Matías Rivas: Tragedias oportunas. Por Cristian Foerster M + Adelanto

mriv150516Matías Rivas: Tragedias oportunas

Ediciones Tácitas, 2016.

77 Páginas

$8.000

 

Tragedias oportunas −último libro de Matías Rivas−  representa a través de escenas narradas por distintas voces las estancias de una cotidianidad despojada de esperanzas. El lenguaje empleado se caracteriza por su transparencia y sobriedad. No hay un sentido oculto tras las palabras, solo las imágenes obscenas que los articulan. Pues son esos detalles sórdidos, que solemos dejar de lado para poder soportar nuestra vida diaria, los que se toman los poema: “Desde que llegué no puedo tomar agua tranquilo./ Al primer sorbo miro a lado y lado.” o “Sostengo mis días con la destreza mortal de los viejos:/ sin recuerdos nítidos ni un destino aproximado./ Vivo sumido en arrebatos de lujuria frente al televisor.” Es esa dimensión difusa y ominosa que compone al cotidiano, la que de pronto se vuelve nítida, adquiriendo este volumen una nueva consistencia poética.

El libro se divide en dos partes: “Puertas adentro” y “Un amor romano”, siendo la primera más extensa que la segunda. Esto no es de extrañar, pues desde el título se nos indica que el ritmo que asumirá la escritura es el de la tragedia, y por lo tanto, el despliegue del conflicto evidentemente será mayor que el de la catarsis y anagnórisis. Sin embargo, a diferencia de la tragedia clásica, las distintas voces de este libro no nos narran acciones y hechos heroicos. Toman su lugar esos gestos o impulsos anodinos, pero sin los cuales no podríamos sobrevivir a las inercias diarias: “La satisfacción que me va quedando/ es sacarme los zapatos, abrir el refrigerador/ y tomar un largo trago de Bilz:/ el gas de la bebida paraliza mi asco y me despeja.” Asimismo, las grandes preguntas filosóficas les son ajenas a los hablantes. Les quedan chicas o demasiado grandes; parecen banales, en comparación a sus respectivas miserias.

El punto en común, que hermana a las dos secciones del libro, es el cuerpo. Éste no solo se nos presenta como el receptáculo de los distintos síntomas o padecimientos de los hablantes –“Duermo vestido/ hasta que me despiertan los calambres”− sino también el lugar para el goce sexual. Pues es el sexo sin romanticismo, rabioso y violento, el cual le devuelve al sujeto su vitalidad: “No te equivoques: pégame con fiereza./ Necesito expiar mis actos./ Y que mejor manera de hacerlo que observar tu cara de placer/ cuando me estrujas los cocos.” El cuerpo individual es algo por lo que se debe luchar; solo así es posible desgajarlo de otro más grande y conflictivo: el de la familia. La crisis del espacio familiar atraviesa de algún modo a todos los poemas, pero su salida parece posible solo a través de un tajo en la escena: “‘Mañana tenemos que ir al colegio juntos./ No te olvides. Es la presentación de fin de año.’/ Fue lo último que me dijiste antes de darte vuelta.”

Tragedias oportunas es el advenimiento de una conciencia melancólica, cuya meta se limita a describir irónicamente las “mugres vitales” de un espectro social indefinido, pero no por eso menos concreto y real: “Los remedios y las botellas de Coca Light/ se han ido acumulando/ como la ropa vieja y la loza china./ Miro por la ventana los carros de un supermercado./ Debiera sacar uno,/ llenarlo,/ y en la noche salir camino al vertedero.” El deseo de la escritura, entendida de esta forma, consiste en explorar esas zonas incómodas por las que circulamos, haciéndonos parte de ellas y recordándonos ese pathos: “la muerte alcanza, incluso, al que evita el combate.”

 

Adelanto

De Puertas Adentro

INÉS
Desde niña que tengo la piel delicada.
Se me parten las manos cuando lavo un plato.
Ya no conozco a nadie.
Ni a la peluquería me llevan.
Lo que sí, viene una niña a hacerme las manos una vez a la semana.
En verdad, no es una niña, es una señora de toda la vida.
A veces me arregla la ropa, hace sus trabajitos.
Su marido viene con ella.
Es taxista y me hace el jardín los sábados.
Mis hijos les pagan.
A mí me dan una cuota al mes, que apenas me alcanza.
Ya no puedo estar más reducida.
Regalé mis cosas cuando enviudé para no tener recuerdos.
Lo que no quisieron mis hijos y mis nietos
se lo di a la iglesia.
Vinieron en un camión de la parroquia
y se llevaron hasta la última copa quebrada.
No se sorprenda con mis comentarios.
Así es la gente necesitada.
Mis hijos me trajeron para acá hace años.
Como son hombres no saben qué hacer con su madre.
Los entiendo.
No los eduqué para que fueran enfermeras.
Hay días que tengo una angustia atroz.
Cómo iba a pensar yo que iba terminar así,
venida a menos,
en un departamento sin empleada
con vista a las ventanas de los edificios del frente.
Mientras estuvo mi marido vivo,
si bien éramos austeros,
jamás me tuve que preocupar de la despensa ni de pagar cuentas.
Ahora se me aprieta la garganta cuando entro a un supermercado.
La otra vez pasé una humillación que no tiene nombre.
Desde esa vez que me da miedo salir a la calle.
Había terminado de pagar el pan cuando iba saliendo
y de repente sentí un tirón feroz,
que me botó.
Era un niño chico que me quería quitar la cartera.
Y yo no podía soltarla porque la tenía amarrada al brazo.
En el suelo, con tal de quitármela, me arrastró
hasta que se la llevó el muy desgraciado.
Unos conserjes que me vieron
llamaron a una ambulancia.
Al final fue más el susto.
Quedé moreteada y con las rodillas peladas.
Me mandaron de la urgencia para la casa.
Mis hijos, indignados.
Estuve una semana en cama, sin moverme.
Se me quitó el hambre de la pena.
Quedé en los huesos.
Me pusieron suero y me retaron bien retada.
Los martes me viene a buscar una nieta
y me lleva a hacer mis diligencias.
Después me viene a dejar
y se baja a almorzar conmigo.
Es tan cariñosa.
La única, diría yo.
Lamentablemente ya no soy la de antes.
Y como no quiero dar problemas,
prefiero quedarme callada.

 

De Un Amor Romano

Los hocicones no paran de hablar de ti.
Se regocijan narrando en las esquinas y en los cafés
un chisme infame.
Dicen que te vieron arrullándote con una putilla en una plaza pública.
Cuentan que de los sobajeos se deslizaron hacia el descaro:
convertidas en arañas se devoraban ante los ojos
de quienes paseaban en busca de quietud.
He quedado perplejo ante estas revelaciones.
Por lo mismo, ahórrate las palabras, que el asunto huele a fosa común.
Lo único que puedes hacer para revertir tu falta de vergüenza
es mostrarme cómo te regocijas con esa otra.
Pero hazlo en nuestro lecho
para que así yo observe tu cara de placer
y me sienta agobiado.
Entonces actuaré como un soldado herido y orgulloso,
y por el culo las clavaré a ambas
hasta que pidan clemencia.

 

Diles a otros que no conoces Sodoma.
No a mí, que te he besado el culo con esmero y dedicación.
Lo mismo te han hecho tus esclavos negros.
Reconoce que adoras ser perforada hasta poner el grito en el cielo.
El placer y el dolor te combinan perfecto.
Son tus tonos preferidos.
Te iluminan el rostro.