Folio 36 · Literatura · Entrevista · nota ·
Camila Moreno en 2011: la canción chilena discute otra vez en voz alta
Entre Olmué y una marcha por energías limpias, Daisy Alcaíno la entrevistó cuando recién empezaba a incomodar. Lo que dijo entonces sobre la letra y el oficio sigue explicando su obra.
- Sección
- Literatura
Una entrevista hecha en la calle
En 2011, cuando Daisy Alcaíno la entrevistó para esta revista, Camila Moreno llevaba poco tiempo siendo un nombre discutido. La conversación no ocurrió en una oficina de sello ni en un camarín: se dio en una marcha por energías limpias, y ese detalle de logística dice bastante sobre el momento. La cantautora venía de una etapa en el grupo Los Disfruto y de un debut solista que la instaló rápido en los escenarios grandes, con una voz que no necesitaba amplificación emocional y un repertorio que mezclaba lo íntimo con lo político sin pedir permiso.
El episodio que la había puesto en los diarios era reciente. A comienzos de 2010, en el Festival del Huaso de Olmué, se presentó junto a Manuel García y Nano Stern y cantó unos versos sobre quienes gobernaron el pasado y no gobernarán el futuro. La reacción fue inmediata y de doble filo: censura por un lado, páginas de prensa por el otro. Más tarde apareció en Viña del Mar de la mano de Calle 13, el grupo puertorriqueño que ese año convirtió su paso por la Quinta Vergara en un acto de provocación deliberada.
Lo que dijo sobre escribir
Buena parte del interés de la entrevista para una revista de letras está en cómo trató el oficio de escribir la letra. Moreno describió su trabajo en dos registros que no consideraba opuestos: las canciones que hablan de ella, que reconoció como una parte de su vida, y las que se ocupan de asuntos que afectan a otros. Sobre estas últimas planteó una idea que vale como programa: quien escribe una canción de protesta busca trascender la individualidad, y el músico carga con un rol comunicador que le parecía irrenunciable.
También fue explícita sobre el costo. Contó que la franqueza le había traído problemas más allá de los sellos, y que para el criterio de un manager lo de Olmué había sido mala estrategia porque cerraba puertas. Su respuesta fue de cálculo invertido: dijo que no le importaba quemarse, y mencionó a Calle 13 como referencia de esa disposición. Preguntada por el miedo, sostuvo que no lo tenía para decir las cosas, aunque reconocía que el amedrentamiento existe.
Un tercer tema anticipa el rumbo posterior de su obra. Declaró que llevaba cinco años estudiando medicina mapuche y que le interesaba recuperar un conocimiento perdido. En el mismo tramo hizo una crítica precisa al modo en que el Estado chileno administra lo mapuche como folclor, poniéndolo en la vitrina de la semana de la chilenidad junto a la cueca y a un número de Rapa Nui, y reduciéndolo así a un lugar decorativo.
La letra en una tradición larga
Situar esa conversación en la serie a la que pertenece ayuda a leerla mejor. La canción chilena tiene una tradición de letra escrita con exigencia literaria que pasa por Violeta Parra y Víctor Jara, y que la nueva canción convirtió en programa estético además de político. Lo que reaparece en la generación de Moreno, García y Stern no es la consigna, que es lo que suele suponerse desde fuera, sino la confianza en que una letra puede sostener una idea compleja sin explicarla.
Esa es la razón por la que una revista de literatura se ocupó de una cantante. La canción popular es uno de los pocos géneros donde el texto llega a un público que no compra libros de poesía, y donde la métrica sigue siendo una restricción real. La entrevista de 2011 sirve de documento porque la encuentra antes de la consagración, cuando todavía tenía que explicar por qué hacía lo que hacía.
Qué queda de ese registro
Leída quince años después, la conversación tiene el valor de las entrevistas tempranas: nadie estaba cuidando una versión oficial. Moreno hablaba de la energía femenina en el escenario y enumeraba sus referencias con desorden de entusiasmo, desde Mazapán hasta Björk, agrupadas por un criterio único, el de las mujeres que cantaban solas. Ese criterio, más que cualquier declaración de principios, explica la clase de artista que llegó a ser.
El crédito de la entrevista es de Daisy Alcaíno, que la hizo en la calle y en el momento oportuno. Es un trabajo breve y sin pretensiones que hoy funciona como fuente para cualquiera que quiera fechar el punto en que la canción chilena volvió a discutir en voz alta.