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Santiago de Chile
Crítica · Reseñas · Entrevistas

Folio 21 · Reseñas · Reseña ·

Canciones punk para señoritas autodestructivas, de Daniel Hidalgo

Valparaíso de noche, tocatas en casas ocupadas y adolescentes que no van a llegar a ninguna parte. El primer libro de Hidalgo escribe una ciudad sin postal.

Editorial
Das Kapital Ediciones
Año
2011
Sección
Reseñas

El título como declaración

Antes de la primera página, el título ya hizo tres cosas: fijó una época, fijó una escena y fijó un tono. Remite a la nomenclatura del punk chileno, a esos nombres largos y sarcásticos que las bandas usaban en los ochenta y noventa, y anuncia que el libro va a tratar sobre gente joven que se hace daño.

Es un título bueno y también un compromiso pesado. Un libro que se llama así tiene que entregar una escena creíble, y ese es el primer mérito del volumen: la entrega.

Valparaíso sin postal

La ciudad aparece de espaldas al turismo. No hay ascensores fotogénicos ni murales; hay cerros de noche, micros que dejan de pasar, casas donde se toca sin permiso municipal, plazas donde se espera que algo ocurra y no ocurre. Hidalgo escribe Valparaíso desde adentro y con desconfianza hacia el propio patrimonio.

Ese gesto tiene contexto. La ciudad había sido declarada Patrimonio de la Humanidad pocos años antes, y la narrativa porteña de esa década se dividió bastante nítidamente entre quienes celebraron la etiqueta y quienes escribieron contra ella. Este libro está en el segundo grupo sin necesidad de argumentarlo.

Los relatos y su voz

Son piezas breves, de aliento oral, con narradores jóvenes que cuentan en presente y sin ironía protectora. La música organiza la vida de los personajes: los discos marcan el tiempo, las tocatas son el acontecimiento social, la ropa es una declaración de pertenencia.

La voz es lo mejor y lo más riesgoso del conjunto. Cuando funciona, produce una intimidad inmediata, la sensación de que alguien está contando algo que le pasó anteayer. Cuando no, la oralidad se vuelve efecto y aparecen frases que suenan escritas para sonar habladas.

Un primer libro, con lo que eso implica

Conviene leerlo como lo que es: una primera entrega, publicada en 2011 por Das Kapital Ediciones, 178 páginas, en el circuito de editoriales independientes chilenas que en esos años estaban publicando casi todo lo que valía la pena.

Tiene los defectos del debut. Algunos relatos terminan porque se acabó la anécdota, no porque el texto haya llegado a alguna parte; hay repeticiones de recurso entre piezas contiguas que un orden distinto habría disimulado. También tiene la virtud del debut, que es la falta de cálculo: nadie está cuidando una carrera todavía.

Qué queda

El libro registra una escena que casi no tenía registro escrito. Sobre el punk chileno hay fanzines, discos y memoria oral; hay poca narrativa que lo tome en serio como material, sin folclorizarlo ni convertirlo en nostalgia de padres.

Ese es su aporte, y sobrevive a sus desniveles. Quien quiera saber cómo era tener diecisiete años en los cerros de Valparaíso a comienzos de siglo tiene aquí una fuente, escrita por alguien que estuvo.

El circuito que lo hizo posible

Das Kapital Ediciones pertenece a la camada de editoriales chilenas que entre 2008 y 2015 se hizo cargo de publicar primeros libros. El modelo era conocido y precario: tiradas de trescientos o quinientos ejemplares, distribución a pulso en librerías independientes, ferias de fin de semana y una economía que rara vez cerraba.

Ese circuito explica el libro en un sentido bastante literal. Una colección de relatos de un autor desconocido, ambientada en cerros de Valparaíso y estructurada alrededor de la música punk, no tenía lugar en el catálogo de una casa grande. Existió porque existían editores dispuestos a perder plata en algo que les parecía necesario.

El cuento chileno de esos años

Vale la pena situar el volumen en su género. La narrativa breve chilena de comienzos de siglo se movía entre dos polos: por un lado el relato de taller, correcto y previsible, con final de golpe; por el otro una escritura más suelta, cercana a la crónica, dispuesta a sacrificar el remate por la atmósfera.

Hidalgo está claramente en el segundo grupo, y eso define tanto sus logros como sus fallas. Los mejores textos del libro no tienen final en el sentido tradicional: se detienen cuando la escena terminó de mostrar lo que tenía que mostrar. Los más débiles son los que intentan el cierre efectista y descubren, tarde, que la voz que venían usando no lo soportaba.

Lo que el libro comparte con lo mejor de esa tendencia es la confianza en que un ambiente bien construido vale más que una trama. Es una apuesta que envejece bien: quince años después, lo que se recuerda del volumen son los lugares y el tono, no las anécdotas.

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