Juan Carlos Suñén

Estos son los primeros 6 poemas (en realidad “estrofas” o “poemas-estrofa” ya que el libro es, como es habitual en el autor, un largo poema) de LA HABITACIÓN AMARILLA, de Juan Carlos Suñén. Pertenecen al primero de cinco capítulos titulados: Las hablillas del agua (al que pertenece este fragmento), La suerte echada, La habitación amarilla, La canción de beber y La nadadora celeste.


1

Ese murmullo de noche,
aún en el sueño cuando no confiado,
podría ser del agua o de su recelo
que pena bajo las tablas,
maliciado en depósitos
cuyo comienzo no recuerda nadie.

O podría ser la lluvia, también, caída del lado
ralo del cielo o la sed conocida
que afecta a todo y al padre
como al hijo, o podría ser viento imitador, fingiéndose
agua (su úrbula piel lijando los nudos de la no piedra
envilecida, la subterránea) que trama sus dos caminos
si no son más los caminos que trama el agua, que toma
entre avidez y oxígeno por no verse espiada,
aprehendida; o la musa
sólo del agua -que podría serlo
como del hombre- descendiendo siempre
hacia las madrigueras secretísimas donde
cada brazada conduce
a cada sueño. Süena
como murmuración, pero es el agua.


2

O podría ser poso de otra memoria aunque grande, eco disimulando
sus largas manos entre este más arrogante aún que indeciso zafarrancho de
pájaros; pero pacificado ahora que la noche clausura su secreto
comercio de sanación,

poso pacificado o agua que así relata
su dizque sin desearlo,
su estar pasando desnuda,
sin preguntarse y desnuda.

¿Qué tendrá como, el hombre, si le perteneciera? Predicados, objetos,
fechas, dolos de la cultura y de sus zafias huesas que de tan negras
deslumbran; huesas que ataron verdades que las hablillas del agua
desatan en mala hora y cuyo abecedario se dibuja en el humo de la
bodega donde

la madre enhebró su aguja
a la herencia que amarga;
a la incertidumbre
de soplos, de cañerías
minúsculas como hilos,
que nada prenden.

Torcidas tumbas sin gloria esperando que el hombre recoja allí sus
monedas precipitadas pero enmudezca aquí ante el velo taimado que le
saluda como al niño saludan los imanes pequeños de la infelicidad,
como saluda al extranjero el insomnio de la familia, presagiando que
aprenda la vara de un nuevo idioma

y amanse como ese gato
que se bajó de la niebla,
si no cayose del puente de la mismísima luna
(o del guindo secreto de los filósofos)
y ya no supo volverse.


3

De día la fácil niebla
ya no detiene el lance:
como la telaraña
excede lo que el arte persigue; aunque la telaraña
no salva sino relega
del apuro al despierto, es comedia tejida
de sutileza como dilación.

Le seduce esa araña que trepa por el visillo.
Pero la araña quiebra
toda pureza, es tan pura
como una araña; sin embargo el gato
sentado frente a la puerta gana por lo que no es.

Cierra los ojos quiere
decirle pero le dice ábrelos
bajo el agua un instante y regresa.

Imagina reflejos impacientes tras la luz diminuta, voces que nadie
informa haber oído, que se avergüenzan juntas de la sordera del mundo,
jirones que son casi del todo transparentes, pero cuyas minúsculas
vacilaciones bajo esas flores propiedad del demín y del manzano hacen
dormir al agua atareadísima y callar a los pájaros atareadísimos hasta
que todo el silencio regresa dócilmente, aunque sólo un instante si
existiera un instante, a la ternura trémula del animal infantil.

Es el mismo suceso
de siempre para la araña,
no para el gato que sigue entre lo escabroso
a quien pisa sabiendo
que es el camino recto el que peor se conserva.

Las ha visto. Son como
plumas de luz que avisarán besando
(como se besa la escoba
con los ruidos de casa,
como a esa hora el viviente
se besa todavía
con su futuro aparecido)
la humedad de verdura, provocando lo dulce
de respirar atentamente esta
realidad aturdida por su confirmación.

Cierra los ojos quiere decirle pero le dice ábrelos, y también cada cosa
(la eternidad, la nada) es dos motivos para no escuchar; valen lo que
pararse un rato a oírlo todo entre el ir de las nubes hacia la letanía de la
maduración y el venir de las aguas hasta la resurrección de la fábula. Lo
real es qué cosa: no su suma, no eso, y duerme mucho y no muere: casi
no ocurre nunca, nunca. Discretamente alejado de los vivientes vive.

Y ahora le pertenece o le reclama. Cüida
de quien escucha quien habla.


4

La verdad está llena
de pájaros y trenzada
con pocos mimbres.

La lavandera curiosa,

la vigilante o la ladrona, el mirlo
flemático o el tordo
publicadísimo, el crédulo
zorzal o el petirrojo
modesto junto a la fuente
como ofendida la negra
corneja sobre el estiércol
atacado de nieve, hacen del mundo
su sentido y aun salvan
las apariencias, pero nada suman
a esta pensión de embelesados, a este
carbón quemado que empedra
las voluntades del agua.

Menos visible, piensa el extranjero, es lo real que el manso pasar del
árbol, respirar de la piedra; pero no siendo duradero dura más que los
hombres miedosos y que la fama visible: desenvuelve un discurso como
un reloj, se torna vidrio entre moscas que deseaban ser pájaro, planta su
tienda firme entre los doce vientos, descorcha un licor suave.



5

O quizás fueran ramas después de todo,
dedos imaginarios llamando al juego, o la partitura
de la luz, fulgor quieto,
como cosa vacía: el silencio impaciente
queriendo hacerse firme convicción, sentido
batir de alas y rascar de garras
para la urgencia de oídos que quieren ser desarados
bajo estas hojas largamente agrias,
largamente gruñonas sobre el hielo dudoso.

Sábelo: aquí nos hemos muerto unos a otros, nos hemos robado unos a
otros, nos hemos enterrado y desenterrado y vuelto a enterrar y a
desenterrar, y ya no hay alma alguna que pueda alzar la vista sin airear
su caída sobre estos valles, y ya no hay curiosidad ni cosa viva alguna o
pureza de ley entre estos montes de soplo grande y envidia mal abrigada.
Vigilia de pocas luces es lo que queda, y no toda es derecha ni
la araña la bebe.

Pero el tiempo se adueña del orden engañoso de las palabras, devuelve
lo preciso, lo justo para no ser torcido: sólo calor y quietud contra la
música siempre del iniciado. Paciencia sin otro anhelo, sin nada más que
estancarse entre lo sano indiscutible, zubia de un cuerpo que no es,
sombra que roza el párpado cerrado y nombra y vase, que al decir se
dice.

Así el hombre no teme lo que mueven las aguas,
que bajan limpias
del hontanar entre restos
de magnitud (pero el llano
las preña de lo jodido
de las penas de aquí. Por eso antes
de ponerse en camino llama el hombre a su ánima,
se sacude las hebras, lo receloso recóndito:
como de un gato oscuro dentro de un gato oscuro),
pero sí teme a la sabiduría
tan obstinada contra
lo real como el agua contra lo quieto.



6

O quizás no eran sino maquinaciones del gato
(o no, pero sí del agua que no es culpable, que simple-
mente se deja al cuenco que va cavando y murmura),
lleno de prevenciones, cazador de lo otro
del agua, de los vislumbres
del agua y hasta del tiempo
que emborrona a los pájaros
que el muchacho señala.

O quizás sean del agua, su voluntad, y entonces
nunca puedan ser vistos ni posarse, ni tengan
patas para posarse o motivos
para posarse, estos pájaros. Pueden
ser pura imagen viva, o casi frutos
del árbol seco, del árbol
que más se seca cuanto más conoces;
que sólo signifiquen en el baño del agua,
puede: luces de agua nerviosa
improvisando una voz.

Pero tal vez ni máscaras, ni reflejos y simplemente apacigüen como un
piano desatendido algún saber olvidado del mundo o de la destreza que
forjó de la nada el lenguaje y el mal, y que no se sacia.

¿Fue ayer cuando pasara frente a la puerta aquel muerto doblado sobre
un caballo y haciéndoles pensar que no es la piedra quien conoce la
mano del hombre, mejor, que no es el pecho de la mujer, sino el agua
que mata por atajarse: toda segura y fuga y sed que vuela de un lado a
otro por borrar caminos hasta atraparse a sí misma como tormenta que
acaba agotada en su tolvanera?

La habitación amarilla está incubándose para
detener esa huida hacia lo difuso
en un mandoble fácil como abatir al insecto
que lucha contra un cristal.
La habitación amarilla
es realidad esperando
pacientemente lo que viva en ella.

Quizá esta tierra espera
al hombre como a un relato;
como el maire que espera al aguacero adivina
su llegada inequívoca, de agua
verdadera como signo de eso
(lo sabido que empieza a ser contorno, prueba
de cuanto ciñe pero no posee)
y se llena de lágrimas inequívocas
y así es anclaje puro,
cerrazón sin secreto, fiel mensaje.

La habitación amarilla
escucha el ronroneo del presocrático.




Juan Carlos Suñén
(Madrid, España, 1956) Fundador de la revista El crítico. Ha ejercido la crítica literaria en los diarios El Pais y ABC (donde ejerció también de caricaturista), así como en distintos medios. Es director honorario de la Escuela De Letras. Ha publicado hasta la fecha los siguientes libros de poemas: Para nunca ser vistos, Un ángel menos, Un hombre no debe ser recordado (Premio Rey Juan Carlos 1991), Por fortunas peores, La prisa, El hombro izquierdo (Premio de Poesía Ciudad de Melilla, 1996), Cien niños, El viaje de todos (Premio Francisco de Quevedo 2004 del Ayuntamiento de Madrid) y La misma mitad. Ha sido incluido en La prueba del nueve, antología de poesía española actual de Antonio Ortega, El último tercio del siglo (Visor, 1999) y Poesía española reciente (1980-2000), de Juan Cano Ballesta (Cátedra, 2001) y Metalingüísticos y sentimentales, de Marta Sanz, además de en otras colecciones de poesía en Latinoamérica.

La habitación amarilla será publicado próximamente por Bartleby Editores