Gavin Pretor-Pinney: Guía del observador de nubes. Por Joaquín Escobar

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Gavin Pretor-Pinney: Guía del observador de nubes
Hueders, 2017
307 páginas
$16.000

Por Joaquín Escobar

Un libro curioso, una rareza. De esos textos  complejos clasificar, pues la información  es mucha y diversa: desde un esquema que clasifica nubes, hasta poemas e interpretaciones sobre las mismas.  Es una irresponsabilidad asignarle una categoría, más bien, sus múltiples aristas funcionan como una especie de manifiesto –o ensayo– sobre el pasatiempo que significa dedicarse a observar nubes.

Un primer antecedente a considerar es que el ejercicio de observar el cielo –y las formas que lo atraviesan– es una expresión de libertad, en el sentido de que implica ocio, es decir, hay un proceso recreacional que va contra una práctica productiva mercantil. Es una alteración de la cotidianidad laboral que funciona como: “la apasionada celebración de un pasatiempo despreocupado pero intensamente vital”. Para Pretor-Pinney mirar nubes es un hecho de suma importancia, a pesar de que en la mayoría de la población reine un malestar constante cuando amanece nublado. De hecho, muchos poemas y canciones refieren a ellas como temporales de fatalidad y desgracia; mediante analogías se las ve como una mala racha pasajera y que pronto debería escampar. El autor no acepta este designio social, por lo mismo, se erige como un defensor de las nubes, fundando una sociedad dedicada a su defensa. Lo que parecía al principio una locura, terminó por encontrar muchos pares a nivel mundial. Se pagan cuotas, se envían fotos, se rellenan formularios: así es como crece en forma diaria y masiva un amor incondicional y cultural por las nubes: “Creemos que las nubes reciben un trato injusto y que la vida sería infinitamente más pobre sin ellas”.

Detenerse en cúmulos, cirros y estratos no es una actividad ripia y banal, más bien es un ejercicio infravalorado que dialoga con la literatura, la mitología y las divinidades. No estamos ante un nimio pronóstico meteorológico. No debemos creer lo que dicen “los fascistas solares”, en las nubes hay algo que lamentablemente se nos escabulle. Para comprobarlo –o más bien proponiendo hipótesis– el autor trabaja con información cuantitativa que enlaza con hechos históricos y gustos musicales. Cuestión que convierte al ensayo en un escrito agradable y certero, descartando una apropiación puramente subjetiva donde prime la hipótesis carente de un respaldo serio y responsable.

Dividido en cuatro grandes capítulos donde cada uno de ellos describe los tipos de nubes (bastantes más de los comúnmente conocidos), el libro dialoga y divaga en torno a opiniones de Leonardo da Vinci; las relaciones de El rey Lear con los cúmulos; los Diarios de Thoreau y sus elogios al cielo; Tintoretto y sus vínculos con la luz solar; incluso, la elaboración de un congelador que permite examinar nubes artificiales.

Un gran libro que requiere ser leído con detenimiento. Su lectura debe ser intercalada con textos de otra índole, pues la información que entrega es enorme. Hay un torrente informativo que debe ser masticado y procesado, de lo contrario, Guía del observador de nubes podría cansar, porque no pertenece a esa categoría de textos que se leen de un tirón. A pesar de ello, estamos ante una interesante y necesaria enciclopedia que expone desde tecnicismos (los distintos tipos de granizos o las diferencias entre lluvias congeladas o heladas) hasta los estrechos vínculos de las alturas con el arte. Nada escapa a su tiempo social, ni el cielo. Guía del observador de nubes nos habla de esta relación tan rica, desconocida y vital.