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Santiago de Chile
Crítica · Reseñas · Entrevistas

Folio 22 · Reseñas · Reseña ·

In memoriam y Amores, de Paul Léautaud: la memoria sin coartadas

Léautaud escribió sobre la muerte de su padre y sobre sus mujeres con una franqueza que todavía incomoda. Ediciones UDP tradujo los dos relatos en un volumen.

Editorial
Ediciones Universidad Diego Portales
Año
2012
Sección
Reseñas

Quién fue Léautaud

Paul Léautaud vivió entre 1872 y 1956, trabajó buena parte de su vida como empleado del Mercure de France y ejerció la crítica teatral bajo seudónimo. Escribió durante casi seis décadas un diario enorme, publicado como Journal littéraire, y ganó fama de misántropo, de tacaño y de hombre que prefería la compañía de sus gatos y perros a la de sus colegas.

Esa leyenda funciona como obstáculo. Léautaud es más recordado por su carácter que por sus libros, y el retrato del viejo cascarrabias tiende a tapar lo que hace interesante su prosa, que es una manera particular de decir la verdad sin adornarla ni disculparse.

In memoriam: un padre que se muere

El primero de los dos textos narra la agonía y muerte del padre. Lo hace con un procedimiento casi clínico: qué se dijo, quién entró a la habitación, cuánto tardó, qué sintió el hijo y qué no sintió.

Ahí está la incomodidad. Léautaud no finge dolor donde no lo hubo, y tampoco se presenta como hijo resentido en busca de reparación. Registra una indiferencia razonablemente completa y la deja expuesta, sin construir alrededor la explicación psicológica que un autor contemporáneo casi inevitablemente agregaría.

Es una escritura sorprendentemente actual por eso mismo. La literatura del duelo, tal como se practica hoy, suele necesitar que el narrador quede bien parado. Este no lo necesita.

Amores: las mujeres y el dinero

El segundo relato recorre relaciones amorosas con el mismo desapego. Aparecen los cálculos: cuánto costaba mantener a alguien, qué se esperaba de él, en qué momento la ternura y la contabilidad se mezclaban.

Un lector actual va a encontrar aquí actitudes difíciles de defender, y conviene decirlo antes de recomendar el libro. Léautaud escribe desde un lugar de época sobre las mujeres de su vida, con una mirada instrumental que el texto no problematiza. El valor documental es alto; la simpatía por el narrador, baja y probablemente buscada.

Lo que sostiene la lectura es la falta de coartada. El autor no pide perdón ni comprensión: informa. Esa renuncia a caer bien es rara y, leída con distancia, es lo que mantiene el texto en pie.

La edición chilena

Ediciones Universidad Diego Portales reunió los dos relatos en un volumen de 152 páginas en 2012, y la decisión editorial tiene su lógica: juntos forman una autobiografía mínima, con el padre en un extremo y las mujeres en el otro, sin la extensión inabordable del diario.

El sello universitario venía haciendo desde años antes un trabajo sistemático de traducción de autores europeos poco disponibles en castellano, y este título pertenece a esa línea. Sin ese tipo de catálogo, un escritor como Léautaud simplemente no llega al lector chileno: no es un nombre que una editorial comercial arriesgue.

Para quién

Para quien le interese la escritura autobiográfica antes de que se llamara autoficción, y para quien tolere un narrador desagradable. No es un libro simpático ni pretende serlo.

Quien lo lea buscando el retrato de época encontrará un París literario visto desde la oficina, sin mitología. Quien lo lea buscando lecciones de estilo encontrará algo más útil: la prueba de que la precisión, sostenida sin piedad, produce por sí sola un efecto que ninguna cantidad de adjetivos consigue.

El diario que está detrás

Todo lo que estos dos relatos hacen en pocas páginas, Léautaud lo hizo durante casi sesenta años en su Journal littéraire: registrar sin selección, anotar la conversación de la mañana y el precio de la carne, describir a sus colegas con una franqueza que habría sido impublicable en vida de varios de ellos.

La escala de ese diario –miles de páginas en su edición completa– lo vuelve prácticamente inabordable, y explica por qué su autor circula en volúmenes breves como este. Nadie lee a Léautaud entero; se lo lee en extractos, y cada extracto propone un Léautaud algo distinto.

Los dos textos reunidos aquí tienen la ventaja de haber sido concebidos como piezas, con principio y final, lo que los hace legibles fuera del flujo del diario. Funcionan como muestra sin ser una antología arbitraria.

Un antecedente de lo que hoy se practica

Conviene resistir la tentación de llamarlo precursor de la autoficción, etiqueta que se aplica a casi cualquier escritura en primera persona anterior a los años noventa. Léautaud no problematizaba la frontera entre autor y narrador: simplemente no le interesaba mentir.

La diferencia es importante. La autoficción contemporánea suele hacer del estatuto del texto su asunto, con un narrador que discute si lo que cuenta ocurrió. Aquí no hay nada de eso. Hay alguien que informa sobre su padre muerto y sus mujeres, y que da por sentado que el lector va a creerle.

Esa confianza en el registro directo es lo que hace el texto legible hoy y también lo que lo separa de lo que se escribe ahora. Es escritura del yo sin ansiedad sobre el yo, y esa combinación prácticamente ha desaparecido.

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