La nieve es nuestra

Por Cristián Gómez.

PRESENTACIÓN

Uno de los temas que se reiteran en La nieve es nuestra es la identidad en torno a los espacios que alcanzan a reflejar destellos de aquello efímero pero significativo. El epígrafe de Quevedo del poema “A Roma sepultada en sus ruinas”, puede ofrecer una pista sobre el modo en que se nos darán a conocer estos espacios: “huyó lo que era firme, y solamente/ lo fugitivo permanece y dura”.Interesantes imágenes sobre Valparaíso como en el poema “Instantánea” o “Las chiquillas están en la playa” sobre Iowa y los granjeros de Estados Unidos, ambos con algo de decadencia y una cuidadosa descripción en la que nos encontramos con algo en extremo particular. Aunque encontramos características, si se quiere sublimes, tanto en los espacios como en las situaciones construidas, no quiere decir que esa imagen esté cerca de lo idílico, ni del lugar común, sino que parece estar contra de cualquier mito. Creo que podemos hacer esa lectura desde el “Arte poética” de Gómez Olivares, donde compara “La canción del pescador se sumerge como las redes en el agua” luego se dice que esas redes no encontraran la flor de lis, ni el santo grial, luego también, más a lo largo, dice que el pescador recogerá “del mar esa red vacía y sin consecuencias como un vasto poema épico/ escrito por encargo o por error para darle una digna sepultura”. Abundan encabalgamientos que dan a los poemas un ritmo quebrado, sin contar que muchas veces, el sentido de estos poemas son, como poco, oscuros. Para ello me gustaría terminar con una cita del autor que sirva como ejemplo, “La nieve es nuestra”, por lo demás poema que da nombre al libro:

las metáforas
son escombros

repartidos por el
suelo. La naturaleza

no deja ruinas
sino venados

tirados en la carretera
ajenos por completo

a cualquier figura
retórica. A ese

bulto que hay que hacerle el quite
en lugar de rendirle pleitesía

Constanza Zanetti, abril de 2012, Stgo de Chile.

 

 

ARTE POÉTICA

(Mientras veíamos Leaving Las Vegas,
o una despedida
)

La canción del pescador se sumerge como las redes en el agua.
Así como de nadie está escrito su destino en el hígado de los animales
que esta mañana degüellen en el matadero, en estas redes no se encuentran
la flor de lis de los que no creen en la flor de lis, ni el santo grial sobre la mesa:
tampoco los saludables exterminios que harían palidecer o enrojecer de furia
y de vergüenza a mis pasados y futuros confesores: sí los ajuares de la novia
que no fuiste, los hijos de esa madre que tampoco.  Ni los tesoros marinos
de la tierra prometida ni el silencio que las autoridades ofrecían como recompensa
desde mucho antes de empezar con la función: –Sara, you don’t need to fear me,
le dice el proxeneta a su empleada, -because you and I we belong together,
como si el aire al interior de la película se pudiera cortar con un cuchillo
al igual que en esta pieza: preferible que otros se hagan cargo
del crimen que aún no hemos cometido: y están, según ellos mismos lo confiesan
felices y dispuestos para hacerlo.  Y el día en que el pescador recoja
del mar esa red vacía y sin consecuencias como un vasto poema épico
escrito por encargo o por error para darle una digna sepultura
a esos muertos que aún no han muerto, ese día:

el único botín será como decir adiós

sin haber aprendido a despedirse.

 

 

ESCRITO SOBRE UNA PÁGINA

Si en el poema se toman de la mano entonces el poema es verdadero,
hermoso si acaso terminan por besarse mientras hacen el amor encima
de algún escenario que no afecte en lo esencial la médula del retrato: si
acaso comparten entonces un par de años y el ancho de la página no se
afecta, el margen si lo admite entonces (y sólo entonces: rozaremos
cierta verticalidad de la imagen, cierto espesor que de otro modo

 

a) quedaría sujeto al capricho y el pago de los sueldos
de los operarios de la imprenta y de la adquisición
de materiales

b) de la horizontalidad de los amantes o
la verticalidad de los mismos, de
lo bien aprendidas que tengan

sus lecciones de calistenia.

 

 

 

CIUDAD

Hay adoquines en las veredas pero no muy grandes.  Un
paseo peatonal donde cualquiera habla con cualquiera, donde
se cobran los cheques de los pensionados y un veterano
se sienta al sol a fumarse el último cigarrillo de la
tarde.  Cuando se hace tarde, (hay) algunos jugando ajedrez o
apostando una cerveza, decidiendo

cuál será el próximo país

dispuesto a caer en desgracia. Hay buses
que pasan siempre a la misma hora, cajeros de banco
que te sonríen, choferes de la locomoción colectiva
que te preguntan cómo estás.  Hay árboles que
cambian de hojas

(y de color al comienzo del otoño).

Una biblioteca que permanece abierta hasta las dos de la mañana.

Otra que te presta los libros durante unos seis meses. Y un río
que homónimo y circunspecto no guarda relación con la ciudad.

Nadie se puede suicidar desde esos puentes. Tampoco
reflejarse en estas aguas.

 

 

 

INSTANTÁNEA
(Hotel Puerta de Alcalá, Agosto 2002)

Valparaíso está al alcance de la mano, el cerro se puede tocar
con sólo estirar la mirada.  El turismo de la pobreza
exhibe los encantos de un hogar que está colgando: del aire
o bien saben los que viven de qué especie de milagro(s). Los
últimos habitantes de una historia de marinos y cierta rancia
aristocracia –precede las filmaciones sociológicas y el arribo
de los albos visitantes como un elemento más del paisaje. La
postal la completan las picaduras de una pulga, los poemas de
araya y gavilán como un extraño contrapunto, un subproducto
portuario: porteño: eterno: nítido: negro : viejo y: tenso.

 

 

 

ÚNICA FE
(My only faith’s in the broken bones and bruises I display)

Lo único que le pediría a los encargados de los departamentos de
español es que de una vez por todas comenzaran a enseñarnos
español. No creo en la inmersión, no creo lo del communicative

approach, perdónenme: pero tampoco le creo a ninguno de
ustedes (cada vez que dicen la tema de hoy en una clase
de estudiantes de post-grado, cada vez que me preguntan

¿cómo está tu marida? y ganan esos mismos ochenta
mil dólares con que podría financiar las visitas al
médico de mi hija. No tengo nada en contra de

ustedes, pero de una vez por todas déjense de confundir
literatura con buenas intenciones, no hay nada más
insoportable que la mentira consuetudinaria de

elevar la visión de los vencidos a la categoría de un
clásico que les asegurará un par de becas y muchas
pasantías en esos lugares de los que tanto han

aprendido, salvo su lengua: han visitado tantas veces
el mismo Santiago que me vio morir, pero literalmente
no se han bañado nunca en el mismo río que nosotros:

al menos dejen de cobrarnos los impuestos que antes
nos cobraron con la figura ominosa de una tradición
a la que tampoco pertenecimos ni me interesa: esos

listados infinitos son la guía telefónica de la exclusión,
la evidencia de que no les interesa ni en lo más mínimo
la poesía dolorosa de los adolescentes si no viene con el

respaldo de la familia, esas casas patronales de las que
el patrón todavía no ha salido, acuérdense por un momento
antes de subirse en el avión que los llevará a la próxima

conferencia de esa hambre por saber cuáles eran las
verdaderas influencias de neruda, cuál (de todos los
vanguardistas parisinos había sido verdaderamente

amigo de huidobro. Por eso olvídense de las justificaciones
que llevan al pie del cañón y/o debajo de la manga para
sacar de las listas de lectura obligatoria a virgilio

piñera pero incluir por obligación a borges, no vuelvan
a preguntarnos con desdén de dónde salió bolaño ni
qué ha escrito el junot díaz ese porque de borges

(ni más ni menos) es de donde provienen bolaño y
tantísimos otros, no vuelvan a dejarse llevar por
esas ridículas cartas de recomendación que han sido
escritas en la misma serie de producción que el ford T
y las zapatillas de michael jordan, no sigan menospreciando

las publicaciones hechas en revistas marginales de
latinoamérica ni la tristeza de ese peer reviewed system
que sólo puede convencerlos a ustedes, los estudios

culturales están tan caídos en desgracia como la agenda
que los justifica, la paz seguirá dominada por santa cruz
mientras los mismos bolivianos no decidan lo contrario

aun cuando vuestras clases sobre alcides arguedas sean
profundamente intrascendentes, al igual que los amantes
de sendero refocilándose en la lectura de arguedas, que no

tenía mucho que ver ni con sendero ni con ustedes, borges
era asquerosamente clasista pero no por eso deberíamos
dejar de leerlo, sino aprender por sobre todo a releerlo

hasta el cansancio y recordarlos a ustedes con cariño
pensando en la manera en que han envejecido tanto
ustedes como su hippismo trasnochado, su acomodo

resiliente desde esa academia con la cual no pudieron
cambiar ni el mundo ni la academia, pero tal vez nosotros
puesta la fe en nuestros huesos quebrados, en nuestos moretones

tengamos que cruzar el río cuando las cartas nuevamente
estén echadas y el final ya se conozca y aunque todos nos
digan que ya no queda nada por hacer juntemos las manos

para rezar: pidiendo gallardía en el combate.

 

 

 

DOMINGO POR LA TARDE

En el cuarto de al lado escucho los quejidos de
alguna pareja, la división capitalista del
trabajo y las tarifas del servicio telefónico

contribuyen de igual manera

a que uno se pase la tarde sin pronunciar palabra:
domingos por completo en blanco donde el hecho
objetivo de la soledad difícilmente podría conseguir

el adorno de alguna excusa, algún nombre para
exornarlo como dudosa compañía. Los fantasmas
de la juventud recién perdida se mezclan con los fantasmas
de la madurez que aún no llega, un limbo parecido al del
idioma en el que todos se comunican con señales
aunque tengan ganas de salir gritando.
Yo mismo quisiera salir gritando

en busca de alguna leyenda, los jumpers
maltrechos de bertoni, el orompello
del tomás, la cristalería

frente a frente a un elefante.
Vuelvo los ojos hacia la puerta
pero no consigo que se acerque nadie

a tocar. Ninguna colegiala alegre
vestida de colegiala, ningún zombie
por las calles de concepción.

Al elefante que está parado en la ventana:
sólo le pido que empiece luego a recordar.

 

 

 

QUE INACABABLE EMPIEZA

El mar se demuestra pero nadando.
Los granjeros de la zona, al hacer la
cosecha del maíz, tienen que tener cuidado
de no electrocutarse con los cables del tendido
eléctrico, derribados durante el último tornado.
Al subirse a sus tractores comprados con un largo
crédito que terminarán de pagar sus hijos, no debieran

estar tocando el suelo. Las estadísticas dicen
que después de una tormenta los índices de
accidentes laborales se incrementan en un
doscientos por ciento, lo que da una cifra
anual de un catorce por ciento acumulado
en las últimas dos décadas. Las razones

(dicen los que saben) se pueden atribuir
al aumento de la actividad meteorológica
debido fundamentalmente a la deforestación
de vastas zonas del área norte y a que las
cosechas, sobreexplotadas por los biocombustibles,
son cada vez más difíciles de cubrir por un sólo
operario encargado de una cantidad creciente de
acres. Como los cultivos orgánicos demandan

al menos dos o tres años manteniendo intacta la tierra,
durante ese tiempo el pequeño propietario no recibe
ninguna entrada, cero ingreso, lo que le significaría
sobre endeudarse por echarse el destino del planeta
sobre los hombros. Sus dos hijas salen a jugar al patio
y él se pone a pensar en cuando sean grandes, en la
universidad, en crecerlas. Hace cálculos, ve venir
los años, una de ellas vuelve con un pájaro entre las
manos: tiene un ala medio rota, pero quizás tal vez
se salve. Y cuando lo llevan adentro, cuando lo
comienzan a cuidar, las niñas vuelven con sus hijos,

se sientan a conversar con el abuelo que puede que
otra vez les repita esa historia sabida de memoria
en las sobremesas de la familia, de cuando era joven
y le gustaba nadar y un día llevó muy lejos a la abuela,
hasta las playas de North Carolina para que ella conociera el mar
y se decidiera por fin a casarse con un joven granjero del interior
que recién había heredado un pedazo de la tierra y ni siquiera
sabía cómo se arreglan los tractores, para que ella conociera
el mar y le tuviera el mismo respeto que le tienen los marinos
que nunca han sabido nadar ni tampoco necesitan aprender
porque el mar no se explica ni se demuestra sino es con un par
de estas palabras que lo miran desde el muelle golpear el muelle,
da lo mismo que suba o que baje la marea los botes amarrados
sólo esperan que amanezca para seguir estando allí amarrados.

 

 

 

 

PERO EL VIAJERO QUE HUYE HABRÁ DE DETENER
ALGÚN DÍA SU ANDAR Y DAR POR HECHO QUE EL RETORNO
TIENE TANTO DE ORACIÓN COMO DE SINO. 

Pero el viajero que huye no quiere abandonar el único
restaurant donde lo conocen por su nombre y apellido
y se sabe de memoria el recorrido de los buses con tal de
volver hasta la florida con la cabeza rebotando en la ventana,

se pasea por los aeropuertos

cerrados por la huelga de los controladores aéreos
para contemplar el rostro de los pasajeros que no van a
llegar al cumpleaños de sus hijas y se disculpa por los errores
que no ha cometido pero podría llegar a cometer. Confunde

la información de los altoparlantes con algunos capítulos
de su vida que aún no ha comentado con su siquiatra
y con la mochila colgándole del hombro

observa los horarios de llegada y de salida
como si estuviera descifrando un código
secreto: comprende que huir no es

escapar sino dejar de hacerse juramentos
que después tendría que cumplir en otro
idioma del que sólo conoce las disculpas:
la poesía es lo que se pierde en la traducción.

O en las maletas extraviadas producto de la huelga.

 

 

 

A PANCHO VÉJAR
(todos somos Pancho Véjar)

La única edad de piedra que nos fue dado conocer
fue aquella en la que bastaba negociar el precio
dejar en prenda algunos libros, tal vez la primera edición
de La pieza oscura o alguno de esos libros de Victoriano Vicario
que son inencontrables. La narrativa completa de Lucho Rivano
que ya habíamos leído por cuestiones laborales
la encontramos a mitad de precio en providencia
no sin antes regatear sobre una mesa donde también
habían unos platos cuya mención es un hecho de la causa.
A veces había que volver, presentarse al otro día como en las listas
de reclutamiento. Para sacarse el servicio no basta con conocer
al dueño, que también te conoce de hace rato. Te ha visto
comprando otras cosas, tardes enteras frente a frente
a los escaparates. La antipoesía no tiene la culpa
de que el polvo acumulado le suba el precio
a algunos libros, tampoco del brillo de los vestones
ni de las carreras sin terminar ni de la militancia
política de ciertos vendedores: incluso en verano
el agua que pasa por debajo de los puentes
se puede ver con un poquito de esfuerzo.
El del Arzobispo ofrece una vista privilegiada
de los lugares que visitan los turistas, en la edad
de piedra nosotros enseñábamos nuestros glandes
de tortuga a los pocos que se atrevían a visitar esa
ciudad, pero también a aquellos que armados
de una ardiente paciencia y su buena cuota
de cobardía: se negaban pese a todo a abandonarla.

 

 

 

 

LASTRA

En las costas de este océano también existe una epopeya.
Protagonizada por el mar y sus testigos. Aquellos
que captan con sus celulares lo que otros

describían con párrafos que se reservaban el tono y
el derecho de una despedida. Mis hijas comparecen
ante otro oleaje, la mujer que amo, permítanme

llamarla así, ha pronunciado como los guerreros
de un ejército aquel viejísimo suspiro
ante la inmensidad. Thalassa,

Thalassa, susurró con alegría. Mientras
tanto los que estábamos presentes
quedamos a la espera de algún hecho

sobrenatural o de una traducción.
No habíamos llegado a ninguna parte.
Los años que llevamos haciendo

las maletas no han sido en vano.
Nunca viajamos ligeros de equipaje.
La casa que llevábamos con nosotros

guardaba todavía aquel aroma
de los árboles que le daban sombra
a nuestro patio. Olmos, cedros santiaguinos

y boldos que llegaron con la colonia.
Las olas reventaban sin poder botar los muros
de esta casa. Esa es la epopeya

de la que hace rato les vengo hablando.
Allá ustedes si se niegan a escucharme.

 

 

 

DONDE IR

Me llamo Arturo Matute Castro y estoy harto de todo.
Las exposiciones de arte contemporáneo me conmueven
hasta las lágrimas. Escojo mis acompañantes

de una tribu de candidatos a los que todavía
hay que darles a conocer su condición de
candidatos. Me pone mal ver el estado de salud

de mi madre por la forma en que lo dice,
me perturban las publicaciones de la academia
norteamericana por la forma en que se dan

a conocer y desprecio hasta límites inexpresables
las resoluciones de las Naciones Unidas
por las mismas razones antes

esgrimidas: enseño veinte horas a la semana.
No he vuelto nunca a mi país natal:
hace demasiado calor como para que siga

siendo el mismo. Al que voy cada tanto
le han agregado una estampa de Benny Moré
en cada baño, gente que habla un idioma

que yo no entiendo y viste cada día
de manera más estrafalaria.
Como los muchachos

que todavía se sientan en el malecón
el transporte público

me deja indiferente.

 

 

 

 

 

ALGO QUE NO ESTABA AHÍ
(sigue sin estar: marcos de referencia)

Es como si de pronto se abriera un agujero en la pared.
La poética de sacar una muralla de las casas que habitamos.
Como si de repente entrara la luz en un almacén abandonado.
Un hoyo en el techo para que entre un rayo donde antes no

Había nada. Como las mayúsculas improvisadas al principio
De estos versos. Una especie de naturalismo para observar
Los cimientos del hogar. Una desnudez hacia adentro.

Los edificios abandonados cobran vida. Las casas
No parecen nuestras casas. Como el hombre
Que miraba los chivos, un agente al

Servicio de nadie: podremos atravesar los muros,
Podremos responderle por fin al Chico Cárdenas
Qué hay tras esas cortinas cerradas, qué

Tras esos cimientos de hormigón armado y
Esas paredes que al igual que en una cancha
Sólo en conjunto pueden construirse:

Probablemente todavía no te has dado cuenta.
Pero estoy hablando de ti desde un principio.
Tú desdén por la poesía que no hable de la calzada

De Jesús del Monte ni tampoco de la hermita de Montserrate
Equivale a entrar por la puerta de una casa
Y mirar solamente por las ventanas.

A tapiarlas con desesperación: no vaya
A ser que lo de afuera. Aquello
Que no se ve

(Ni siquiera hemos mencionado
El aire
): sostiene los muros
De esta casa.

 

 

 

 

LA NIEVE ES NUESTRA
(y la hacen los pueblos)

 

 

La calefacción de mil novecientos doce
tiene personalidad propia. Comienza

en el otoño con los ruidos del radiador
que no dejan dormir a nadie. El concierto

del agua circulando por las cañerías
son los gatos que otros tuvieron

que escuchar de madrugada.
Del vapor de los elementos

al maullido de ciertos animales
media no sólo un mar sino

también catorce horas,
años perdidos estudiando,

los gastos pagados bien
pagados y después una invitación

que no concluye en el retorno.
Quédate una semanita máaas

poh, hueón sin brillo.
La nieve se derrite

mucho antes de que llegue
el verano. Sin embargo

las lecturas estivales
no mueren ahogadas en

la arena. La poética
de echarlo todo abajo

es como aprender a
traducir el aire:

por invisible
sostuvo las

murallas
del palacio

(también se
sostuvieron

sobre él los
cazabombarderos

que las derribaron.
Los escombros repartidos

por el suelo y el asco
que nos producen

las metáforas
son escombros

repartidos por el
suelo. La naturaleza

no deja ruinas
sino venados

tirados en la carretera
ajenos por completo

a cualquier figura
retórica. A ese

bulto hay que hacerle el quite
en lugar de rendirle pleitesía.

A ese elefante en medio de la cristalería
incapaz de acceder al estadio del espejo

el único idioma que le conviene es quedarse
no sé dónde pero quedarse: contemplándose,

tal vez, en una bola de cristal, cuya única
profecía autocumplida sea su rostro deformado.

No, corrijo: la belleza de su rostro deformado.

Un monstruo que después de la alarma
todavía nos resulte familiar.

 

 

RELEVO DE PRUEBAS

El día que los violines dejen de hacerse a mano
no tendrá sentido volver a entrar a ninguna iglesia.
Ni relacionar la maternidad de nuestras antiguas
compañeras de colegio con castillos lúgubres
y deshabitados. El tono de profecía tendrá
por obligación que cumplirse por el bien
de aquellos que se sienten a escucharlo.
Los románticos empedernidos que esperaban
ser trasladados como en un sueño a un prado
donde el sol fuera mejor que sí mismo
y los profesores que hicieron carrera
alabando a esos mismos románticos
tendrán que conformarse con algunas
palabras en mapudungún cuyo sentido
necesariamente terminará por escapárseles
aunque sigan sentados sobre sus asientos
mirando con temor reverencial a la pantalla.
El día que los violines dejen de hacerse a mano
los encargados de impartir justicia adoptarán
la poética de los escombros y no convertirán
sus instrumentos en metáforas, no echarán
de menos los planos que antaño los reunían
y el edificio donde tuvieron que guardar
silencio seguirá invisible como el aire
al interior de esos violines hechos
a mano todavía: los intérpretes
no debieran ser oficinistas.
Ni tampoco estar casados.
No deberían llevar puesto el hábito,
por sobre todo deberían mantener para
sí mismos el secreto de confesión
porque es sabido que los violines hechos a mano
no se pueden tocar a punta de metáforas
sino a través de las imágenes hereditarias
del desastre. Para hablar con alegría
del desastre, pero hablar con alegría
sólo del desastre.

 

BIOGRAFÍA

Cristián Gómez Olivares nació en Santiago de Chile, en 1971, reside en Estados Unidos. Ha publicado, entre otros títulos, ‘Alfabeto para nadie’ (Valparaíso, Fuga, 2007), ‘Como un ciego en una habitación a oscuras’ (México, Conaculta, 2005), ‘Pie quebrado’ (Salamanca, Amarú, 2004, Premio de poesía Víctor Jara), ‘Inessa Armand’ (Santiago de Chile, La Calabaza del diablo, 2002), ‘Homenaje a Chester Kallman’ (Luces de Gálibo, 2010) y ‘La casa de Trotsky’ (La Isla de Siltolá, 2011). Fue miembro del International Writing Program de la Universidad de Iowa.

 La nieve es nuestra será prontamente publicada, este año, en Ediciones Liliputienses -Cáceres- gracias a José María Cumbreño Espada.

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