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Santiago de Chile
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Folio 26 · Reseñas · Reseña ·

Así empieza lo malo, de Javier Marías: un país y un matrimonio callan

Madrid, 1980. Un asistente de veintitrés años observa a sus jefes destruirse y aprende que preguntar por el pasado, en esa España, era de mal gusto.

Editorial
Alfaguara
Año
2014
Sección
Reseñas

La situación

Juan de Vere tiene veintitrés años y trabaja como asistente del cineasta Eduardo Muriel. Vive prácticamente dentro de la casa del matrimonio, y desde ahí observa algo que no entiende: Muriel desprecia a su mujer, Beatriz Noguera, con una crueldad sostenida y metódica, mientras ella insiste en permanecer.

Muriel le encarga al joven una tarea: averiguar si un amigo médico de la familia hizo algo indigno en el pasado. La novela se organiza alrededor de esa comisión y de la incapacidad del narrador para cumplirla sin contaminarse.

Marías haciendo lo que hacía Marías

Quien haya leído Corazón tan blanco o Tu rostro mañana reconoce el mecanismo. Un narrador joven, observador, colocado junto a un adulto que sabe algo. Una frase larga que avanza corrigiéndose, volviendo sobre lo dicho, agregando salvedades. Una cita literaria –aquí, Shakespeare desde el título– que funciona como bajo continuo.

El procedimiento es reconocible y ese es a la vez su fuerza y el reproche que se le hace. En 534 páginas la digresión ocupa mucho espacio; hay pasajes de treinta líneas para decir que el narrador dudó. Quien disfrute esa respiración va a estar cómodo; quien no, va a impacientarse pronto y con razón.

La transición como asunto de fondo

Lo que la novela describe, más allá del matrimonio, es un acuerdo social. En la España de 1980, con Franco muerto hacía pocos años, la convivencia se sostenía sobre una convención tácita: no averiguar qué hizo cada cual entre 1936 y 1975. Delatores, torturadores y colaboradores seguían siendo vecinos, médicos, socios.

Marías coloca a su narrador exactamente en la grieta de ese pacto. Se le pide investigar el pasado de alguien, es decir, se le pide romper la regla, y el libro observa lo que le cuesta. La conclusión no es moralista: nadie sale limpio, y la novela sugiere que el olvido pactado fue eficaz precisamente porque a casi todos les convino.

Lo que no acaba de funcionar

Beatriz Noguera es el problema del libro. Está construida enteramente desde la mirada de dos hombres –su marido y el joven que la espía– y la novela nunca le concede una interioridad propia. Su insistencia en quedarse, que es el motor de la trama, queda explicada por la vía más pobre disponible.

Hay también un desequilibrio de tensión. El secreto que organiza la intriga se administra durante cientos de páginas y su revelación, cuando llega, no sostiene la espera. Marías era mejor construyendo la atmósfera de lo indecible que resolviéndola.

Para quién

Para el lector que ya sabe qué es una novela de Marías y quiere otra. Publicada por Alfaguara en 2014, es una obra tardía y no la puerta de entrada recomendable a su bibliografía; para eso está Corazón tan blanco, más breve y más nítida.

Su interés mayor, visto desde América Latina, es comparativo. Chile, Argentina y España resolvieron sus transiciones con distintas dosis de silencio, y este libro pone en escena la versión española de esa negociación con una precisión que ninguna historiografía consigue: la de una conversación de sobremesa que se interrumpe.

De dónde viene el título

La frase procede de Hamlet, del pasaje en que el príncipe interpela a su madre y anuncia que lo malo ya empezó y lo peor está por venir. Marías, que fue traductor de literatura inglesa antes que novelista célebre, tomó títulos de Shakespeare varias veces a lo largo de su obra.

La cita no es decorativa. La novela trata de un joven que descubre algo sobre los adultos que lo rodean y que, al descubrirlo, deja de poder no saberlo. Es la situación de Hamlet reducida a escala doméstica y trasladada al Madrid de 1980.

Conviene notar también qué se pierde en el traslado. En Shakespeare el conocimiento obliga a actuar; en Marías el conocimiento obliga a callar y seguir yendo a trabajar. Esa diferencia es el comentario del libro sobre su época.

Marías traductor, Marías narrador

La formación como traductor explica bastante de su prosa. La frase larga con incisos, el matiz que se corrige a sí mismo, la búsqueda del término exacto entre tres aproximados: son procedimientos de alguien acostumbrado a pasar un sentido de una lengua a otra sin perder los grados intermedios.

Esa herencia da a sus novelas una cualidad reconocible y también su limitación más comentada. La misma voz reflexiva que produce los mejores pasajes es la que impide que ciertos personajes suenen distintos entre sí: casi todos piensan con la sintaxis del narrador.

En 534 páginas eso se nota. Quien lea a Marías por el pensamiento va a encontrar aquí una cantidad generosa; quien lo lea buscando personajes con voz propia va a salir con la impresión de haber escuchado a una sola persona durante mucho rato.

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