La locura de Baudelaire: el mundo al desnudo (Sobre Mi corazón al desnudo y otros textos). Por Sebastián Gómez Matus

La locura de Baudelaire: el mundo al desnudo.

Sobre Mi corazón al desnudo y otros textos (Ediciones UDP, 2015)

 

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Por Sebastián Gómez Matus

 

Baudelaire es el mejor poeta de la Modernidad, en él está todo. No porque nos haya señalado un camino apacible, sin sobresaltos, sino porque señaló la modernidad como la crisis absoluta de la humanidad. De hecho, entre él y Gautier inventaron el concepto de modernité, del cual hicieron uso preguntándose si existía. Baudelaire fue más moderno que todos porque su posición era contraria al candor de la época. En Mi corazón al desnudo nos dice: “1848 solo fue divertido porque todo el mundo erigía utopías como castillos en el aire”. Desde esta distancia, a casi dos siglos de su nacimiento, quizá esto pueda interpretarse de la siguiente manera: el fervor histórico, el compromiso histórico siempre termina diluido y asimilado por el padre castrador: el Estado.

Gracias a la justa traducción de Alan Pauls, este diario fue editado hace ya dos años por Ediciones UDP. Compuesto por los Cohetes, Mi corazón al desnudo, Años de Bruselas, Notas íntimas y El pintor de la vida moderna. Este diario, como bien señala en el prólogo el escritor argentino, no cumple “con los requisitos formales del género, ni su actitud con la promesa del lúbrico exhibicionismo que la tradición francesa suele endilgarle”. En realidad es una “máquina de hostilidad”, donde Baudelaire vuelve, poseído por la ira y la inteligencia, sobre su cultura, sus contemporáneos (si cabe nombrarlos así) y sobre sus intereses más íntimos, como la prostitución y la pintura.

Al comienzo del libro hay una frase, una idea inexpugnable: El arte es prostitución. De allí en adelante las notas de todos los capítulos que componen este volumen comienzan a girar como una tromba en relación a esta idea central. La cultura, el arte, las instituciones son la corrupción de la vida.

Resulta imposible destacar todas las frases de oro que plagan el libro, como en un cofre lleno de víboras que pican la conciencia con su veneno mortal. Es cosa de abrir cualquier página y leer al azar una frase: “No tengo convicciones –tal como lo entiende la gente de mi siglo- porque no tengo ambiciones”.

De las cosas que más me seducen de Baudelaire es su virulencia, la del escritor culto en contra de la cultura, un tipo que está cavando la tumba del mundo en sus poemas, en sus diarios, en sus pasos, en sus comentarios, en su práctica. Un pasaje de los Cohetes: “Las naciones sólo tienen grandes hombres a pesar de sí mismas, como las familias. Hacen todos los esfuerzos posibles para no tenerlos. Así, el gran hombre, para existir debe poseer una fuerza de ataque más grande que la fuerza de resistencia desarrollada por millones de individuos”.

Para puntualizar la contemporaneidad inagotable de Baudelaire, en este diario hay dos temas, si bien marginales, llamativos: una misoginia específica, contra la mujer burguesa, puesto que su admiración por las prostitutas no conoce límites, y su evidente antisemitismo. Comentándolo con Rocío, mi compañera, ella respondió algo clave: toda la literatura, los más grandes escritores, desbordan misoginia, específica o no. Lo cual me hizo validar aún más la posibilidad de que este libro sea un diario: el tipo confiesa sus males, sus vicios morales, su ideología, sus temores; no se resguarda. No le interesa ser lo que hoy es una moda cancerígena: el sujeto políticamente correcto, que milita en todas las causas con tal de ser validado. Baudelaire, como el poeta que es, no buscó validez en ningún cenáculo. Un escritor verdadero sólo encuentra la validez en sí mismo.

En el extraordinario ensayo novelado La Folie Baudelaire, de Roberto Calasso, hay un retrato del poeta que lo restituye como la cúspide de la cultura europea, acentuando, de manera implícita, la caída de Europa. Si no leí mal, creo que Baudelaire acaba con Europa. Además, y no es menor, cada vez que Baudelaire hace una descripción de lo otro, menciona específicamente algo no-europeo. Por ejemplo, comentando el “Sardanápalo” de Delacroix, con quien parecía estar comunicado por una interfaz detrás del mundo, nos dice: “Me ha sucedido más de una vez, mirándolo, soñar con antiguos soberanos de México, con ese Moctezuma cuya mano hábil para los sacrificios podía inmolar en un solo día a tres mil criaturas humanas sobre el altar piramidal del Sol”. Y hay otro pasaje clásico donde describe también a un dios mexicano. No por nada los surrealistas siguieron buscando en el sueño, porque era en ese espacio donde los europeos podían encontrar un pecio que los mantuviera a flote y que, finalmente, no encontraron. Baudelaire ya lo había dicho todo. De hecho, es en este libro donde se encuentra el tan mentado derecho a contradecirse, aparejado de un derecho quizás más interesante: el derecho a irse.

Para no apartarme del libro que pretendo glosar, quiero cerrar la idea del sueño. Baudelaire nunca antes, ni después, había anotado un sueño. Al final del sueño, digamos, al centro del sueño, en una vasta galería repleta de cuadros de todo tipo, se encuentra con una figura deforme, dispuesta como una escultura sobre un pedestal, enrollada por un tentáculo negruzco que le sale de la cabeza. Esa figura, según Calasso, es el mismo Baudelaire deformado por su inconsciente. Esa figura, creo yo, es Europa.

Tal vez estas ideas deban ir en un ensayo sobre Baudelaire y la caída de Europa. Ni Calasso ni Benjamin se atreven a plantearlo así, aunque seguramente lo intuyen. Pasa también que los intelectuales europeos están empecinados en buscarle una vuelta de tuerca a su historia (Steiner y Sloterdijk están derechamente desesperados), y está bien que ejerzan ese derecho. El tema es que Baudelaire quiso destruir ese orden europeo, y a mi juicio, lo logra en este diario no-diario mejor que en cualquier otro libro, incluso mejor que en Las flores del mal, sobre todo porque el tipo de escritura está más en consonancia con nuestro momento.

En el último ensayo que compone el volumen, El pintor de la vida moderna, describe el arte espontáneo de Constantin Guys (C.G. en el ensayo, a pedido del propio artista), un pintor parecido a los que vemos en la Plaza de Armas, sólo que un pintor de talento, y sobre todo en una época donde la reproducción aún no era un tema. En el fondo, lo que hacía Guys era pintar instantáneas, era un fotógrafo sin cámara. En eso radica lo moderno para Baudelaire, la fugacidad. Lo mismo sucede en sus notas en el diario, son pequeñas entradas de un cuaderno que sostiene todo. Es extraño porque el diario es un género consolidado, que hoy vive su revival más extremo y vacuo. Por otra parte, está el cuaderno de notas, apuntas, donde cabe todo pero no todo es publicable. Mi corazón al desnudo es in libro incompleto, intencionalmente inachevé. Baudelaire logra mezclar el diario con el cuaderno, menos confesor que el diario, y más ensayístico que el cuaderno. Sin embargo, igual encontramos notas como “Seguir a una viejecilla”. ¿Qué propósito tendría seguir a una anciana? Infinitos. Para Baudelaire la literatura era todo, salvo la cultura y el ambiente literario, al cual sin embargo acudió varias veces; es más, como dijo Rimbaud, con la perfidia e iconoclasia que lo constituían: Baudelaire habría “vivido en un ambiente demasiado artístico”, y habitando ese mundo, el hastío, el tedio resultan la quintaesencia.

Eso encontramos en Mi corazón al desnudo, todo el campo literario dispuesto en un diario, partiendo por el falso maestro Sainte-Beuve, un escritor mediocre que cortaba el queque de la época, donde las entradas anotadas eran las molotov del poeta francés, que siempre asumió una actitud recalcitrante a cualquier movimiento político y literario, sólo que Baudelaire, por petulante que haya sido, no estaba equivocado.

Por último, de la ola de diarios que están siendo publicados como novela y que están por publicarse, creo que este diario está sujeto por algo que los diarios actuales no tienen: está exento de ingenuidad y de complacencia; la cultura, cualquiera sea, en vez de ser confirmada, es puesta en entredicho, suspendida, como un blanco para ser ejecutada. Además, en relación a las disposiciones o condiciones de una cultura, la cosa no ha cambiado mucho. Baudelaire, como ninguno, nos metió a todos en su saco.