Cristina tiene un secreto, Simón Henao

 

Cristina tiene un secreto

 

La noche, profunda, entraba por la ventana.

¿Y si te dijera que yo incendié esa casa?

Cristina, con la cabeza de Flavio recostada en sus rodillas, entrelazaba el pelo duro y rígido en sus dedos, golpeando suavemente la cabeza de su marido con el anillo de matrimonio. Un chal blanco le cubría los hombros y la espalda. Su pelo, oscuro, caía a un costado de su rostro. A su lado, a pocos metros, en uno de los rincones de la habitación, sumergido en la cuna, el bebé de ocho meses dormía en silencio. Flavio, con los ojos entrecerrados, suspiraba con cada caricia que recibía.

Llevaban dos años viviendo en esa pequeña casa, rodeada de alcaparros, cerezos y saúcos. La casa se la habían asignado a Flavio cuando le dieron el trabajo de vigilante de la reserva que, diez kilómetros adentro por el camino de tierra, se extendía hasta el final del valle, en el inicio de la cordillera. La lesión en su ojo derecho y la cojera de su pierna izquierda lo habían dejado impedido para seguir prestando servicio en el cuerpo municipal de bomberos. Le habían dado una medalla y una pequeña pensión, le habían tomado fotos que publicaron en algunos diarios locales, y lo habían ayudado a conseguir el puesto de vigilante. Flavio, por todo esto, se sentía afortunado.

…que yo inicié el fuego cuando ellos estaban durmiendo?

La luz amarillenta de la lámpara chocaba con las paredes blancas de la alcoba. Las sombras de los objetos sobre la mesa (portarretratos, floreros, payasitos de cristal) se reflejaban sobre la pared junto a la silueta sombreada de los cuerpos de los esposos. La mano de Cristina se detuvo repentinamente sobre la cabeza de Flavio, mientras ella recordaba, como en un ensueño, la noche del incendio. – ¿Y si yo te dijera que no soportaba más su avaricia, su silencio, su vejez? Y que su muerte me hizo la mujer más feliz del mundo-. Los muros ennegrecidos y en ruinas de la casa grande en el centro del pueblo, apenas a tres casas de la iglesia, el calor abrasador que, incluso ya con el fuego reducido a cenizas, seguían emanando los restos carbonizados de madera de la casa destruida. Los gritos de los vecinos, los pedidos de auxilio, la sirena rechinante del carro municipal de bomberos, el humo, el dolor en la cabeza. El desmayo. Cristina volvió a entrelazar sus dedos en el pelo rígido de su marido y siguió recordando: los bomberos que entran a la casa y la sacan, la casa que sigue cayéndose a causa del fuego incontrolable, el estruendo del techo contra el piso, la llegada al hospital, la confusión,  el sueño profundo en que cayó. Al día siguiente del incendio fueron a contarle a Cristina el saldo trágico de la noche anterior: uno de los bomberos, por intentar rescatar a los ancianos, había perdido un ojo y se había fracturado una pierna; la casa, absolutamente destruida, ningún objeto quedó a salvo; la pareja de ancianos, sus patrones, muertos, incinerados, hechos ceniza.

Flavio, ya entredormido, se inclinó hacia su derecha para acomodarse mejor. Cristina aprovechó el movimiento para salir de su ensueño y advertirle que ya era tarde y que el bebé no demoraba en despertarse para pedir comida. Retiró su mano de la cabeza del esposo y levemente, casi al unísono, él del piso y ella de la silla, se fueron poniendo de pie. Afuera, la noche, con su oscuridad y su murmullo, se apropiaba de todo. Adentro, en la casa, como quien dice, una aureola de alegría y de amor, parecía envolverlos. Entre la cuna empezaron a oírse los sollozos del bebé. Cristina, sin apuro, fue hacia el rincón para levantarlo entre sus brazos y caminó de vuelta a la silla frente a la ventana, mientras Flavio, aún adormilado, buscaba en el fondo del armario la escopeta. No tardarían en pasar a buscarlo para llevarlo al puesto de vigilancia de la reserva. Cristina descubrió su pecho y empezó a amamantar al bebé. Flavio, al ver por la ventana las luces del carro que se acercaban, dejó la escopeta recostada a la puerta y, antes de salir, volvió cojeando hacia el rincón y se inclinó para besarlos. Cristina, sin dejar de mirar al bebé, acomodándose el chal sobre sus hombros, respondió al beso con otro beso. La puerta se cerró finalmente, rechinando.

– ¿Y si te dijera que fui yo la que incendió la casa?

 

 

 

 

 

 

Simón Henao Jaramillo (Bogotá, 1980). Poeta y cuentista, estudió Literatura en Colombia y en Argentina. Ha publicado poemas, cuentos y ensayos en algunas revistas colombianas, argentinas y mexicanas. Actualmente realiza estudios de posgrado en Literatura Latinoamericana en Buenos Aires.