Folio 18 · Reseñas · Reseña ·
El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia: Patricio Pron
Un hijo vuelve a Argentina por la enfermedad del padre y encuentra una carpeta: el archivo que el viejo periodista armó sobre un desaparecido reciente.
- Editorial
- Mondadori
- Año
- 2011
- Sección
- Reseñas
El regreso y la carpeta
El narrador vive en Alemania, medicado, con la memoria dañada por los años de pastillas. Vuelve a Argentina porque su padre está internado. Mientras espera, entra al escritorio del viejo y encuentra una investigación ordenada con método de periodista: recortes, fotos, notas sobre la desaparición reciente de un hombre del pueblo.
A partir de ahí la novela se convierte en dos búsquedas superpuestas. La del padre, que quiso entender qué le pasó a ese hombre. Y la del hijo, que quiere entender por qué su padre necesitaba entenderlo.
Una autoficción que desconfía de sí misma
El libro pertenece a un género que a comienzos de los años diez estaba en todas partes y despertaba poco entusiasmo: el relato en primera persona donde el autor y el narrador comparten datos biográficos. Pron es consciente del problema y lo incorpora. El texto está numerado en fragmentos, con saltos, huecos declarados y capítulos que faltan a propósito, como si el documento hubiera sido recuperado en mal estado.
El recurso podría ser una coartada. Aquí se justifica porque el tema es exactamente ese: una memoria que no se puede reconstruir entera y que finge menos daño del que tiene. La forma imita la avería en lugar de describirla.
Los hijos de los militantes
El asunto de fondo es generacional. Los padres del narrador militaron en los años setenta; los hijos crecieron con el relato incompleto, entre el orgullo y el reproche, sin haber elegido nada. La novela evita las dos salidas fáciles: no convierte a los padres en héroes de bronce ni ajusta cuentas con ellos.
Lo que propone es más incómodo. El hijo descubre que admira a su padre y que nunca conversaron; que el viejo dedicó su vejez a un caso menor de un pueblo chico porque era lo único que todavía podía hacer; y que esa obstinación, vista de cerca, se parece bastante a la de un militante que no se resignó.
Lo que funciona y lo que cansa
Funciona la prosa: seca, con frases largas que no se lucen, capaz de sostener una escena de hospital sin una sola concesión sentimental. Funciona también la estructura fragmentaria durante los dos primeros tercios.
Cansa, en cambio, cierta insistencia del narrador en explicar sus propios procedimientos. Hay párrafos donde el libro se detiene a justificar por qué está escrito así, y esa pedagogía sobra: el lector ya lo había entendido. Doscientas ocho páginas resultan las justas; la novela se sostiene porque no se estira.
Por qué se leyó también fuera de Argentina
Publicada por Mondadori en 2011, la novela circuló ampliamente en España y en el resto de América Latina, y no solo por su calidad. Ofrecía una manera de hablar de dictaduras y desapariciones que no pasaba por el testimonio de la víctima directa, y esa vía resultó reconocible para lectores chilenos, uruguayos y españoles con sus propias transiciones a medio digerir.
El libro no explica la historia argentina. Describe cómo se hereda una historia que no se vivió, que es un problema bastante más extendido.
El caso real dentro de la ficción
La investigación que el padre deja en su escritorio remite a un hecho ocurrido en la provincia de Santa Fe: la desaparición y muerte de un hombre en un pueblo pequeño, un caso de crónica policial sin relación directa con la dictadura.
Esa elección es la decisión más fina del libro. Un lector que abre una novela sobre hijos de militantes espera encontrar un desaparecido de los años setenta. Lo que encuentra es un desaparecido de los años dos mil, en democracia, por razones sórdidas y locales.
El desplazamiento propone algo que la novela nunca formula como tesis: que la obsesión del padre por ese caso reciente tiene que ver con el anterior, y que hay una manera de seguir peleando la misma guerra con los medios que quedan. El hijo tarda casi todo el libro en entenderlo, y el lector con él.
La cuestión del título
El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia es una línea larga, extraña, con algo de traducción. Proviene de un verso ajeno, y esa procedencia importa: el narrador nombra su propia historia con palabras que no son suyas, que es exactamente su problema.
Títulos así son un riesgo comercial evidente –difíciles de recordar, difíciles de pedir en una librería– y el libro lo asumió. A cambio obtuvo algo que los títulos eficientes no dan: la sensación, desde la portada, de que lo que viene no va a estar ordenado.
Es coherente con el resto. Una novela sobre una memoria dañada, escrita en fragmentos numerados con huecos declarados, difícilmente podía llamarse de otra manera.