“Pabellón”, escrito de Tomás Harris sobre fotografías de Marisa Niño.

Si cambiase el dictum existencialista, soy yo y mi circunstancia, soy yo y mi cuerpo; me sentiría más honesto, más, por lo tanto tranquilo y leal a mi Ser. Miro, con una calma desasosegada estas fotografías de Marisa Niño. He de ser esas llagas, esas hendiduras  que hieren y desasosiegan, esa carne cruda, tal William Burroughs o David Cronenberg, ese festín empelotado donde no cabe engaño: fracturas en la carne, capa tras capa de nuestros cuerpos, hay, querámoslo o no, llagas, sangramiento, muerte. ¿Por qué  ocultar ya más lo evidente de nuestra humana condición?   Nací y moriré en esta carcasa de sangre, cartílagos y nervios que el cuerpo me hace Ser. No hay en las fotografías de Marisa Niño ni horror ni consolación: quizá piedad – la pietá- por lo que el alma no otorga, la fisicidad de la sangre y la organicidad de lo que somos y seremos, el cuerpo transitando en la muerte nos desnuda.  Las fotos de la autora son una extraña e inquietante forma especular de la Verdad: me siento, al verlas, durmiendo, desnudo, desollado, aterido y sin subterfugios. Duele, claro que  duele, pero hay que ser valiente para aceptar la única certidumbre; esta carcasa mísera es también la pietá de Miguel Ángel y el Inferno del Dante,  o el escalpelo que nos evidencia la humana condición: la llaga del sexo, la apertura del después. Las fotos de Marisa Niño, tal como un cuadro de Rembrandt –pienso en la disección claroscura que todos conocemos- nos retrotrae a nuestra verdad;  cartílagos, somos náusea, en la evidencia de cada capa diseccionada nos espejamos, el cuerpo no da ni pide piedad, solo otorga evidencias: la muerte es la humana condición y a ella, no hay que otearla con gafas consoladoras,  un escalpelo es más sincero que cualquier sintagma de De Sade y más, los sintagmas forenses de Marisa nos hacen abismarnos en el espejo de lo orgánico: ni alma ni Utopía, como diría Bataille, la plétora de la continuidad cuando, en la desnudez más total, somos enrojecidos,  la modulación del Mal y la llaga que no tiene otra forma de restañar que estos espejos viscerales.


Fotos: Marisa Niño