Formas de volver a casa. Entrevista a Alejandro Zambra

“Lo ficcional y lo verdadero se entremezclan, como en toda novela. Pero no me gustaría pronunciarme con claridad sobre cuáles aspectos son verdaderos o no. No creo que sea importante. Pero para decir lo que quería decir necesitaba entremezclar esos niveles diversos, esa especie de doble origen que lo inunda todo.”


Escribir un libro que nadie ha escrito para leerlo. ¿Esta novela surge por aquella necesidad? ¿De contar una historia, de ahondar en ciertos temas desde la perspectiva de tu generación?

Tenía algunas imágenes vagas, no demasiado precisas, sobre ese tiempo. Y al escribir las fui precisando, las fui comprendiendo mejor. Pienso que sobre todo se escribe para comprender, para acercar lo que solamente intuimos. Y sí, está esa fantasía del libro no escrito. Por una parte a veces sentimos que todo ha sido dicho, pero también hay cosas que podemos –o debemos- decir nosotros, a riesgo de desafinar, de balbucear demasiado.

 

Me gusta mucho que mis personajes no tengan apellidos. Es un alivio. Es esta una manera de “universalizar” la novela, de situar a los personajes de esa clase media “sin historia”. Hay también un pasaje con el doctor Zambra, en el que te atiende antes por el alcance de apellido, en el que el otro Zambra se ofusca y piensa cómo sería su rostro tan pálido como el del doctor… ¿Por qué esa molestia? En otra entrevista comentas que te cuenta mucho poner nombres a tus personajes…

Es un modo de reírse del peso tan grande que tienen en Chile los apellidos. Me reconforta liberar a mis personajes de esa carga. Yo vengo de una familia de inmigrantes, como tanta gente, que se mezcló rápidamente, como tanta gente, y me parece un poco absurdo abundar en genealogías.

 

Con la presencia de los diarios se desarticula la ficción de lo escrito en el capítulo anterior. Se dice por ejemplo que Claudia es una amiga de tu infancia y su verdadero nombre sin ningún tapujo. Luego entran dudas respecto cuál es la ficción y cuál es la parte biográfica. ¿Hasta que punto el diario es biográfico, es posible que sea completamente biográfico y que la ficción sea ficción del todo?

Lo ficcional y lo verdadero se entremezclan, como en toda novela. Pero no me gustaría pronunciarme con claridad sobre cuáles aspectos son verdaderos o no. No creo que sea importante. Pero para decir lo que quería decir necesitaba entremezclar esos niveles diversos, esa especie de doble origen que lo inunda todo.

 

Hablas del revés de la novela, de ese revés llevo de imágenes inconexas, recuerdos esparcidos por mil lugares y del vicio de buscar la pulcritud, una narrativa clara, con pulso. ¿Por qué no escribir el reverso de la novela? ¿Existe realmente la pulcritud y la claridad?

La precisión es melancólica; cada claro que encontramos no hace más que demostrar la oscuridad circundante. Me gusta pensar que la novela es un claro del bosque inmenso en que nos perdemos. Esta vez necesitaba un asidero, unas pocas señales en ese camino.


En Punta Arenas defenderse del clima. La novela parte con el terremoto de 1985 y termina con el del pasado sismo de febrero de 2010. ¿Qué significa para ti la fuerza de la naturaleza? Así como el sol y el mar en El Extranjero, ¿Cómo influye la condición geográfica en los personajes de Formas de volver a casa, finalmente en los chilenos?

Creo que es verdad; que vivimos pendientes del cielo y del suelo y un poco arrinconados por la geografía. Estoy seguro de que eso influye de alguna manera. Pero sobre todo los temblores. Estamos tan acostumbrados a que el suelo se mueva que nuestro arraigo es relativo. Sabemos que todo puede, de un momento a otro, venirse abajo.


Claudia, por ejemplo, sólo fuma cuando está en Chile. ¿Es esta una expresión de algún grado de angustia, encierro. De eso que se ha dicho siempre, que el estar rodeados por la cordillera, el Pacífico, el Desierto de Atacama y la Antártica produce o determina el comportamiento de los chilenos?

No estoy seguro de eso, la verdad. Soy demasiado chileno como para saberlo.


¿Qué es lo que determina una clase social? ¿Qué determinaría una clase social en nuestro tiempo?

Es una pregunta complejísima, la verdad. La literatura te desclasa un poco, te saca de tus contextos naturales, se crean comunidades donde la gente convive según intereses más genuinos. Eso me gusta. Me gustan esas comunidades, sobre todo porque se crean lazos más duraderos, menos fingidos.


¿En la literatura que aborda la época de la dictadura de Augusto Pinochet suele haber
amor al miedo?

No lo sé. No quería, al escribir esta novela, abundar en un discurso sobre la inocencia o sobre la culpa. Creo que para escribir es necesario liberarse de todas esas preconcepciones que traemos con nosotros.


¿Escribir en prosa es otra manera de hacer poesía? ¿Qué límites existen en tu escritura entre prosa y poesía, más allá de que hayan versos dentro de una novela?

Escribo prosa y poesía indistintamente, pero ahora último he publicado más prosa, porque los poemas no me resultan mucho. Pero claro, no hago distinciones tan claras. Lo que más me gusta es la poesía; la disfruto muchísimo como lector. Pero también hay escrituras en prosa en las que hay una intensidad enorme. Creo que de eso se trata, de intensidad.

 

¿Los poemas que se van trabajando, escribiendo y reescribiendo en la segunda y cuarta parte son de alguna manera lo que se encuentra flotando debajo de la narración?

Sí. Son textos que escribí mientras escribía la novela y que estaban conectados con el tiempo del que quería hablar.

 

Es mejor no salir en ningún libro. Leer es una manera de esconderse, entonces escribir, de mostrarse. ¿Por qué exponerse? ¿Por qué seguir escribiendo?

A veces me lo pregunto, sobre todo porque desde hace ya bastante tiempo escribir es, para mí, un hábito, no un propósito. Supongo que al comienzo escribes como juego, pero de pronto deja de ser un juego y es una costumbre demasiado arraigada, demasiado importante. Una de las pocas cosas que tengo claras es que voy a seguir escribiendo.