No tengas pena: Recuerdos de Ezra Pound, de H.D. Por Sebastián Gómez Matus

Fin-al-tormento

Ezra Pound – Hilda Doolittle: Fin al tormento 
Ediciones UDP, 2018
200 páginas
$16.000

Fin al tormento son las memorias que le hacen justicia a Pound, en parte porque no lo perdonan y lo muestran como lo que es: un poeta mítico, fundamental y humano. Además, “No estaba loco”, se aclara con cierta insistencia, como para fijar una ética. De alguna manera, fue la figura que su país necesitaba: Estados Unidos necesitaba la traición de su poeta. Quizá todo país necesita que sus poetas lo traicionen. Pound podía cargar el mundo a sus espaldas; nadie está exento de su generosidad. Entre poetas había un vínculo mitológico, un amor (aunque esta no sea la palabra) que operaba por detrás del mundo, a través de los poemas y los años de silencio y calamidad.

Escritas desde un sanatorio en Suiza, a instancias de Erich Heydt, su doctor de cabecera, la poeta comienza a revelar su propia historia con Pound: el quiebre amoroso en la juventud, la formación que compartieron (Pound fue quien firmó H.D.imagiste para la publicación en Poetry del poema Hermes of the Ways, que a su vez le presagia) y la historia de una deuda, un hijo, y que supone el corolario de una historia cuyo destino estaba entre los versos de El libro de Hilda.

“Tú, que siempre conviertes en oro mis escorias,

cual maga poderosa y sutilmente dulce,

que recoges fragmentos sin que nada se pierda,

mira nuestra ganancia brillante ante tus pies”.

Se trata de un libro siamés cuyos textos se encuentran trastocados temporalmente. El principal es la memoria de H.D., los poemas de Pound están presentados como un apéndice, poemas trovadorescos donde ya pulsa lo que en los Cantos es plenitud y huracán. También, Fin al tormento es la historia de muchos libros, de los libros que leyeron y escribieron, de toda la lectura detrás de sendas obras. En fin, del tipo de comunicación que pudieron establecer. Es el caso de Seraphita, novela de Balzac donde el personaje principal es un andrógino. Detrás de esta historia están las ideas de Emanuel Swedenborg, etc. En otras palabras, estamos frente a la mitología de dos poetas cuyas obras nunca están lo suficientemente a la mano.

Ameisen. Hormigas, en alemán. Así llamaba el doctor a las entradas del diario. Hormigas que trasladan escenas comprimidas, sobre las que vuelve para incrustar un lenguaje personal; ternura del lenguaje que el amor desarrolla. Sin embargo, las hormigas hacen su trabajo bajo cierta estructura: Norman Pearson, por un lado, le ruega que escriba algo sobre Pound. Era el momento donde la imagen de Pound volvía a mancharse con el artículo insidioso que publicara Rattay en The Nation, la Rata, como se menciona en el libro. Y por otra parte, gracias a la función que prestaba esta escritura para su propia terapia. Hacia el final reconoce que escribir esto le permitió llegar a una palabra que la libera. La palabra no la dice. Nadie en el mundo podría escribir un diario así hoy, no existe tal profundidad en este mundo.

Hormigas que acarrean una mitología personal, geminiana, díplope. H.D. y Pound eran el o la poeta, una especie de Orlando. Un espíritu repartido en dos poetas, un espíritu cuya antigüedad lo volvía inmensamente contemporáneo, e incomprensible. Hay muchas partes de los Cantos que le hablan a ella y ella constantemente le habla a Pound en sus poemas. Desde el principio, sólo que “el mito básico no puede ser localizado”.

“Es el sabor de las cosas más que aquello que la gente hace. Atraviesa, puede decirse, a todos los poetas del mundo. Uno de nosotros ha sido atrapado. Ahora, uno de nosotros está libre. Pero nosotros, los partisanos del pensamiento mundial, del mito, temblamos de miedo. ¿Y ahora qué?”

En la entrada del 19 de junio, a cuatro meses de haber comenzado a escribir Fin al tormento, anota:

“Suelta, deja ir lo grandioso, dice, deja ir la amibición; toma apuntes y escribe, esta es tu herencia, no una severa coacción.

 “No cometas errores. Distantes como polos opuestos, los dos polos hacían posible la comunicación. Establece los polos. Otros pueden usar nuestros inventos, extensión, comunicación. Ya no nos preocupa. Solo, al mirar, un gesto puramente instintivo nos impulsa. Quisiéramos alcanzarlo, extender nuestras manos, arrebatar una víctima al altar”.

Norman Pearson le dice a  H.D. que sus Cantos son Helen and Achilles. Pound estuvo siempre allí, golpeando (“pounding”) por dentro. Se conocían desde que ella tenía 15 y él 16. Es una historia minuciosa y terrible, una historia que como en muy pocas ocasiones, urde una transversalidad de poeta a poeta, un amor que trasciende a ambos, una fuerza que los une y separa para hacer posible los vasos comunicantes. También es una historia de la poesía, de cómo están hechas las personas que escriben poesía. Es un libro de la estirpe de las cartas entre Ingeborg Bachmann y Paul Celan, de Denise Levertov y Robert Duncan.

Por último, surge algo que puntualizar. Como he señalado, este diario confesional incluye la historia de formación, consolidación (si existe tal cosa) y depresión de dos poetas, la historia de su relación con el lenguaje. Is-Hilda, le decía Pound a H.D., a propósito de Tristán e Isolda. El libro está plagado de estas piedras preciosas cuyo brillo era la logopoeia. El traductor, en un documentado estudio que precede a los textos (aunque plagado de prejuicios machistas sobre la sexualidad de la poeta), se equivoca cuando sostiene que en el diario de H.D. “importan menos los hechos que sus repercusiones emocionales”. El libro está hecho de estas hormigas que son dispositivos semánticos que surgen en el diálogo de dos poetas “del Viejo Mundo”. Es a partir de los hechos que llegamos a una mitología de H.D. y Ezra Pound. Es evidente que la superación del Modernismo, es decir, la renovación de toda la poesía occidental, supone una crítica radical a la Modernidad que los Estados Unidos de posguerra comenzaban a sedimentar en los sesenta. En adelante, la historia es conocida.