesanal suele borrar la economía. P.O.L operó dentro de la industria francesa y en distintos momentos formó parte de grupos mayores, con la distribución y la infraestructura que eso implica. La independencia que importaba era la del criterio, no la del balance.

Ahí está la lección aprovechable. La libertad editorial no consiste en trabajar solo ni en ser pequeño: consiste en que la decisión sobre qué se publica no se tome mirando la proyección de ventas. Sostener eso durante treinta y cinco años, dentro de una industria, es mucho más difícil que sostenerlo desde afuera.

La distancia con el caso chileno

Leído desde Chile, el trayecto de P.O.L produce a la vez admiración y una cierta melancolía comparativa. Aquí también hay editores que construyeron catálogos por criterio y no por cálculo, y varios de los libros más importantes de las últimas décadas existen por esa razón.

La diferencia está en la duración. Un sello francés de este tipo pudo sostenerse durante décadas y convertirse en referencia; los equivalentes chilenos suelen operar con márgenes que no permiten planificar más allá del año siguiente. No es un problema de convicción sino de escala del mercado lector.

Lo que queda de un editor

De un escritor quedan sus libros. De un editor queda una lista de libros ajenos, y esa lista es su obra aunque no lleve su firma en la portada.

La de Otchakovsky-Laurens se puede consultar. Es larga, desigual como toda apuesta sostenida, y contiene una cantidad desproporcionada de títulos que la literatura francesa contemporánea considera hoy imprescindibles. Ninguno de ellos era evidente cuando llegó a su escritorio, y ese es exactamente el trabajo.

Una identidad gráfica sin concesiones

P.O.L es reconocible de lejos y lleva décadas siéndolo: cubierta blanca, tipografía sobria, el nombre del autor y el título, y prácticamente nada más. Sin ilustración, sin faja, sin la frase de elogio que la industria considera indispensable.

La decisión no es estética solamente. Una portada que no promete nada obliga al lector a decidir por el nombre del autor o por confianza en el sello, y esa confianza hay que construirla libro a libro durante años. Es la traducción visual de la misma política: aquí no se seduce, se publica.

En un mercado donde la cubierta se diseña para el algoritmo de una librería en línea, sostener esa austeridad tiene un costo comercial calculable. P.O.L lo pagó durante toda su existencia.

El editor que no quería ser el protagonista

Otchakovsky-Laurens concedió pocas entrevistas y evitó el papel de personaje literario, que en el medio francés está siempre disponible para quien lo quiera. Cuando habló públicamente de su trabajo, lo hizo en términos prácticos: cómo se lee un manuscrito, cuánto tarda una decisión, qué se le dice a un autor cuando el libro no está.

Esa reticencia contrasta con la figura del editor-estrella que se consolidó en las últimas décadas, con presencia en medios y opinión sobre todo. Vale la pena registrarlo porque señala una manera distinta de entender el oficio: la de quien considera que el editor hace bien su trabajo cuando no se nota que estuvo.

En 2017 participó en una película documental sobre su propia labor, terminada poco antes de su muerte. Es prácticamente el único registro extenso de su voz hablando del asunto, y llegó al final de una carrera de treinta y cinco años.

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