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Santiago de Chile
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Folio 15 · Reseñas · Reseña ·

Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño: la confesión que no admite nada

Un sacerdote agonizante habla durante una noche entera para demostrar que siempre obró bien. La novela deja que se explique hasta que se delata.

Editorial
Anagrama
Año
2000
Sección
Reseñas

Un monólogo sin puntos y aparte

Sebastián Urrutia Lacroix, sacerdote, miembro del Opus Dei y crítico literario que firma con seudónimo, cree que se está muriendo. En esa noche repasa su vida en un solo bloque de prosa, casi sin cortes, dirigiéndose a un interlocutor al que llama el joven envejecido y que probablemente sea su conciencia.

La decisión formal es el libro entero. Al no haber capítulos ni respiros, el lector queda dentro de la cabeza del cura sin puerta de salida, obligado a escuchar una argumentación que se presenta como serena y que se va agrietando sola. Ciento cincuenta páginas bastan; más habría sido intolerable, y Bolaño lo sabía.

Lo que el narrador cuenta y lo que deja caer

Urrutia Lacroix relata episodios que suenan a anécdota literaria: su iniciación bajo el crítico Farewell, un viaje europeo para estudiar la conservación de las iglesias, donde descubre que los párrocos usan halcones para exterminar palomas cuyos excrementos dañan la piedra.

Y después, dicho con la misma cortesía, están las clases. El sacerdote enseña marxismo a la Junta militar, para que sus miembros comprendan al enemigo. Lo cuenta como un servicio profesional, con un pudor que no es culpa sino buen gusto. La novela no comenta la escena. No hace falta.

La casa donde se hacían talleres

El núcleo del libro es la casa de María Canales, escritora mediocre y anfitriona de veladas literarias durante los años del toque de queda, en las que se bebía y se discutía poesía mientras en el subsuelo su marido, agente de los servicios de seguridad, interrogaba prisioneros.

El episodio remite a un hecho conocido de la historia chilena reciente, y Bolaño lo usa sin disfrazarlo demasiado. Lo brutal no es el sótano: es que todos los invitados siguieron yendo. La literatura chilena, en esa casa, aceptó una copa y miró hacia otro lado. Esa es la acusación del libro, y va dirigida a un gremio, no a un régimen.

Una prosa que imita la buena educación

El estilo merece atención aparte. Bolaño escribe todo el monólogo en un registro culto, medido, lleno de subordinadas elegantes: el idioma de alguien acostumbrado a tener razón. Es una imitación precisa del habla de cierta élite letrada chilena, y funciona como trampa. El lector se deja llevar por la sintaxis amable y de pronto advierte lo que acaba de leer.

La última línea, brevísima después de tanta cortesía, rompe el registro de un golpe y funciona como el único momento en que el personaje dice la verdad.

Su lugar en la obra

Publicada por Anagrama en 2000, entre Los detectives salvajes y 2666, esta novela es la más compacta y probablemente la más perfecta de su autor en términos de ejecución. No tiene la ambición desmesurada de las otras dos, y esa modestia de escala la vuelve el mejor punto de entrada para quien nunca lo ha leído.

También es su libro más chileno. Bolaño escribió casi siempre desde afuera y sobre el desplazamiento; aquí vuelve a mirar el país que dejó a los veinte años, y lo hace sin nostalgia alguna. El resultado es un ajuste de cuentas con la clase intelectual que sobrevivió cómoda, escrito por alguien que ya no tenía nada que negociar con ella.

El crítico y su seudónimo

Un detalle del personaje merece atención. Urrutia Lacroix ejerce la crítica literaria firmando con un nombre que no es el suyo, y esa duplicidad no es un adorno biográfico: es la condición que le permite repartir elogios y condenas sin responder por ellas.

Bolaño conocía bien el asunto. La crítica chilena del siglo XX operó durante décadas con enorme poder de consagración y escasa rendición de cuentas, capaz de hundir un libro con media columna. Poner a un sacerdote del Opus Dei en ese puesto, con seudónimo, es una síntesis bastante feroz de cómo funcionaba el sistema.

La novela no denuncia a un crítico en particular, aunque el medio local dedicó tiempo a buscar equivalencias. Lo que describe es una posición: la del hombre que decide qué se lee en un país y que al mismo tiempo enseña a la Junta a entender al enemigo, sin percibir contradicción alguna entre ambas tareas.

El título y su ironía

Nocturno de Chile suena a pieza musical, a algo que se toca de noche y en tono menor. El primer título que Bolaño consideró era distinto y más brutal; el que quedó es engañosamente delicado, y ese engaño está en línea con el libro entero.

Todo en la novela finge buenos modales. La prosa es elegante, el narrador es culto, las anécdotas son de sobremesa. La violencia no aparece nunca descrita: está en el subsuelo de una casa donde se sirven aperitivos, y el texto la deja ahí.

Esa decisión explica por qué el libro sigue leyéndose en Chile con incomodidad particular. No acusa a los verdugos, que son fáciles de condenar. Acusa a los invitados.

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