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Santiago de Chile
Crítica · Reseñas · Entrevistas

Folio 30 · Reseñas · Reseña ·

Lo insondable, de Federico Zurita: lo que no se puede sondear

El diccionario define lo insondable como aquello que no se puede averiguar a fondo. Zurita toma la definición al pie de la letra y construye un libro con ella.

Editorial
La Pollera Ediciones
Año
2015
Sección
Reseñas

Empezar por la palabra

La segunda acepción del término, en el diccionario de la Real Academia, describe lo insondable como aquello que no se puede averiguar, sondear o saber a fondo. Es una definición por negación: no dice qué es la cosa, dice qué no se puede hacer con ella.

El libro parte de ahí y toma la definición como instrucción de trabajo. En lugar de elegir un asunto y desarrollarlo, elige la zona donde el desarrollo falla, y se instala en ella durante doscientas páginas.

Cómo está armado

El volumen avanza por acumulación de aproximaciones. Cada tramo se acerca a un objeto –una escena, una noción, un recuerdo– y lo deja antes de haberlo resuelto, no por descuido sino porque la resolución habría contradicho el planteamiento.

Es una estructura exigente para el lector, que no recibe la recompensa habitual de ver algo completado. Quien lea buscando progresión va a sentir que el libro no avanza. Quien acepte la premisa va a encontrar que sí avanza, aunque en una dirección que no es la de la conclusión: la de una delimitación cada vez más fina de lo que no se puede saber.

El riesgo del planteamiento

Conviene ser franco sobre el problema. Un libro sobre lo que se resiste al conocimiento tiene una coartada perfecta contra cualquier objeción: si algo queda impreciso, la imprecisión era el tema.

Zurita no siempre esquiva esa trampa. Hay pasajes en que la indeterminación parece decidida y otros en que parece heredada de no haber trabajado el material lo suficiente, y desde afuera resulta imposible distinguirlos. Es el precio del método, y el libro lo paga en algunas de sus secciones.

Donde funciona, en cambio, produce algo poco frecuente: la sensación física de estar mirando el borde de algo. Las mejores páginas consiguen que el lector note el momento exacto en que su comprensión se detiene.

Lo insondable como asunto chileno

Hay una lectura local disponible y el libro no la impone. Chile pasó décadas administrando cosas que no se pudieron averiguar a fondo: paraderos, responsabilidades, archivos incompletos, informes con nombres tachados. Un ensayo sobre la imposibilidad de saber, escrito en ese país, arrastra esa carga quiera o no.

El texto no explota esa veta y probablemente hace bien. Convertir el asunto en alegoría política lo habría vuelto más legible y bastante menos interesante.

La edición

La Pollera Ediciones publicó el libro en 2015, con 204 páginas, dentro del catálogo que ese sello venía construyendo con ensayo, poesía y rescates. Es el tipo de título que solo aparece en una editorial independiente: sin género claro, sin público asegurado, sin argumento de venta.

Que ese circuito haya sostenido durante una década libros de esta clase es la razón por la que existe algo así como un ensayo chileno joven. No sería visible de otra manera.

Dónde ubicarlo entre los géneros

La ficha de biblioteca va a decir ensayo, y no hay mejor casilla disponible, pero conviene advertir que el libro no se comporta como un ensayo académico ni como un ensayo de opinión.

No tiene aparato crítico ni discute con una bibliografía identificable. Tampoco argumenta hacia una tesis que pueda resumirse en una frase. Se parece más a un cuaderno de trabajo puesto en limpio: una serie de acercamientos que el autor decidió publicar en el estado en que quedaron.

Esa indefinición tiene precedentes chilenos respetables. Hay una línea local de escritura reflexiva que se resiste a la forma del artículo y que produce libros difíciles de reseñar precisamente porque no proponen nada que se pueda refutar. El lector que acepte esa convención va a estar cómodo; el que llegue esperando un argumento va a sentirse estafado, y la sensación tiene fundamento.

La cuestión del lector

Un libro así plantea una exigencia poco habitual: pide que el lector aporte la mitad del trabajo. Lo que no se completa en la página tiene que completarse en la lectura, o no se completa.

Es una petición legítima y también arriesgada, porque supone un lector disponible que la industria editorial actual no garantiza. Doscientas cuatro páginas de aproximaciones sin cierre son muchas para quien lee en el metro entre dos estaciones.

Lo que salva la apuesta, cuando se salva, es la calidad de la frase. Zurita escribe con una precisión que hace tolerable la falta de destino: se avanza por el placer de cómo está dicho, no por saber adónde lleva. Cuando esa calidad decae –y decae en algunos tramos– no queda nada que sostenga la lectura, y ahí el método muestra su costo.

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