Folio 19 · Literatura · Ensayo ·
Literatura fractal: Mandelbrot, Borges y Perec, la forma que se repite
Antes de que existiera la palabra fractal, dos escritores ya construían objetos que se contienen a sí mismos. La geometría llegó después a ponerles nombre.
- Sección
- Literatura
Qué nombra la palabra fractal
Benoît Mandelbrot acuñó el término en 1975, en Les objets fractals, y lo desarrolló en The Fractal Geometry of Nature, de 1982. Nombraba una clase de formas que la geometría clásica no sabía describir: costas, nubes, ramificaciones de árboles y pulmones, objetos cuya irregularidad se repite a distintas escalas.
Lo decisivo, para lo que sigue, es la autosemejanza. Un fragmento de la forma reproduce la forma completa. Se puede acercar el zoom indefinidamente y seguir encontrando la misma estructura, sin llegar nunca a una unidad mínima y lisa.
Borges, o el infinito administrado
Décadas antes de esa formalización, Borges construía objetos con esa propiedad exacta. La biblioteca de Babel contiene todos los libros posibles y, entre ellos, catálogos de sí misma. El libro de arena no tiene primera ni última página. El Aleph es un punto que contiene todos los puntos.
La coincidencia no convierte a Borges en precursor de la matemática, y conviene resistir esa tentación, que se ha repetido bastante. Borges no anticipó la geometría fractal: trabajaba con paradojas del infinito que la filosofía conocía desde los eleatas y que él manejaba con una biblioteca y mucho ingenio.
Lo interesante es otra cosa. Ambos, el matemático y el escritor, se encontraron con el mismo problema –cómo describir algo que no se agota al dividirlo– y ambos concluyeron que la manera de hacerlo era mostrar la regla de construcción en vez del objeto terminado.
Perec y la máquina de hacer una novela
La vida instrucciones de uso, de Georges Perec, propone un edificio parisino de diez pisos por diez habitaciones y recorre sus cien casilleros siguiendo el movimiento del caballo de ajedrez. Cada capítulo es una habitación; cada habitación contiene objetos; muchos de esos objetos son cuadros, rompecabezas o relatos que contienen a su vez otras historias completas.
El resultado tiene la misma cualidad de acercamiento infinito. Un cuadro descrito en un capítulo representa una escena que se narra como si fuera real y que incluye otro cuadro. La novela no termina de fondo: se detiene por decisión del autor, no porque el material se haya acabado.
Perec pertenecía al Oulipo, que trabajaba con restricciones formales explícitas, y por eso su caso es distinto del de Borges. Aquí la regla no es un tema del relato: es el procedimiento con el que el relato se fabrica.
Los límites de la analogía
Vale la pena marcar dónde la comparación deja de servir. Un fractal matemático es infinito de verdad, en el sentido de que la iteración puede continuar sin término. Un libro tiene páginas contadas.
La autosemejanza literaria es siempre una ilusión producida por unas pocas iteraciones bien elegidas: dos o tres cajas dentro de cajas bastan para que el lector suponga la serie completa. Ese es el truco, y es un truco de composición, no una propiedad del texto.
Dicho eso, la analogía ilumina algo real. Hay una familia de libros que renuncian a la forma cerrada y proponen en su lugar una regla generadora, dejando que el lector complete mentalmente lo que no se escribió. Borges y Perec son sus dos casos mayores, y llegaron a esa solución por caminos que no se tocan.
Por qué la figura sigue circulando
Mandelbrot dio un nombre atractivo a una intuición vieja, y la crítica literaria lo adoptó con entusiasmo, a veces con poca precisión. Conviene usarlo con cuidado: llamar fractal a cualquier novela con relatos dentro de relatos vacía el término.
Reservado para los libros que hacen visible su regla de construcción, en cambio, sirve. Nombra una manera de resolver un problema muy concreto: cómo sugerir lo ilimitado con una cantidad limitada de páginas.
Una advertencia sobre el método comparado
Cruzar ciencia y literatura produce artículos atractivos y conclusiones frágiles. La operación habitual consiste en tomar un concepto técnico, encontrarle un parecido en un texto literario y declarar una anticipación.
Casi siempre el parecido existe y casi nunca prueba algo. Las estructuras recursivas están disponibles para cualquiera que piense un rato sobre el infinito, y aparecen en la mística medieval, en la retórica clásica y en los juegos infantiles mucho antes de que la geometría les diera nombre.
Lo que sí resiste el examen es el planteo inverso: no que la literatura anticipó la ciencia, sino que ambas enfrentaron un límite de representación y respondieron con la misma estrategia, que consiste en entregar la regla en lugar del objeto. Formulado así, el paralelo deja de ser una curiosidad y pasa a ser una observación sobre cómo se representa lo que no cabe.