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Folio 39 · Reseñas · Reseña ·

Guido Cavalcanti y sus Rimas: el dolce stil novo por Constanza Zanetti

Amigo de Dante, exaltado por Pound, muerto de malaria a los cuarenta y dos. Su poesía trata el amor como un accidente que entra por los ojos y desordena la mente.

Sección
Reseñas

El poeta que Dante consideraba su primer amigo

Guido Cavalcanti nació en Florencia hacia 1258 y murió el 29 de agosto de 1300. Integró el dolce stil novo y llevó más lejos la propuesta de Guido Guinizelli, de quien tomó el modelo de la donna angelicata, esa figura femenina que la lírica de la época heredó de los poetas provenzales y que funciona menos como retrato que como componente técnico del poema. Fue amigo personal de Dante Alighieri, que le dedicó la Vita nuova.

Su obra se agrupó bajo el nombre genérico de Rime: sonetos, canciones y baladas. En 2013 esta revista publicó una selección con traducciones al español de Constanza Zanetti, acompañada de los originales en italiano.

Un amor que se comporta como enfermedad

Lo que distingue a Cavalcanti de sus contemporáneos no es el asunto, que era común, sino la mecánica. Sus poemas se ocupan menos de la dama que del estado del enamorado. El amor entra por los ojos –o hiere por los ojos, que es la formulación más exacta– y luego se procesa en la mente, donde produce alzas y caídas en la salud y en el ánimo. La mujer casi nunca adquiere cuerpo definido: irradia acción por medio de su belleza, y el amante queda perseguido por los espectros del amor y de la muerte.

Esa descripción tiene consecuencias. La crítica moderna ha visto en esta poética la huella del médico y filósofo Averroes, y ha discutido la adscripción de Cavalcanti a doctrinas herméticas. El amor como proceso que ocurre en un aparato –ojos, memoria, mente– pertenece al vocabulario de la medicina de su época más que al de la devoción.

El poema donde eso se ve mejor es Donna mi prega, la canción doctrinal que Ezra Pound exaltó en el siglo XX. Lo que Pound admiraba era la precisión descriptiva aplicada a un tema abstracto: un texto que explica el funcionamiento de una pasión con la exactitud de un tratado, sin perder el canto. Buena parte del prestigio contemporáneo de Cavalcanti viene de ahí, y también un malentendido: leído desde Pound, parece un precursor del modernismo, cuando es un poeta escolástico que razona en verso.

La otra ruta: la enumeración

Junto a esa vertiente doctrinal hay otra más inmediata, la del catálogo. Uno de los sonetos más conocidos de las Rime avanza acumulando lo que hay de admirable en el mundo –la nobleza de una mujer y el corazón sabio, caballeros armados, el canto de los pájaros, naves adornadas en mar de corrientes fuertes, el aire sereno del amanecer, la nieve que baja sin viento, el agua y el prado florido, el oro y la plata de los ornamentos– para concluir que todo eso queda atrás frente a la belleza de su señora.

Es un procedimiento antiguo y de eficacia comprobada: la lista construye una expectativa que el remate desmonta. Interesa aquí porque muestra que el poeta capaz de escribir un tratado sobre la pasión también sabía usar el recurso más simple del oficio.

El problema de traducirlo

Trasladar a Cavalcanti al español obliga a elegir entre dos pérdidas. Si se conserva el rigor métrico, se sacrifica la precisión conceptual, que en su caso es el contenido mismo. Si se privilegia el sentido, el poema pierde el sostén rítmico que lo distingue del razonamiento en prosa. El vocabulario agrava el problema: términos como spirito, mente o valenza tienen en el italiano del siglo XIII un peso técnico que sus equivalentes castellanos modernos no cargan.

La selección de Zanetti opta por el sentido y mantiene los originales a la vista, que es la decisión honesta cuando el material es de esta clase: permite al lector cotejar y advertir dónde la versión española tuvo que ceder. Publicar el italiano al lado no es un adorno erudito, es una manera de declarar el margen de error.

Un final que explica el olvido

Cavalcanti murió en el contexto de la guerra civil entre güelfos y gibelinos. Dirigente de los segundos, fue desterrado con ellos a Sarzana, donde contrajo malaria; falleció el 29 de agosto de 1300, poco después de regresar a Florencia. Tenía cuarenta y dos años y dejó una obra breve.

Esa brevedad, más la sombra de Dante, explica que se lo lea menos de lo que merece. Quien entre por estas Rimas va a encontrar a un poeta que trató el enamoramiento como un fenómeno observable y lo describió sin consuelo.

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