Folio 42 · Reseñas · Entrevista · nota ·
Dibujos de Hiroshima, de Marcelo Simonetti: una vida que empieza antes
Un nieto recibe como posta el enigma que perturbó a su abuelo. Simonetti armó la novela leyendo japoneses y le pidió prestada una voz a Cortázar.
- Editorial
- Emecé
- Año
- 2020
- Sección
- Reseñas
Una novela sobre lo que se recibe sin pedirlo
Dibujos de Hiroshima (Emecé, 2020) parte de una muerte. El abuelo de Yasuhiro, el protagonista, deja al morir un enigma que el nieto asume como si le hubieran pasado un bastón de relevo: es el nieto de los Nakata quien queda llamado a develar aquello que perturbó a su abuelo durante años. La novela apareció ese año y Joaquín Escobar entrevistó al autor para esta revista.
El mecanismo que organiza el libro es la circularidad. Simonetti lo describió como un ejercicio de espejos: la idea de que la vida de uno se toma por sobre la de otro, como si estuviéramos designados por el azar. Interrogado sobre el aire borgeano y austeriano de esas conexiones, reconoció su admiración por Paul Auster –mencionó La trilogía de Nueva York, La música del azar y Brooklyn Follies– y la devoción por Borges que Auster comparte, pero aclaró que no pensaba específicamente en ellos al escribir. El libro se armó, dijo, más al alero de los narradores japoneses.
El trabajo de inmersión
Ese detalle de método es lo más útil de la conversación. Antes de escribir hizo un trabajo deliberado de inmersión en la narrativa japonesa, buscando aproximarse a la atmósfera particular de ciertos autores del Japón. Lo formuló con una imagen precisa y con la cautela debida: guardando las distancias, hay un tono, a la manera de un claroscuro, que permite advertir al menos el intento de acercamiento a ese territorio.
La novela deja huellas intertextuales de Kawabata, Ōe y Kawakami, y también de Cortázar. Lo de Cortázar tiene una función localizada que conviene explicar, porque es el tipo de decisión técnica que las reseñas suelen tratar como guiño: Simonetti necesitaba dotar de discurso al personaje de Fabián Aristimuño, situado en uno de los bares más emblemáticos de Valparaíso, y le pareció útil apropiarse de la voz del protagonista de «El perseguidor». Es un préstamo de registro, no una cita.
Preguntado sobre si la literatura debe remitir a otra literatura, respondió que no lo cree necesario, aunque en algunos proyectos ha incurrido en esa referencia. Señaló La traición de Borges (Lengua de Trapo, 2005) como el caso donde trabajó explícitamente con esa lógica.
Memoria que no es predestinación
El punto donde la novela se vuelve una tesis, y no solo una trama, está en cómo entiende la herencia. Su formulación es que nacemos y vivimos en medio de circuitos que vienen del origen y se proyectan hacia adelante: las experiencias y los conocimientos que incorporamos llegan cargados de historias pasadas, y una existencia empieza a escribirse antes del nacimiento.
Lo importante es la salvedad que agregó, porque desactiva la lectura fatalista. Eso no significa que la vida esté predestinada. La voluntad de cada individuo puede seguir el dibujo que otros iniciaron antes, torcer esos trazos, o empezar un dibujo nuevo que de todos modos llevará implícitos todos los anteriores. Y sostuvo que ocurre igual en el plano individual y en el colectivo.
Ahí se explica el título. Los dibujos no son ilustraciones ni un motivo decorativo: son la figura con que el libro piensa la herencia. Un trazo empezado por otro que uno continúa, desvía o abandona.
Lo personal, y una respuesta sobre para qué sirve
El autor confirmó que la novela se escribió al alero del recuerdo de sus abuelos, y que hay en ella un viaje personal que busca conectarse con historias familiares: la idea del puzle incompleto, la de construir un vacío mediante la escritura.
Cerró con un desvío que vale conservar. Recordó una entrevista a Hebe Uhart en que le preguntaron para qué sirve la literatura y ella contestó que para nada, y devolvió la pregunta: ¿para qué sirve el amor? De ese intercambio Simonetti extrajo la observación de que hemos olvidado que las cosas más importantes de la vida no son utilitarias.
Es una posición cómoda de enunciar y difícil de sostener en un libro. Dibujos de Hiroshima la sostiene por una razón estructural: si la memoria heredada no sirve para nada práctico y de todos modos determina lo que un nieto hará con su vida, entonces la inutilidad de la que hablaba Uhart es justamente el asunto de la novela.