Janes addiction. The great escape artist
por David Sánchez Usanos
Durante muchos añosJane’s Addiction no fue un grupo, fue una divisa. El distintivo de una orden de iniciados en la parte más especial del rock. Porque, de eso no hay ninguna duda, Jane’s Addiction fue la banda más especial de todas las que salieron de la ciudad de Los Ángeles en el fecundo período que va de 1985 a 1991. Poco tenían que ver con la propuesta frívola y lúdica de otros grupos angelinos como Mötley Crüe o Poison. De hecho, cuesta creer que pertenecen a la misma época. Ello no ha de entenderse como una crítica (ambas bandas nos han legado álbumes fantásticos), pero Jane´s Addiction hacía otra cosa. En su música había algo que nos obliga a hablar de trascendencia, de mística. Magia, eso es, allí había magia.
Sus dos primeros discos de estudio fueron, son y serán su pasaporte a la inmortalidad. Ello, como todo el mundo sabe, no tiene nada que ver con la fama ni con el reconocimiento (pero, ojo, sí con la gloria). Porque Jane’s Addictionsiempre fue un grupo de culto (algo que se parece mucho a un grupo maldito). O sea, una formación con más prestigio que ventas. Una banda, casi desde el principio, póstuma. Su primer disco de estudio, Nothing’s shocking, se publicó en 1989. Y es un verdadero viaje (tómese la palabra en todas sus acepciones). A veces creo que aunque sólo hubiesen compuesto la canción que introduce el disco, Up the Beach, ya merecerían un lugar de privilegio en la historia de este noble arte. Y allí está también Janes says, claro (una pieza que encajaría sin problemas en un disco como el III de Led Zeppelin). Y Mountain Song o Pigs in Zen. Un año después apareció Ritual de lo habitual. Personalmente, Nothing’s shocking me parece ligeramente superior, pero, en cualquier caso, estamos hablando de otro disco donde seguían impartiendo su magisterio con toda su prestancia. Stop!, Obvious o Three days garantizaban que aquel viaje (aquel rito, aquel culto) continuaba.
La manera de cantar de Perry Farrell y el muro que levantaban las fabulosas guitarras de Dave Navarro eran los pilares más evidentes sobre los que se sostenía el templo. Pero la sección rítmica (Stephen Perkins a la batería y Eric Avery como bajista), con su solidez, contribuía firmemente a que Jane’s Addiction fuese, ante todo, un grupo. No cuatro músicos, sino un único animal: una hidra de cuatro cabezas (la música de Jane’s Addiction siempre tuvo algo de telúrico).
Hasta ahora he hablado en pasado porque Jane’s Addiction se separó en 1991. No realizaré la crónica de las peleas dentro y fuera del escenario, ni de las (re)apariciones esporádicas a lo largo de estos años. Sí diré que «regresaron» a la escena musical en 2003. Porque regresar significa publicar un disco con canciones nuevas. Y eso fue Strays. El negocio de la música había cambiado mucho, también Perry Farrell, también Jane’s Addiction, también nosotros. Aquello tenía algo de irreal. Jane’s Addiction, con su malditismo, con esa muerte prematura, había sido, hasta ese momento, un grupo con una reputación intachable. Demonios, eran perfectos. Una vez que se ha entrado en el panteón de los mitos, de los héroes, el regreso al mundo sublunar, a la cadena del tiempo que todo lo destruye, suele ser una apuesta arriesgada. Pero, por algún motivo, Strays no fue recibido con los afilados comentarios que suelen cosechar este tipo de retornos.
A mí me parece un disco no exento de dignidad. No está a la altura de la leyenda (por definición nunca se puede estar a la altura de la leyenda), pero ahí sigue habiendo, si no el fuego de antaño, sí algún que otro relámpago fácilmente reconocible (por ejemplo, las tres primeras canciones: True nature, Strays y Just because). De todos modos, lo que nos hace escribir estas líneas es que Jane’s Addiction se empeña en no separarse (todo esto me recuerda a la Glenda de Cortázar) y este mismo 2011 ha publicado su cuarto disco en estudio: The great escape artist.
Si Strays fue recibido más con frialdad e indiferencia que con encendida aversión, The great escape artist parece haber agotado la paciencia de los antiguos fieles: las críticas desde luego no han sido buenas. Y es algo que no entiendo. Ya no está Eric Avery, hay algún que otro devaneo con teclados y según qué efectos y la imagen de Farrell (tanto en directo como en los vídeos promocionales) es de lo más afectada. Pero la música —que supongo que sigue siendo lo importante, ¿o no?—, oigan, la música es buena. No sé si por llevar la contraria (les juro que no de un modo consciente), pero podría decir que este último disco me parece algo mejor que Strays. Underground es una canción excelente, en End to the lies e Irresistible force hay ecos de la épica que les caracterizaba y I’ll hit you back me parece la banda sonora idónea para el anochecer sobre una gran ciudad (algo que también cumple Twisted tales).
No obstante, es cierto que algo ha cambiado. Las guitarras han perdido parte de fiereza y, en general, el sonido se ha edulcorado. Se ha edulcorado pero también se ha vuelto, como anticipábamos un poco más arriba, más nocturno. Ello, en mi opinión, aproxima a estos Jane’s Addiction a los U2 de Zooropa o los Kings of Leon de Only by the night. No digo que este The great escape artist esté a la altura de las dos obras mencionadas (que son colosales). No lo creo. No al menos en estos momentos (sabido es que los discos maduran y evolucionan dentro de uno). Digo que este álbum casi se entiende más (o mejor) en esa compañía —o en la del Stories from the city, stories from the sea de PJ Harvey— que en la de los dos primeros discos de los propios Jane’s Addiction. No sé si esto es un asunto de traición o de valentía. El caso es que lo estoy disfrutando mucho. No sé si se puede decir esto, pero The great escape artist me gusta. Eso sí, no me gusta del mismo modo que sus discos primigenios. Aquello era una fuerza intensísima, casi incontestable, como si se tratase de la propia naturaleza. Las canciones de The great escape artist funcionan, entonces, de otra manera. Si se admite como válida la metáfora planteada, ya no sería la naturaleza la que nos habla, sino la ciudad. Y la ciudad también puede ser fuente de sensaciones a celebrar, quizá no tan inmediatas, no tan puras, pero tremendamente seductoras.





