Juan Santander Leal: Cuarzo. Por Natalie Séve

PORTADA LIBRO CUARZO

La obsesión de las colecciones

Juan Santander Leal: Cuarzo
Marea Baja Ediciones.

27 pp.

Por Natalie Séve

En Japón al antiguo arte de coleccionar, contemplar y exhibir piedras se le llama Suiseki y tiene por finalidad modificar la escala mental del coleccionista hasta poder encontrar toda la belleza del paisaje en una piedra que cabe en la mano. Juan Santander Leal (Copiapó, 1984) en el nortino afán ‘Suisekista’ de Cuarzo,  ofrece en sólo veintisiete páginas y una serie de veinte poemas, un recorrido que se asemeja al que los ojos, sin tocar, realizan sobre una caja con diversas piedras; joyas comunes halladas en calles y caminos, recogidas, limpiadas y atesoradas con tiempo y empeño.

Una continua voz observante es la que prevalece a lo largo de la obra y la que va dando cuenta de los actos grupales e individuales que llevan a cabo los objetos y habitantes del entorno, casi sin intervenir en la confluencia de los elementos ni en el desarrollo de las acciones.

Santander Leal pasea por paisajes urbanos, desiertos y litorales por los cuales va recolectando objets trouvés que luego expone con la misma abertura con que un niño muestra sus tesoros, pero sin sentirse en la obligación de hacerlos jugar entre ellos: “Hay una alergia que divide la ciudad en dos/ Hay novelistas que conducen a los niños a/ los centros financieros. /Hay cañaverales que cambian de forma/ cuando alguien menor de treinta años/se detiene frente a ellos”.

Se da también en el autor el gusto de exponer imágenes contenedoras de universos de información en sí mismas, sin la necesidad de desarrollarlas ni ahondar mayormente en sus cualidades: “Una somera orden/ algunos fósiles/ la miel está contaminada/ los árboles han dejado de regarse”, exhibe su propia inmovilidad sin complejos, en los breves momentos en los que su primera persona entra en el poema: “Yo hago lo posible por parecer un empleado de banco, una cría de animal atrapado en las alambradas./ Ella me regala unos lápices de arquitecto/ como si yo supiera dibujar.” y llega incluso a develar su truco, evidenciando francamente su rol de colector insaciable: “Los profesores se agrupan a la entrada del museo como una colección de minerales”.

Es tan fuerte su ímpetu por verlo todo (piedras, personas, recuerdos, movimientos) en su aspecto colectable, que observamos junto a Santander Leal las imágenes de sus poemas como fenómenos que arroja la tierra, captados como notas de una particular libreta científica.

Todo lo que se aleja de las más nobles intenciones del lenguaje específico, ya sea poético o científico, ocupa entonces un lugar desdeñable, manifestándose a menudo un rechazo a la prosa, el periodismo y las novelas, quizás justamente porque la prosa no contiene la belleza sintética y fractal de los paisajes y pocas veces posea alguna particularidad que la haga digna de ser guardada: “La narrativa debe continuar/ como una enfermedad y su remedio”,  “los insomnes pueden ver el futuro/ las novelas no nutren ni sanan”, “La prosa anega con sus diálogos las horas de sueño que me van quedando”. 

Es este permanente tono recolector lo que hace que el libro entre en una deliberada monotonía, de la cual surge su propia sonoridad, pero que al mismo tiempo hace inevitable anhelar que el hablante que describe las cualidades fantásticas de las piedras de Cuarzo, salga de su espacio seguro de coleccionista y experimente en su piel la vibración de estos cristales.