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Santiago de Chile
Crítica · Reseñas · Entrevistas

Folio 37 · Literatura · Entrevista · nota ·

Enrique Winter y Guía de despacho: la poesía como documento mercantil

Ballenas, pueblos que dejaron de prosperar y un lenguaje roto que igual sirve para hacer inventario. En 2011 el poeta explicó cómo se armó su tercer libro.

Editorial
Cuarto Propio
Año
2010
Sección
Literatura

Un abogado con libreta

La conversación con Enrique Winter ocurrió en abril de 2011, en Plaza Italia, y quedó publicada en esta revista. Winter, nacido en 1982, se había tomado el día en el Congreso, donde trabajaba como abogado. De ese empleo dejó una observación breve que el entrevistador consignó tal cual: allí se ve el poder de muy cerca.

Su tercer libro, Guía de despacho (Cuarto Propio, 2010), es lo contrario de eso. El título viene del formulario comercial que acompaña una mercadería en tránsito, y el libro se comporta como tal: un documento que registra lo que se mueve, se gasta y se pierde. Los poemas hablan de fugacidad y de relaciones que caducan, y el propio autor describió el conjunto como un documento expedido desde un lugar deshabitado.

De dónde salieron las notas

Winter fue específico sobre el origen del material, y esa precisión es lo más útil de la entrevista. El primer poema, «Emplazamiento», está armado con notas casi textuales que tomó a fines de 2008 en San Carlos, en la Región de los Ríos, un pueblo ballenero que había sido próspero hasta el maremoto de 1960. Ahí está la operación del libro completa: un sitio flanqueado por industrias en desuso donde lo único todavía vital es el mar. Lo definió como la fugacidad instalada en lo que parece sólido.

El segundo poema, «Agüero», ocurre en la misma playa y abre lo que él llamó la conversación del libro, sostenida por una simetría dura entre un padre que de tanto recordar olvida el nombre de su hija y otro que aparece evocado con exactitud en «Arquitectura». De ahí en adelante el libro sostiene una tesis incómoda: los lugares se parecen mucho entre sí, y lo único que de verdad se distingue son las personas. Winter les quita las mayúsculas a los sitios y se las deja a la gente.

Las ballenas llegaron por casualidad y se quedaron por obsesión. Como escribe desplazándose, visitó Quintay, Iquique y Talcahuano, otros puntos donde hubo balleneras, y fue acumulando detalle. Contó que en Quintay lo primero que encontró fue un poema de Neruda sobre el tema que, en su opinión, ya lo decía todo; que decidió no escribir más sobre ballenas; y que lo hizo igual. Sobre la sospecha de romanticismo a lo Moby Dick fue claro: le interesa Melville por el lenguaje, el vaivén de las olas y el manejo del suspenso, más que por el símbolo. Su reparo va a la confusión humana entre tamaño, antigüedad y misticismo, y entre todo eso y la violencia. En el libro las ballenas terminan confundiéndose con las personas, y lo único realmente grande es el mar.

Cada libro responde al anterior

La entrevista deja además un mapa de su obra que él mismo trazó. Dijo que sus libros se responden entre sí, al principio sin que lo advirtiera, porque su método consiste en anotar de manera constante en una libreta: miles de carillas fechadas que después le muestran cuáles son sus fijaciones. Recién identificadas, empieza a investigar y a escribir desde una arquitectura.

Con ese criterio ordenó los tres títulos. Atar las naves (2003) es un libro sobre el no viaje y el encierro, con deseo de mar. Los cinco años siguientes viajó todo lo que pudo y de ahí salió Rascacielos (2008), escrito según su descripción de espaldas al mar, entre edificios y dentro de ellos, forzando el gesto de no mirarlo. En Guía de despacho el hablante ya está dentro del mar. El epílogo de Rascacielos, agregó, es un registro de sensaciones hacia adentro de lo que se vio y se perdió afuera.

Lo que el libro propone leer

Hay una idea que conviene subrayar porque no es frecuente. Para Winter el lugar arrasado funciona también como metáfora del lenguaje: roto, fragmentado, y por eso mismo apto para emitir un documento mercantil en vez de un poema de celebración. El pueblo que dejó de prosperar y la lengua que dejó de alcanzar son la misma cosa vista dos veces.

Es una poética de inventario, y explica por qué el libro evita el énfasis incluso cuando el material –la caza de ballenas, la ruina industrial, el mar– lo estaría pidiendo. Quien lo lea buscando epifanía va a encontrar una guía de despacho, que es justamente el punto.

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