Juan Ignacio Colil

Menú Económico

El tipo estaba en el mismo patio de su restorán, bajo una gruesa capa de cemento. Los asesinos fueron un par de cocineros que habían llegado recientemente desde alguna provincia perdida de China. Al parecer se enojaron con el sujeto porque éste no les pagaba lo acordado y rápidamente optaron por la vía violenta. De las palabras saltaron rápidamente a las amenazas y luego los golpes; certeros y rotundos, cayeron sobre su patrón. Ya era tarde para echar pie atrás. No tenían aquella paciencia que uno supone en los hijos de Confucio. Como no lo pudieron llevar a ninguna parte, lo trozaron con maestría y lo enterraron en el pequeño patio. Yo visité el lugar mucho tiempo después. Era un espacio de dos por tres metros al que le daba el sol en la mañana. Por la orilla había plantas. Un diamelo con sus pequeñas flores azules y blancas otorgaba el toque oriental. La viuda del dueño dio aviso a la policía una semana después de su desaparición. Estaba acostumbrada a que su marido se perdiera por un par de noches, pero una semana, le pareció un tiempo exagerado. Antes de dar aviso, lo buscó por todos los puteríos que ella conocía. Incluso contrató a un investigador privado que la entretuvo con datos falsos por varios días y le arrancó unos buenos miles de pesos. Al chino le gustaban las caribeñas y solía gastar parte de su fortuna; construida a punta de cocineros baratos, menús económicos y wantanes, en estas chicas tan cariñosas, morenas y sonrientes. La billetera del chino podía sacar sonrisas a cualquiera. La investigación comenzó sin mayor urgencia. Los cocineros no dijeron nada, o si lo dijeron nadie les entendió. Gesticulaban y hablaban en ese idioma en el cual cada palabra simulaba ser el fragmento de una verdad. Una pequeña lección de filosofía. Una piedra de una gran muralla. Tenían cara de inocentes y además el físico no los acompañaba. El oficial a cargo se deshizo rápidamente de los dos cocineros chinos. Lo ponían nervioso sus miradas y aquella actitud que él confundió con la sabiduría. De esa forma; Chi Hun y Chi Wen; volvieron a la paz de su cocina, a su atmósfera de fritangas y a sus recuerdos de Hubei. El oficial quería culpar a un garzón mapuche de apellido Millalonco que atendía el turno de la noche. Apenas lo vio, supo que ese era su hombre. Según un cuidador de autos fue el último que estuvo con el jefe chino antes de que éste subiera a su vehículo japonés full equipo. Automóvil comprado hacía poco y que apareció por esos días en un sitio eriazo del norte de Santiago, cerca de unas carpas de gitanos. La compra de aquel auto fue considerada una traición por una parte de la colonia china, la fracción más conservadora que no olvidaba lo de Nankín. No fue difícil encontrarle el móvil a Millalonco. Al dueño nadie lo quería, era un abusador. Millalonco no tenía coartada, además todos sabían que tenía el genio ligero y que habitualmente encaraba al chino jefe, quien sólo lo aguantaba porque Millalonco ordenaba el negocio. Una viejita vecina del restorán fue la que dio la pista. A veces ella acudía al restorán y pedía un menú económico para llevar. Conversaba con la cajera; una chica que por las tardes estudiaba contabilidad; y luego se retiraba un poco más alegre de lo que había llegado. El menú económico le alcanzaba para todo el día, incluso su gato romano se beneficiaba de aquella costumbre. La noche del asesinato escuchó ruidos y conversaciones hasta muy tarde, pero eso lo dijo cuando ya Millalonco estaba perdido. Su foto había aparecido en el diario, su condena era cosa de papeleos. Sus vecinos de El Salto, Doctor Ostornol y Rawson dieron sentidas entrevistas, alguien lloró. Una reportera rubia hizo una pequeña nota sobre el Chacal Chaufán como lo llamó un diario sensacionalista. Incluso trataron de entrevistar a sus amigos de infancia. La viejita se enteró muchos días después de lo sucedido. Por casualidad escuchó algo en la televisión. Juntó sus recuerdos que se le mezclaban con aquellos momentos de su niñez que aún se le aparecían. Estaba segura: no había sido su imaginación. Fueron voces, golpes, un grito y después ruido. Quizás música de una radio. Semanas después acudió a la policía, pero la creyeron enferma. Demencia senil, pensó el sujeto que la atendió y le ofreció un té verde, sin dejar de mirar la pantalla de su teléfono celular. La viejecilla que ya rondaba los noventa y tantos, no trepidó. No estaba para que la creyeran loca. Sabía que estaba vieja, pero si había sido capaz de escapar desde su natal Westfalia de un enajenado de bigotito, no se iba a dejar aplastar por un funcionario de tercera categoría. Escribió cartas. Fue a la radio, a la televisión. Nadie le dio mucha importancia. Le decían que tuviera paciencia, que alguien importante la iba a recibir, que dejara sus datos. Por su parte Millalonco se apagaba. Contestaba preguntas. ¿Qué hizo aquel día?, ¿a qué hora salía del trabajo?, ¿por qué volvió en la noche?, ¿por qué sus huellas estaban por todas partes?, ¿era cierto que acompaña al jefe en sus correrías nocturnas? ¿Por qué había pedido permiso el día anterior a la desaparición? Las respuestas que daba sólo lo hundían un poco más. Todas sus palabras se volvían en su contra. Comprendió que no debía hablar. Daba exactamente lo mismo si decía que sí o que no y de esta forma fue cayendo en un silencio oscuro. Se vio corriendo por unas lomas, trepando a unos manzanos, mirando el curso del río que brillaba, se vio siguiendo a su padre por un camino de tierra bordeado de zarzas y notros. Años después la viuda del chino vendió el restorán, dicen que se fue a un lugar de más categoría e instaló una peluquería. Quiso olvidar a su finado marido y los menús económicos. El sitio lo compró un gordo que instaló un taller mecánico. Fue en ese momento que rompió el suelo. Un tipo que manejaba un taladro fue el primero en encontrar los restos. Para esa época Millalonco ya estaba acostumbrado a su silencio y había dejado de ser noticia.

NUEVAS FORMAS DE AMAR

Claro que podía entenderle, y muchas veces había pensado lo mismo, pero que podía decirle: si, tienes razón Mariana, es mucho tiempo y ya nada de lo que hagamos hará que renazca aquella primeras sensaciones, ahórrate tus palabras y deja las cosas como están que ya tenemos suficientes problemas como para inventarnos otros, deja de pensar en lo aburrida que estás, mírame a mí y dime si no crees que yo también estoy cansado, pero, ¿qué podemos hacer?, ¿qué quieres que te diga?. El tiempo no pasa en vano, quizás debí decirle todo eso, pero sólo la mire y le hice una mueca de resignación. Le recordé aquella vez en la plaza, y la otra en un roquerío, y aquella otra oportunidad en un rincón de la sala de lectura de la Biblioteca Nacional. Traté de evocar otras visiones, pero el olvido es fuerte y comprendí que había agotado todo mi arsenal de recuerdos. Pero a medida que le hablaba me daba cuenta que ella buscaba otra fantasía, algo que no estuviera en sus recuerdos ni en sus planes. Me contó de una de sus amigas que siempre experimentaba cosas nuevas y que exigía de su esposo y de sus amantes una creatividad a toda prueba. Era adicta a los disfraces y cadenas. Le dije que bueno, que no se preocupara, le hice cariño en el cuello y en los lóbulos de las orejas, pero eso de la creatividad me dejó pasmado porque nunca he sido bueno para inventar cosas y no me veía buscando un disfraz de bombero o uno de enfermera para ella. Ni hablar de lencería de látex, menos de las cadenas. Sus palabras me quedaron dando vuelta toda la noche, – es que ya no es lo mismo, no sé si puedas comprenderme – dormí y desperté con aquellas palabras, bajo la ducha las pude oír como llovían sobre mi cabeza, repitiéndose hasta el infinito. Tomamos un desayuno frugal y nos despedimos. Mariana quiso decirme algo, pero a último minuto calló.

Estuve todo el día dándole vueltas al asunto. ¿dónde podía estar la falla?, ¿el error? La rutina, sin duda se trataba de la rutina. La repetición de un ritual que ya había perdido todos sus rasgos, había ido ahogando la sorpresa de los primeros tiempos, eso era evidente, eso y la natural decadencia física, el cansancio, y el trabajo interminable, las rumas de pruebas y textos por corregir, que se amontonaban juntando polvo en un rincón y mirándome con burla.
– Lo que necesitas es una fuerte dosis de adrenalina, eso no falla – me dijo Julio, un colega a quien le confesé mis preocupaciones durante un recreo, mientras apurábamos un café – la literatura es abundante en ejemplos. Si quiere romper la rutina lo mejor es que la lleves al límite, es hacerla pensar que eres otro y que a la vez eres muchos. Sólo tienes que crear la fantasía, es una puesta en escena, una dramatización ¿si quieres yo te puedo ayudar?- Me preguntó. Afortunadamente me salvó la campana que anunciaba el fin del recreo. Ya en clases, mientras les explicaba a mis alumnos los conflictos religiosos del siglo XVI, los problemas entre calvinistas, católicos y luteranos, las guerras, les hablé de aquella gran película “La Reina Margot”, por supuesto ninguno la había visto, por sus caras pude comprender que ninguno de ellos me entendía y al rato ya nadie me prestaba atención, pero a mí me daba lo mismo ya que en vez de estar pensando en las bulas y en las matanzas, trataba de recordar a la Adjani cuando corría por las calles de un París maloliente, trataba de recordar a la Adjani susurrándole algo a su amante en las puertas de un pasadizo secreto y después la veía corriendo por entre pasillos palaciegos gritando en un francés sensual, animal. Muchos años atrás Mariana también me había hablado de la “Reina Margot”, de los ojos de la Adjani y de las expresiones de Bosé. Un nuevo campanazo me sacó de mis cavilaciones y caí nuevamente en la realidad pedestre del patio del liceo.

– ¿Lo pensaste?- me volvió a preguntar Julio. Le contesté que sí. Aunque no estaba muy seguro sobre qué le estaba contestando. Julio es un tipo decidido, se nota en como habla y en tantos otros detalles. Me tomó del brazo y me llevó a un rincón -Lo que tenemos que hacer es lo siguiente. Un día la invitas a comer y cuando van de vuelta al auto, un tipo se les acerca y los trata de asaltar y tú reaccionas heroicamente y el tipo se da a la fuga. Hay pequeñas empresas que se dedican a eso. Todo por supuesto en el más estricto secreto. Pagas la mitad por adelantado y la otra mitad después de la puesta en escena. Vas a ver que te resulta. No hay nada más seguro en materia de excitación que tu mujer te vea como un verdadero héroe. Es algo genético. Debe ser por el tiempo que los humanos vivimos como nómades – Julio me dijo todo eso con total seriedad como si me estuviese hablando de algo técnico, del manual de un aparato o algo así.

– Creo que eso es muy violento- fue lo único que atiné a decirle.

– No te asustes, puede sonar un poco violento, pero es que yo soy un poco bruto para decir las cosas. Créeme, esto te lo digo, porque he leído sobre el tema y porque también lo he practicado ¿recuerdas a Josefina?. Está científicamente comprobado que las mujeres fantasean con este tipo de relación. En definitiva se trata de Eros y Tanathos.

– No te entiendo.

– Eros y Tanathos. ¿los has oído nombrar?

– No estoy de ánimo para que me embauques con tus cosas. Quizás en otro momento me puedas hablar de ellos. Primero estábamos en lo de las fantasías. ¿recuerdas?

– Claro que si. No tienes de que preocuparte. No es nada del otro mundo. ¿Me imagino que tú también tienes fantasías de ese tipo? Confía en mí. Otra alternativa es que entres un día a la casa, en la noche mientras está sola. Tú haces como que eres un ladrón, te cubres el rostro con un pasamontaña y el resto es de tu responsabilidad y de lo que te quede de imaginación. No es necesario que lo decidas ahora, yo solo te lo digo por tratar de ayudarte, para eso están los amigos. Y recuerda lo que dijo Hakinenn.

– No sé quién es ni lo que dijo.

– No te preocupes. Fue un dramaturgo finlandés y dijo la vida solo es el ensayo de un obra que actuamos para nosotros.

Quizás Julio tenía razón, pero lo del asalto me parecía algo tan vulgar, por más que pensaba en la idea de Julio no podía sacarme de la cabeza la figura de la Adjani corriendo dramáticamente por entre los callejones. No sé por qué me quedé con aquella imagen.

Esa noche no volvimos a tocar el tema ni en los días siguientes, pero no era necesario hablar porque se habían instalado entre nosotros una gran estructura pesada, pero que se podía transformar y dejar de ser una gran muralla para volverse un puente. En esos días hablamos de cosas comunes y corrientes, tratando de no acercarnos al tema, nuestras palabras avanzaban lentamente e intentaban ocupar aquel espacio vacío que comenzaba a ampliarse. Mariana mantenía cierta distancia.

– Lo tengo todo pensado – me dijo Julio durante el primer recreo de un martes – Existe un restaurant adecuado, decoración elegante sin ser siútica, precios para los bolsillos de uno, y una carta tentadora. Lo otro bueno es la ubicación. Está cerca de una plaza y ese lugar está lleno de matorrales y plantas. Es lo que buscamos, es decir lo que buscas.

– No sé si tenga sentido, parece que Mariana ya no está tan interesada.

– No seas idiota, no te lo va a andar diciendo todos los días. Conociéndola como la conozco, y disculpa que me entrometa, no te lo va a volver a decir. Tú crees que todos los días te lo va estar repitiendo como si fuera una mujer vulgar. Si no tomas la iniciativa, un día vas a llegar a tu casa y Mariana no va a estar, con suerte te va dejar alguna foto y en ese momento te vas a acordar de mí y vas a decir, Julio tenía razón, Julio tenía razón. Pásame cincuenta mil pesos, con eso alcanzará para pagar la primera mitad.

– ¿Cómo se llama el restaurant? – le pregunté tímidamente.

– La Guarida del Coyote.

– No es un gran nombre.

– Es el nombre perfecto, créeme, las mujeres de hoy ya no buscan esa elegancia exagerada, prefieren la novedad, el riesgo. El tipo se les va a acercar, creo que es más seguro que saque un cuchillo. En ese momento tú debes actuar, espántalo. El sujeto sólo se va a lanzar a correr. Es un profesional. Tú persíguelo por una cuadra. A las mujeres las sigue matando el heroísmo. Es tu oportunidad – Le entregué el dinero sin estar muy convencido. Se reiniciaron las clases y volvimos a separarnos.

Durante esa semana hicimos una tregua tácita con Mariana. Pienso que ella tampoco podía olvidar sus palabras, quizás estuviese esperando de parte mía algún movimiento estratégico que la llevara hacia donde ella quería ir, un gesto. En uno de esos desayunos rápidos, creo que el miércoles, mientras preparábamos unas tostadas se lo dije.
– El viernes podríamos salir a comer.

– ¿Por algo en especial? – me preguntó Mariana mientras terminaba de pintarse los ojos.

– No, sólo para que estemos un rato en un lugar diferente, comer algo distinto.

– ¿No te gusta como cocino o ya te aburriste de mis recetas?

– No se trata de eso, pensé simplemente que podríamos salir, tus recetas me encantan.

– Está bien, era una broma. Me parece una idea magnífica.

Eso es lo que tienes que hacer – me dijo Julio cuando se lo comenté en el segundo recreo.- excelente. El tipo los estará esperando a la vuelta de la plaza. Hay un pequeño pasaje que se llama Racine. Les pedirá que se tiren al suelo. En ese momento tú debes hacer algo violento que provoque que el tipo huya. Un buen golpe. Es gente entrenada, profesional. Saben lo que hacen.

El resto de la semana las cosas siguieron igual entre Mariana y yo. No hablamos mucho, solo lo de costumbre, cosas del trabajo y los típicos comentarios sobre la actualidad política. Por la noche el cansancio hacía de Mariana una presa fácil. Me quedaba durante un rato contemplando el color de su piel, la suavidad de sus muslos, disfrutando del olor de su cuerpo, de su pelo derramado sobre la almohada, observando el movimiento de sus ojos tras sus párpados y el ritmo de su respiración mientras dormía hasta que el sueño me vencía.

Por distintas razones con Julio no pude conversar. El día jueves me hizo unas señas desde la distancia. El viernes apenas lo vi y no le quise decir nada porque en ese momento estaba conversando con el Director y ambos tenían una expresión grave. Casi al finalizar la jornada conversamos un momento. Repasamos los detalles dos veces. El restaurant, la hora, el camino hacia el auto, el nombre del estrecho pasaje.

– Estas cosas son las que le dan sustancia al amor – me dijo como si fuera un consejero espiritual.

– Es sólo para amores de lujo. El precio me parece excesivo.

– La próxima semana el precio te parecerá una oferta. Es una empresa seria. Yo la utilicé una vez. Quizás sea una nueva forma de amar. – Julio me deseó suerte y nos despedimos.

El restaurant sugerido estaba repleto de gente. Buscamos otro y nos decidimos por un lugar que se llamaba Tlaloc. Era el nombre de una divinidad azteca. Era pequeño. Nos sentamos en una mesa que quedaba más aislada, era como si estuviésemos ocultos del resto de los comensales, escondidos en un pequeño bosque. Conversamos, recordamos nuestros primeros encuentros, hicimos algunos brindis por el pasado, el presente y el futuro. Mariana lucía radiante, mientras comía me miraba con sus ojos que me hicieron pensar que durante todos estos años había estado olvidando su presencia y día tras día la había ido arrastrando hacia una existencia vulgar. Me parecía que había sido un estúpido en hablar y contarle mis cosas a Julio. ¿qué podía decir él?. Había sido un estúpido. Afortunadamente la ocurrencia de Julio no había pasado a mayores. Sólo significaba haber gastado, mal gastado, un poco de plata. Mariana me tomó la mano y la apretó con fuerza. Nos besamos en ese rincón y fue como si siempre hubiésemos estado ahí, ocultos, protegidos del resto. Salimos cerca de la medianoche. Nos recibió un viento frío. El pelo de Mariana, flameaba. Ahora nos esperaba una larga noche. Cuando llegué al auto recordé lo que me había dicho Julio, acerca de que me estaría esperando en un pasaje estrecho. Me parecía todo tan ridículo. Mariana de verdad parecía otra. La noche parecía otra y quizás yo mismo me sentía otro. Comenzaba a caer una fina llovizna. Nos abrazamos y nos cubrimos de las gotas de agua con mi chaqueta. Fue en ese momento que apareció un sujeto desde la sombras frente a nosotros. De sus ropas sacó un cuchillo. Antes de que entendiera lo que estaba pasando Mariana le dio una contundente patada en los genitales. El tipo no se lo esperaba y se dobló por el dolor. Para no ser menos le di un gran puntapié en el rostro. El tipo cayó de espaldas y Mariana se lanzó sobre él. Traté de calmarla, pero fue imposible. El sujeto estaba fuera de sí, trataba de defenderse. Le lancé unos golpes de puño al rostro. Creo que también le di un rodillazo en el estómago. Mariana le arrebató el cuchillo y se lo acercó al cuello. La detuve, ya era suficiente. Finalmente el tipo quedó en el suelo haciéndose el inconsciente. Se notaba que era un profesional. Jadeaba como un verdadero desesperado.

Volvimos a nuestra casa rápidamente. No hablamos durante el trayecto. Mariana dejó sus cosas sobre un sillón y nos besamos apasionadamente. En ese momento descubrimos que ambos teníamos manchas de sangre en nuestras manos. Nos miramos y nos reímos cómplices. Luego Mariana subió – no te demores – me dijo con una voz sugerente y se alejó hacia el segundo piso. Me recordó a la Adjani subiendo por aquellas escaleras oscuras. Me lavé las manos en la cocina, mientras la sangre escurría pensé en Julio y en lo acertado que había sido con su sugerencia. Debía agradecerle. Me quedé preparando un par de tragos. Nos los merecíamos. Los hielos cayeron perfectamente en los vasos.

El lunes en la mañana quise contarle a Julio, pero no llegó. Supe por la secretaria que estaba en un hospital. Al parecer lo habían atropellado.

Respetable Público

Creo que fue en Junio de 2009. Yo había llegado a Caldera por un asunto de trabajo. Era cosa de dos días, lo justo y necesario. Sólo debía conversar con algunas personas y lograr que firmaran una carpeta con documentos. No me agrada el desierto. Durante la tarde del primer día escuché la propaganda que se hacía del circo “Los Hermanos Herrera” que iniciaba su presentación en aquel pueblo. A la mañana siguiente pasé cerca del sitio en el que se levantaba la carpa. Me llamó la atención un hombre gordo que manipulaba una cuerda a un costado de una vieja casa rodante. Lo seguí observando hasta que lo perdí de vista. Luego de esa visión me olvidé del circo y volví a mis preocupaciones. Mis ojos se perdieron en aquel paisaje de piedras esculpidas por el viento.

La segunda oportunidad ocurrió en Quilpué. Un mes más tarde me encontraba allí por los mismos asuntos de trabajo que me han hecho desplazarme durante los últimos cinco años. Al bajar del bus me encontré con un afiche que anunciaba la presentación para esos días del mismo circo: “Los Hermanos Herrera”. Al rato divisé la carpa que comenzaba a levantarse en un sitio eriazo cercano a un supermercado. Esa vez no vi al hombre gordo. Sólo divisé desde la lejanía la aglomeración de casas rodantes y sus letreros.

La última vez me topé con el circo en Laja. Quizás unas cinco semanas después del episodio anterior. Ahí comprendí que no era casualidad. La carpa la pude ver desde el lugar al cual tuve que asistir por mis asuntos de trabajo. Fue un segundo durante el cual quedé suspendido en el aire. Por la tarde me descubrí pensando en el circo, en cuanto me disgustaban sus personajes y rutinas. Recordé alguna vez cuando visité uno con mi hermana mayor, no tendríamos más de doce años, un payaso nos entregó una flor. Lo que menos proyectó aquel payaso fue alegría. Fue una imagen oscura. Luego vino la función, los clásicos números de malabaristas, trapecistas y animales con depresión. Dejé de visitar esos espectáculos hasta quizás treinta años después cuando llevé a mis hijos. Afortunadamente ellos tampoco disfrutaron del espectáculo, nos retiramos a los diez minutos de iniciada la función.

Una vez que finalicé mis actividades laborales compré algunas cervezas para beber en mi habitación del hotel. En realidad se trataba de una casona antigua atendida por un joven gordo y fino. Me quedé en una habitación del tercer piso, que mostraba una pequeña, pero digna mansarda. Deseaba ducharme y después buscar un lugar para comer. Por la mañana me esperaba la carretera y otro destino un poco más al sur, otro pueblo, pero siempre las mismas caras. Mientras me duchaba comprendí que lo del circo me seguía rondando. Bebí una cerveza intentando ahuyentar la imagen del circo de mi cabeza. Salí del hotel sin saber muy bien las razones que me guiaban, pero ya estaba en camino.

La carpa brillaba en la noche como una nave abandonada. Compré una entrada. La función ya había comenzado. Me acomodé en la parte alta de una de las graderías. Como muchos años atrás, observé la función sin sentir entusiasmo. Pasó un trío de malabaristas, una trapecista solitaria que me pareció lejana, algo parecido a una pareja de payasos, un hombre que se contorsionaba al ritmo de unos tambores y por último el domador y su tigre que luchaba contra los efectos del valium. Fue en ese momento; justo cuando el tigre debía saltar a través de un círculo de fuego; cuando descubrí al gordo tras una cortina. Era el mismo gordo que había visto a más de mil seiscientos kilómetros de distancia. Sólo fue un instante. Luego desapareció tras las cortinas. Pensé absurdamente que el gordo también me había visto y me había reconocido, pero eso era imposible. Apenas la función terminó los niños corrieron para dar un último vistazo a los monos y al tigre. Sus padres alcanzaron rápidamente el exterior de la carpa. Esperé que las graderías se desocuparan, vi como los mismos payasos volvían al escenario; esta vez sin pelucas; y comenzaban a desmontar. Era el momento de retirarme. No sabía qué había ido a buscar a ese lugar, pero me quedaba claro que no había nada que pudiese interesarme. Las corazonadas nunca han sido mi fuerte.
Llevaba apenas unos metros de mi camino, cuando escuché un silbido. Seguí caminando hasta que el silbido se transformó en una voz.

– Oiga, usted, espere un momento. – Se trataba del hombre gordo que había visto hace un rato tras las cortinas. Estaba muy abrigado y se veía mucho más gordo. En su mano izquierda llevaba una linterna.

– ¿Yo?

– Si, usted. ¿Nos puede ayudar?

– ¿Yo?

– Si, necesitamos brazos, y como verá a esta hora no hay mucha gente. Sólo tenemos que levantar un remolque. – el gordo se me acercó y me extendió su mano – Soy Aquiles. No se preocupe es cosa de diez minutos, después alguien lo puede llevar a su casa. – accedí, comprendí que no tenía alternativas. Llegamos a un costado de la carpa, un grupo de personas formaban un círculo. Nos vieron llegar y el círculo se abrió. Aquiles hizo un par de gestos y todos se dispusieron en sus puestos para empujar una vieja casa rodante cuya rueda trasera había caído a una zanja. Me hizo un gesto para que ocupara un lugar. Debía hacer fuerza para levantar una palanca. Por esas cosas de la vida me tocó justo al lado del domador del tigre que ya no vestía su vistoso traje. En ese momento me fijé que al tipo le faltaban tres dedos en su mano derecha. Él se dio cuenta que me fijaba en lo quedaba de su mano.

– Este fue Ícaro. – me dijo mostrando sus mano.

– ¿Tigre?

– De dos años. Lo quería como un hermano. El muy jodido un día enloqueció. ¿me ayuda a empujar acá? ¿Usted qué hace? ¿Es el nuevo trapecista?

– No, sólo vine de espectador.

– Hay que ser valiente para ser trapecista. Los errores cuestan caro. Si se queda a trabajar con nosotros va a tener que compartir con Thiare. Ella es la que manda en el trapecio. ¿La vio hoy día? ¿Se fijó que volaba con rabia?

– ¿Dónde está?

– Ahora está descansando, quedó un poco dolida por lo de Marcelus. Su remolque está allá en la esquina, es ese rojo que tiene una estrella. Lo pintó el mismo Marcelus.

– ¿Marcelus?

– Era su pareja.

– ¿Qué pasó? ¿se murió?

– No, se fue.

– No es tan grave.

– Lo dice porque usted no la conoce. Este remolque tiene un problema.

– ¿Las ruedas?

– Ojalá fueran las ruedas. Es el remolque de Aquiles.

– ¿Ese es el problema?

– El problema es la esposa de Aquiles. Burma. Se fue con Marcelus y desde ahí no nos dejan de pasar contratiempos, desgracias. Ese hombre está mal. Ahora empuje fuerte. Eso, así. Empuje.

– Ojalá superen ese problema. – Sólo dije esas palabras por decirlas. No me interesaban las palabras del tipo ni las penas amorosas de Aquiles. El domador no escuchó mis palabras. Por su mirada podía suponer que estaba muy lejos de ese lugar.

– La culpa de todo esto es del desierto. Vuelve a la gente loca.

– No le entiendo.

– Tenga cuidado afirme con fuerza, ahora nos toca a nosotros. El desierto, todo saben que el desierto pierde a la gente. Ahí se perdió Burma con Marcelus.

– ¿Usted cree que hay que empujar mucho rato?

– Se perdieron un día completo. Aquiles se quiso matar. Menos mal que por allá no hay árboles. El muy imbécil se metió a la vieja estación y se quiso ahorcar de una de las vigas. Por suerte el tipo es gordo y la cuerda no resistió.

– ¿Me está hablando de Caldera?

– Así es. Una verdadera Caldera. Eso se veía venir. Un trapecista con Burma, siempre me pareció peligroso.

– ¿No le parece curioso?

– ¿Curioso? ¿Qué cosa? La gente suele enredarse.

– No, me refiero a Caldera. ¿Usted creería…?

– A esta altura de la vida yo creería cualquier cosa, parece un contrasentido, pero es cosa de estar un par de meses bajo esta carpa.

– ¿Qué hacía Burma?

– Ella hacía la contabilidad.

– ¿No hacía ningún acto?

– Nada, sólo se preocupaba de juntar la plata, pagar y ver que las cosas funcionaran. Aquiles nunca ha sido bueno para eso. Ahora empuje fuerte, eso. Nos queda poco. Ahora, si usted me presiona un poco, yo le diría que Burma no era mujer para él. Por eso se quedó con Marcelus. Había que verlo volar, se imagina a Aquiles volando. Es lo que pienso yo. A las mujeres les gustan los hombres que vuelan aunque solo sea un segundo. Aunque sólo sea una mentira. Burma nunca podría haber estado conmigo, este olor a tigre no me deja tranquilo.

– ¿De verdad se llamaba Burma?

– No, Aquiles nos bautiza a todos. Yo soy Neo.

– ¿Cómo el de la película?

– Parece, yo no veo tele. Aquiles es fanático. Compra decenas de películas. Parece que Burma es el nombre de una, no sé. Ya estamos listos. ¿Vio que no era tan difícil?

– Menos mal.

– Ahora si usted va a trabajar de trapecista, es bueno que converse con Thiare. Fíjese ahí está. Debería tratar de hablar con ella. Al final es ella la que decide. Pregúntele cualquier cosa, ella tiene un sentido especial para descubrir sus capacidades.

– No necesito hablar con ella. Sólo vine a ayudar a empujar este armatoste – la trapecista estaba de pie sobre los escalones de su casa rodante y desde ahí nos miraba. Su pelo largo se agitaba con el viento. Su cuello parecía un cuadro de Modigliani.

– Hable con ella, no pierde nada, y no se preocupe por el nombre. A Aquiles, ya se le va ocurrir alguno y tómelo con calma. Es cuestión de tiempo.

– ¿Qué cosa?

– Acostumbrarse. Antes de llegar acá, yo no tenía idea ni de tigres ni de circos. Trabajaba de profesor y acá me tiene. Sé que suena un poco descabellado, pero no tiene que buscar más explicaciones. Pasé doce años enseñando Historia y acá estoy. Ahora nos queda el último empujón y terminamos.

– Cada uno tiene sus opciones y créame que el circo no es lo mío.

– Si fuera como usted dice no estaría acá. Si gusta le puede preguntar a los demás cómo llegaron.

– No, sólo empujemos. Tengo cosas que hacer.

– ¿Se asusta? Reconozco que yo también sentí un poco de miedo la primera vez que aparecí.

Apenas terminé con mi labor, me despedí y los dejé. El gordo se ofreció a llevarme. Le respondí que no. No deseaba enredarme en conversaciones absurdas. Había sido suficiente. Volví caminando al hotel y me encerré en mi habitación. Necesitaba sacudirme de aquella visita al circo y sobretodo de aquella conversación. Era una locura pensar en que uno fuera a transformarse en trapecista, considerando mi vértigo y mis escasas condiciones físicas. Quizás qué clase de tipos eran todos ellos. En la soledad de la habitación me sentí seguro, y también me sentí un poco cobarde por tratar de huir de los delirios de aquel tipo. Seguramente los pocos sesos que tenía se le habían evaporado entre tantos viajes y tanto olor a tigre deprimido. Me bebí las cervezas que me quedaban y por un instante observé a través de la ventana a ver lo que me ofrecía la noche. Desde mi ventana podía ver los techos del pueblo y más allá la carpa del circo. Le calculé doce metros de altura. Recordé a la trapecista, pero por más que lo intenté no pude recordar su nombre. La vi nuevamente de pie saludando desde las alturas al respetable público y la vi volar con una seguridad envidiable. Sólo su rostro y su figura surcando el vacío aparecían en mi memoria. Su figura liviana atravesando el aire, girando sobre nuestras cabezas, extendiendo sus brazos, equilibrándose entre las corrientes de aire. Abrí los brazos como ella y no sé por qué me asomé por la mansarda. No me costó demasiado cruzar hacia el otro lado. El aire frío me hizo sentir un par de años más joven. Si los tipos del circo creían que yo era su nuevo trapecista, estaban locos. Desde la mansarda la carpa me pareció más luminosa, amplia, brillante. Era como los huesos de una ballena varada en la playa. La noche se me hizo más fresca. Las tejuelas crujieron bajo mis pies. Pude sentir el aplauso sonando en mi cabeza. Saludé desde la altura a un imaginario y respetable público. Era el momento de saltar.