Pan duro. Presentación de Jaime Pinos del libro “Panaderos” de Nicolás Meneses

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Pan duro

Por Jaime Pinos

Tuve la oportunidad de leer y comentar hace algún tiempo Camarote, primer libro publicado por Nicolás Meneses. Un buen libro de poesía que despertó mi expectativa por conocer su siguiente entrega. Desplazar su escritura hacia la narrativa, hacia la novela en este caso, y hacerlo con propiedad, es un primer mérito de Panaderos. Me interesan particularmente los autores que intentan escribir en un registro amplio, libres de especializaciones genéricas. Practicar lo que Enrique Lihn,  ese camaleón que se paseó por todas las formas de escritura, llamó la literatura poligénero.

Comienzo citando este texto que está al inicio de la novela: ¿Porqué los panaderos visten de blanco? Me acuerdo que fue la primera pregunta que le hice al papá cuando me llevó a ayudarlo en la panificadora. (…) ¿Porqué los panaderos visten de blanco? Porque es nuestra religión, contestó. Nunca hago dos veces la misma pregunta ni me gusta indagar en el porqué de algunas cosas. Incluso cuando la respuesta que consigo de las personas es un chiste, para mí es suficiente. Más aún cuando niño. Yo creía en un dios del pan como mi papá. Como todo cabro chico, creía en lo que su padre le dice. Creía sobre todo en el trabajo bien hecho.

Me parece que este texto es clave. La respuesta del padre panadero a su hijo aprendiz encierra una imagen del mundo del trabajo cuya desaparición es parte esencial de la trama de este libro. Un mundo perdido, unos valores caducos. El amor por el oficio. Una ética que radica en hacer las cosas bien. Los panaderos visten de blanco por religión, dice el padre. Y con ello describe la poética de los trabajadores de antaño. Los trabajadores del extinto capitalismo industrial. Aquellos que veían en el trabajo una forma de dignidad y una cuestión de fe. Ser hombres de trabajo, tener una vida de trabajo. Lo que le toca al hijo del panadero de oficio, el joven William Fuentes, es un mundo bien distinto. Un mundo donde las nuevas condiciones laborales impuestas han arrasado casi por completo con la fe y el orgullo trabajador.  Donde el dios del pan en que creyó su padre hace rato ya está muerto.

La necesidad es lo que lleva al joven William Fuentes a trabajar en la panadería del supermercado. Su padre ha perdido una mano trabajando en las máquinas panificadoras, su madre sólo consigue trabajos esporádicos, su hermana estudia. Alguien debe solventar los gastos, asumir la responsabilidad. La situación de la familia del protagonista, marcada por la precariedad económica y la incomunicación entre sus miembros, parece metaforizar lo que es la vida cotidiana para los trabajadores de este país. Vidas mínimas, como diría González Vera. O más precisamente, vidas reducidas al mínimo. Vidas reducidas por el abuso permanente y sistemático, y la aceptación resignada del orden de las cosas. La soledad y la desesperanza de los de abajo, los habitantes desafortunados de lo que Mark Fisher llamó el realismo capitalista. Sus vidas atrapadas en la rueda que nunca se detiene, que gira sin descanso entre las fantasías del consumo, el crédito usurero y el trabajo precario y mal pagado. Las consecuencias de esa vida áspera y frustrante en el ámbito de los afectos y los sentimientos. El capitalismo al interior del hogar.

Este libro despliega un registro verosímil de la vida que le toca vivir a la mayoría de la gente aquí. El pueblo trabajador, su sobrevida en la versión chilena del capitalismo tardío, una de las más salvajes del mundo. Dice el protagonista: Cumpliendo horario cualquier movimiento es autodestructivo, nuestro cuerpo puede detonar por cualquier parte en cámara lenta, dispersando esquirlas por toda la escena. Es como una etapa difícil de un juego de guerra, donde sin querer recibes balazos de todas partes. En Chile, trabajar, esa penuria cotidiana, ese trago amargo de todos los días, puede convertir a una persona en una bomba de tiempo a punto de estallar. En el país más capitalista del mundo, es más cierto que en ninguna otra parte: aquí ganarse la vida es perderla.

El estado de excepción es la norma, escribió Giorgio Agamben a propósito de la lógica de funcionamiento de la sociedad contemporánea. Lo que parece ser cierto a nivel social también podría serlo en el ámbito de la vida privada y afectiva de los trabajadores contemporáneos. Los personajes de esta novela son afectados una y otra vez por la desgracia, su vida interrumpida por el accidente y la mala fortuna. Su vida transcurre en estado de permanente excepción. El proletariado ha devenido aquí en el precariado. El país en un largo y angosto supermercado donde se vive en la inseguridad de la intemperie.

Pienso en el lugar de esta novela en el contexto de la larga y potente tradición de literatura social chilena. Pienso en Baldomero Lillo, Manuel Rojas, José Santos González Vera, Carlos Droguett. Creo que Panaderos participa de esa tradición actualizándola. Indagando, como pocos textos recientes, en la fisonomía fantasmal de lo que alguna vez fue llamado Pueblo. Practicando la literatura como un trabajo de lenguaje que permite comprender mejor la realidad histórica y la identidad comunitaria. Que se juega, como quería Droguett, por no dar la espalda sino enfrentar la realidad nacional. Aunque en vez de una marraqueta crujiente lo que augure el futuro inmediato sea pan duro para los panaderos de este país. O justamente por eso.