Vudú urbano: Crear en peligro. El trabajo del artista migrante, de Edwidge Danticat. Por Sebastián Gómez Matus

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Vudú urbano: Crear en peligro. El trabajo del artista migrante, de Edwidge Danticat.

 

En la película La última cena (1976), de Tomás Gutiérrez Alea, vemos no sólo la revuelta de los negros, sino que también el delirio colonial que los reprimía, palabra de dios mediante. “A nosotros no nos pasará lo que a Santo Domingo”, dice el Sr. Conde, personificado por el gran Nelson Villagra, aludiendo a la revolución ocurrida en dicha colonia francesa. Esa isla es Haití, cuyo nombre fue restituido por Jean-Jacques Dessalines, y que significa “tierra de montañas”.

El libro de Edwidge Danticat comienza prácticamente igual a Vigilar y Castigar de Foucalt: describe la ejecución de Marcel Numa y Louis Drouin, jóvenes provenientes de Jéremie, “La Ciudad de los Poetas”, último bastión de la invasión inglesa. A cargo del dictador Papa Doc, de este episodio trágico se hizo un espectáculo ejemplar. Mandó a los rectores de las escuelas a que llevaran a los alumnos, ordenó el cierre de las oficinas públicas para que los funcionarios asistieran, dispuso buses de acercamiento para quienes vivían en la periferia de Puerto Príncipe y por supuesto reclutó a periodistas de radio y televisión. Sus verdugos, los tonton macoutes, fuerza paramilitar de la dictadura de Duvalier, podrían ser traducidos a nuestra lengua vernácula como “tontones macutos”. Ellos dispararon de espaldas a la multitud. Aquí, Danticat señala algo crucial para entrar en la literatura haitiana: estas imágenes, que ella revisa en un video de archivo, son su mito de creación. Ella se concibe como escritora a partir de este castigo.

Con textos que superan la tipifación de género, Crear en Peligro: El trabajo del artista migrante (banda propia, 2019), traza una historia personal de Haití, lo que equivale a decir que trata de pergeñar una historia de la muerte o de la relación mortuoria que tienen con la vida los haitianos. Pero sobre todo las haitianas, ya que en su mayoría  las historias se urden a través de las voces de las “hijas de la memoria”. En parte, porque a todos los hombres los matan. Salvo a una: Alèrte Bélance, que cuenta cómo fue mutilada a machetazos, cómo fue exhibida en The Phil Donahue Show y cómo no sólo no pudieron matarla sino que en el momento del encuentro con nuestra escritora, está embarazada. Seguramente, un hijo que querría volver de la dyaspora a vengarse de quienes mutilaron a su madre. Los jovenes que se “arman contra la justicia” son llamados chimé, quimera, lo que refuerza el carácter mitológico inalienable de una cultura tan poderosa como la haitiana. Recordemos que fue la primera nación de esclavos africanos que logró independizarse. Sin embargo, dicha Independencia, como en todos los países de América Latina y el Caribe, nunca ha sido tal. Podríamos decir que la independencia era una etapa clandestina de la colonia.

Por otra parte, en los ensayos-crónicas del libro encontramos una serie de nombres que suponen una tradición cultural abigarrada. Comenzando por los tres libertadores: Touissant L´Ouverture, Henri Chirstophe y Jean-Jacques Dessalines, con todas sus contradicciones y delaciones. Además del poeta Boisrond Tonerre, quien cuando le fuera encomendada la labor de redactar la declaración de Independencia de Hatí, contestó que “necesitaría la piel de un hombre blanco como pergamino, su calavera como tintero, su sangre como tinta y de lapicero una bayoneta”. Estos nombres nos acercan a conocer la historia haitiana. Por ejemplo, Basquiat tenía orígenes haitianos y puertorriqueños. En el texto Fantasmas acogedores, hay una lectura decolonial muy interesante de la obra del neoyorquino.

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Sin duda, la historia de Haití es una historia de violencia y sarracina, pero también de una sacralidad pagana, para decirlo de algún modo, transversal a toda su historia. Quizás, más que cualquier otro pueblo de nuestro continente, sean los condenados de la tierra de los que hablaba Fanon. En un pasaje del libro se cuenta que en Haití los muertos nunca mueren del todo o comienzan a ser leyenda desde antes, como es el caso de Jean Dominique, reconocido periodista haitiano quien el año 2000 fuera asesinado junto a un guardia en los estacionamientos de la radio que dirigía; y que según testimonio de un campesino a la hija del periodista, la escritora Jan J. Dominique, él los había visitado durante todo su último año de vida. Según la hija, el padre no había salido de su ciudad durante todo ese último año. Pareciera ser que en Haití el mundo de los vivos y el mundo de los muertos están separados por kilometros, hasta que se acoplan. Un mundo sin fantasmas no podría ser un mundo.

En el texto No soy periodista, que también funciona como un parteaguas a las críticas éticas a su trabajo como escritora, que la misma autora devela dentro del libro y que según mi criterio no son del todo injustificadas –a esto me referiré más adelante–, llegamos a un punto metarreferencial. El texto señala la importancia del cine en Haití, a propósito de la alta tasa de analfabetismo, y menciona la novela fundante Gobernadores del rocío, de Jacques Roumain. En este texto, que seguramente no es el más impactante o efectista, Danticat muestra cómo trabaja con su historia, cuál es la aproximación literaria a la historia de su país. Aquí confluye la labor periodística de Jean Do (quien finalmente era agrónomo) cuando habla de cine con la novela de Roumain, transmitida como radionovela, tamizada por el propio registro de Danticat. En este texto expone su trabajo con los materiales, los distintos registros y formatos en que la cultura ha llegado hasta ella, que abandonó su país a los doce años, convirtiéndose para siempre en una dyaspora, ciudadana del peyi andeyó, el país de afuera, que bien puede ser, aparte del exilio, la muerte o el limbo, la literatura.

Desde dónde nace la literatura haitiana es lo que escribe Danticat. Curiosamente, al intentar hacer una literatura nacional, transgrede la noción de literatura nacional que, dicho sea de paso, a estas alturas debiera estar superada en cualquier contexto. Es una literatura dyaspora, descentralizada, porque la situación de Haití nos remite a la situación histórica del mundo actual. El primer texto, que da título al libro, hace referencia a un escritor francés postizo: Albert Camus, quien seguramente es un ideal de escritor que coincide con la escritora haitiana. Al cuestionar la historia de su país desde la innacionalidad que provee la literatura, se incorpora a lo que Jean-Luc Nancy llamaba la comunidad desobrada. La voz que se desliza por sobre el desastre visto desde el país de afuera, arroja una claridad en la cual “no hay ritos/ para los retornados”, como escribe Walcott. Es una literatura que también aparece en El reino de este mundo, de Alejo Carpentier. Aunque lo real maravilloso no se ve por ningún lado en el libro de Edwidge Danticat. Al contrario, la historia de Haití es una historia de horror, de los machetazos a Alérte Bélance, pero también de un estoicismo que probablemente encuentre sus raíces en el vudú. A esas mismas raíces se refirió Toussaint L´Ouverture al ser derrocado, palabras que recogiera el presidente Jean-Bertrand Aristide cuando Raoul Cédras, apoyado por el gobierno de Estados Unidos, lidera el golpe de Estadoen su contra: “Al derrocarme, sólo se ha abatido el tronco del árbol de la libertad de los negros. Pero éste volverá a brotar de sus raíces, porque son muchas y muy profundas”.

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Se cuenta que el dictador François “Pada Doc” Duvalier se vistió como el guardián de los cementerios, el Barón Samedi, o en camuflaje militar, para infiltrarse en la multitud que asistió a la ejecución de Marcel Numa y Louis Drouin. “Hablamos de la revolución haitiana como si hubiese sucedido ayer, pero apenas hablamos de la esclavitud que la provocó”, escribe Danticat. En los textos de Crear en peligro está la actualidad y urgencia de la siguiente pregunta: “¿hay algo más oportuno e intemporal que una batalla pública para controlar el destino propio, que una cruzada comunitaria por la autodeterminación?” En una impecable traducción, y en pleno interregno mental de la población que habita este confín, se agradece la ampliación del espectro de lecturas, que nos hace pensar nuestro propio acontecimiento desde la historia de Haití.

En estas páginas nos encontramos con la propia historia en la historia del otro. También está señalada la disputa entre lo poscolonial y lo decolonial. Más o menos todos entendemos la distinción y seguramente coincidimos en que este proceso no acaba, como la vida de un muerto haitiano. En un ensayo del libro Caníbal, apuntes sobre poesía mexicana, el poeta mexicano Julián Herbert repara en la facilidad con que ocupamos el prefijo pos-, como si tuviéramos la capacidad de concluir etapas que no somos capaces de resolver. El otro día leí en una pared: Joane Florvil presente. La crisis del capitalismo es un hecho transversal, inevitable. En nuestro país hoy encontramos haitianos, colombianos y venezolanos, peruanos, bolivianos y ecuatorianos. En todos sus países hay un estallido social. La historia de Haití y nuestra historia, son historias del sadismo y al mismo tiempo de la oscuridad reversible de nuestros símbolos.

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Más arriba mencioné ciertas críticas que se le hacen a la escritora y que ella misma expone. Me parece que esas críticas son pertinentes, y ella también lo entiende así. En este gesto está implicada la dificultad de problematizar Hatí, desde afuera. También hay un problema con el periodismo (jounalis), que es desde donde escribe o comienza a escribir Danticat. Lo mismo ocurrió con la Antropología en sus comienzos. Es lo que siempre se le criticó a Capote, no obstante la calidad de sus libros. Dos cosas: el periodismo está condenado a la caducidad de su registro periódico (lo advirtió hace tanto Benjamin); y la enunciación del retornado, figura siempre compleja. Desde allí es doblemente difícil erigir una voz que se sostenga política y éticamente. Danticat lo logra, puesto que su escritura es una escritura comprometida con su pueblo pero también con la literatura. Lamentablemente, no he leído nada de su ficción.

Refiriéndose a Vudú urbano de Edgardo Cozarinsky, un clásico de la literatura de exiliados, Susan Sontag señala lo siguiente: “El Buenos Aires de Cozarisnky (el pasado local) y su París (el presente cosmopolita) son, ambos, capitales de una nostalgia a la vez retroactiva y presentida. El vudú del escritor conjura el pasado para agudizar los deseos no calmados, y también para exorcizarlos”.

Con un país tan vapuleado, que recién a comienzos de los noventa pudo elegir por primera vez democráticamente (infinitas comillas) a un presidente, la pregunta que surge es en torno a las condiciones de posibilidad de una literatura y culturas haitiana que, por otra parte, siempre la hubo. En el último texto del libro, Nuestra Guernica, con Haití en el suelo tras el terremoto del 2010, la autora dice que es imposible ponerse a escribir algo. Pero lo hace, empujada por un deber que a mí me parece un tanto agotador, lo hace y da cuenta de la situación de su pueblo. Lo que nos quiere decir es que escribir en Haití es una proeza, un peligro continuo, como diría Heidegger respecto de la Filosofía. Entonces, ¿cuáles son las posibilidades de una literatura, de una cultura en Haití? Hay una anécdota del pintor Hector Hyppolite que me parece negativamente esclarecedora: el acuarelista estadounidense DeWitt Peters ve en la puerta de un bar en Hatí una pintura que llama su atención. Esa pintura es de Hyppolite. Buscaba ese “tipo de talento”, siempre desde un exotismo, de la postura del cazador furtivo. Ese exotismo, es una episteme que no deja que el primer mundo perciba al tercer mundo como seres humanos, como cultura. Eso se llama colonialismo, y está tan acendrado en la forma en que nos perciben, que es imposible hablar de poscolonialismo, como turistea teóricamente Mignolo y secuaces en las universidades gringas (ver Un mundo chi´xi es posible, de Silvia Rivera Cusicanqui y el ensayo Arte colonial contemporáneo de Luis Camnitzer).

Por último, si no me equivoco, este es el primer libro de literatura haitiana contemporánea que se publica en Chile. Hace muchos años, editorial Nascimento sacó Gobernantes del rocío, de Jacques Roumain. Habría que empezar por allí para aproximarnos no sólo a la literatura sino que a las haitianas y haitianos con quienes convivimos a diario. En el mismo libro hay un número importante de documentalistas, escritoras y escritores, que nos acercan a la historia de Haití, cuyo creol se parece mucho al uso de la lengua que tenemos en Chile. Mientras tanto, supongo que todas y todos creamos en peligro.