Enrique Winter, entrevista

Miércoles 27 de abril. Plaza Italia. Nos encontramos 10 minutos antes de lo acordado. Enrique Winter (1982) viste una polera azul con un cuadro de Dalí, pantalones setenteros y zapatillas. Se ha tomado el día en el Congreso donde trabaja como abogado. “Se ve el poder de muy cerca” comenta. Guía de despacho, su último libro (Ed. Cuarto Propio, 2010) es todo lo contrario al poder, los poemas en él nos hablan de la fugacidad, de la caducidad de las relaciones y las cosas.

 

“Emplazamiento” su primer poema, nos sitúa en un lugar en decadencia, flanqueado por industrias en desuso donde lo único que queda de vital es el mar. ¿A qué nos invita?

A la humildad. “Emplazamiento” hace una definición de lugar que me interesa en tanto escenario, y que después pongo en entredicho. Está constituido por las primeras notas -casi textuales- que tomé a fines de 2008 en San Carlos, Región de los Ríos; que era un pueblo ballenero, próspero hasta el maremoto del 60. “Agüero”, el segundo poema ocurre literalmente en la misma playa e invita a la conversación del libro, desde la simetría feroz entre el padre que olvida, de tanto recordar, el nombre de su hija, y el otro que es evocado con precisión en “Arquitectura”. “Emplazamiento” es la fugacidad en lo permanente, en lo que parece sólido. Me interesa, desde ese primer poema, cuestionar poéticamente los modos de vida, que parecen totales y que caen en el desuso que señalas.

Guía de despacho plantea además, que los lugares se parecen muchísimo entre sí, les quita las mayúsculas y sólo distingue a las personas. Las apunta -la literatura para darles existencia, aunque por decirlas no me hablen más- en un gesto que lo diferencia de Rascacielos (2008), construido en la búsqueda de lugares distintos. Su epílogo es este registro de sensaciones, de interpretaciones hacia adentro de lo que se vio -y perdió- afuera.

El lugar arrasado es también una metáfora del lenguaje, de cómo está roto y fragmentado. Desde ese lugar inhabitado por las nuevas cosmovisiones, se expide este documento mercantil.

 

Otra figura en Guía de despacho son las ballenas. ¿Hay algo de influencia romántica, de la emergencia de lo salvaje a lo Moby Dick?

Moby Dick obviamente me encanta, no tanto por lo simbólico -aunque el cumplimiento de todos sus designios nos trasciende hasta en la película de Huston- sino por el lenguaje, el vaivén de las olas, el ritmo de la venganza, la inquietud permanente, el manejo del suspenso poético en Melville. Ahora, para el libro, el encuentro con las ballenas es casual y luego lo desarrollé desde la obsesión. Como escribo moviéndome, visité Quintay, Iquique y Talcahuano, otros lugares donde había balleneras, y me fui empapando del detalle. Lo primero que encontré en Quintay fue un poemazo de Neruda que lo dice todo. Luego de blasfemarlo, decidí no escribir más sobre las ballenas, pero lo hice igual. El rollo más bien es el de la confusión humana del tamaño con la antigüedad y el misticismo, y de éstos con la violencia. Me interesa cuestionar las nociones románticas y del ímpetu, desde otro ímpetu, que es el que me ha hecho escribir sin pausa. Aunque hay emergencia de lo salvaje en Guía de despacho, se manifiesta más como la falta de pertenencia posterior al ejercicio de esa libertad.

Finalmente, las ballenas pasan a confundirse acá con las personas y lo único realmente violento, lo único realmente grande es el mar, que tengo muy presente porque vivo en el puerto hace cuatro años y tal vez más presente porque jamás dejaré de ser un intruso frente a él.

 

El primer poema de tu primer libro dice “Bajo la superficie de los mares/ hay espacios en blanco”. El mar aparece a lo largo de tu obra como figura clave, ¿qué líneas lo cruzan?

“Maestranza” es una premonición adolescente de la maquinaria de producción poética, desde las iluminaciones creativas a los críticos. En él, el mar es una de las metáforas. Pasa también que cada uno de mis libros responde de alguna manera al anterior y no -en principio- de manera consciente. Voy con mi libreta y permanentemente escribo lo que veo y siento, lo que me disloca. Tengo miles de carillas fechadas, las que en su relato me muestran cuáles son mis fijaciones. Ya consciente de ellas empiezo a investigar y a escribir desde una arquitectura. Atar las naves (2003) es un libro sobre el no viaje, sobre el encierro. Los cinco años siguientes recorrí todo lo que pude y emerge Rascacielos. Siempre tiene que ver con el fracaso de los convencimientos, por lo demás juveniles. En Guía de despacho encuentro los espacios de desesperación que interpelan más allá del viaje. Lo que se va perdiendo se comunica mucho más con el otro. En Atar las naves hay un deseo de mar, Rascacielos está escrito de espaldas al mar, entre los edificios y adentro de ellos, forzado el gesto de no mirarlo, pues otros ojos -que no los míos, como en el teatro- nos relatan. En Guía de despacho estamos dentro del mar.

 

Algo transversal a tu poética es la experiencia del viaje. Tomas a veces los modismos locales o palabras típicas. ¿Cuál es el sustrato poético que de ellos sacas?

Hay primero un sustrato de habla, de lenguaje. Un verse a sí mismo otro desde el lenguaje. Lo que parece para uno natural de las palabras en su país, se pierde en el extranjero, incluso en el mismo castellano. Esa experiencia con pueblos que tienen un idioma muy fuerte, como México o Perú, es fundamental porque hace ver lo inobservado. Me provoca en mis experimentaciones formales, en el sometimiento a presiones en las palabras, indisolubles de las imágenes desde las cuales escribo.

La experiencia con otras lenguas, el inglés por ejemplo, obliga a pensar en la de uno y en cómo el lenguaje va creando realidad. Sorprende en el castellano, por ejemplo, cómo no nos hacemos cargo de las cosas que nos suceden. En “se me olvida” o “se me antoja” uno es apenas objeto. ¿Decido que “me gustan las mujeres” cuando lo digo? ¿No será más bien que las mujeres -tercera persona plural- lo deciden en “gustan” -tercera persona plural también-? Y qué decir si se tratara de ensaladas o mesas las que me gustaran. En el inglés todo tiene un propietario “me lavo mis manos”, algo impensable en “las manos” castellanas y que lleva a pensar también en lo difícil de una teoría comunitaria o de izquierdas en inglés… En el francés es el yo. En ingles el dominio sobre el objeto. En el castellano me apasiona la plasticidad para no llegar al punto, lo que es muy poético. Es un lenguaje hecho para merodear las cosas.

En términos experienciales opera lo mismo. Además me apasiona viajar, como escuchar música, lo que es muy provocador en términos inspiracionales, aunque no necesariamente como propuesta estética. No es necesario dar cuenta de los viajes. En nuestra era la información ya está, lo importante para mí es la transfiguración, lo que puedo decir de eso. Es ilustrativo que las grandes novelas que hablan sobre México fueran escritas por extranjeros, desde Bajo el volcán de Malcolm Lowry hasta Los detectives salvajes de Bolaño, por ejemplo. La tensión social en México está tan encima -en la calle nadie se parece ni remotamente a quienes aparecen en la tele- que alguien criado ahí la ve borrosa. La gracia del viaje es que uno ve todo con ojos nuevos, con los ojos del niño, brillantes. Desde la perspectiva aparecen el descubrimiento y el hallazgo.

 

Junto al viaje escribes varios poemas de o desde los buses, como una cápsula en la realidad, donde, a mi parecer, se pone en juego el problema del arraigo.

El arraigo viene cuando uno está fuera. En Estados Unidos mis problemas los iba a hablar con el chileno, con el que no tengo nada que ver y que nunca más vi, pero que me daba un espacio de entendimiento. Es natural. Uno es un provinciano siempre. Celebro que veas el bus en los libros que he escrito como uno solo, así lo hizo un amigo que me acaba de conmover con un collage en base a retazos de telas y boletos que me pintaron una micro.

Atar las naves propone que lo que nos está matando es la falta de viajes, una noción del espacio cerrado, a pesar de la posmodernidad; de que uno no viaja sino que peregrina. El viaje sería como un vector hacia adelante, mientras que la peregrinación es una vuelta en círculo, que se vuelve casi pornográfico o hiperreal cuando uno piensa en el Transantiago, que está diseñado para que hagas siempre el mismo recorrido, siendo profundamente difícil salir de él. Eso es la micro. Eso no lo nota la gente que anda en auto o a pie. No tienen la noción del viaje predeterminado. Yo me fui a una ciudad donde hago todo caminando. Eso pensaba en Atar las naves, que las micros son nuestras naves, el mar está afuera y nosotros encerrados: “las ventanas del bus se empañan/ y son más bien espejos/ en que sus pasajeros se hermetizan.” Con los libros posteriores desarrollo la obligación del encierro dentro del bus, de los tiempos muertos que suceden, así como con las esperas en los aeropuertos. Son espacios en que puedo leer novelas enteras, pues en la vida abierta estoy condenado a leer poesía, desde el fragmento. Tengo una relación conflictiva, real, con los buses, me interesan sus sonidos y olores, esa sensación aglutinada, amarilla y el paisaje afuera como viñetas animadas. En Guía de despacho digo que los buses nos han robado hasta el viaje. La ruta nos robó el viaje. Se reproduce el mismo orden de sentido de la jornada completa. Uno se encarga del triste oficio de volver eficientes los espacios a los que llega del modo más directo posible.

 

Guía de despacho, el título en su literalidad, nos remite a objetos comunes, a transacciones burocráticas, lejos de la poesía olímpica.

Esa es la apuesta en términos estructurales. Va en el sentido de cómo opera este intercambio mercantil de objetos -de una rapidez inminente- con las relaciones humanas. El trato con este tipo de documentos es mucho mayor que con las personas queridas. Es absolutamente imposible no aplicar parte de esas relaciones objetuales en las personales. Esa caducidad y simpleza. La guía de despacho registra un traspaso, ni siquiera una venta, solamente dice que aquí están disponibles unas cosas para usted. Es exactamente lo que hago con los poemas: yo tenía disponibles tales cosas que ahora se las entrego. Yo las perdí y no hay una devolución. Efectivamente es una poesía a ras de suelo, pero a ras de suelo como los discos de Iron Maiden que dicen elevado hacia el infinito, en alguna parte del bar o de Víctor Jara cuyo canto es de los andamios para alcanzar las estrellas. Hay una noción de margen que no sueña, o poder que no se ensucia, pares de conceptos que se cuestionan muy poco. Si uno trabaja el lenguaje, es a lo menos para romper el lugar común de sus falsas dicotomías.

Me interesa una poesía en que la gente se sienta interpelada, porque cuestiono cómo se vive, cómo resolvemos las inquietudes comunes, cómo se paran la olla y el miedo. Me interesan esos espacios y sus relaciones de poder, que están dominadas por estos documentos. Guía de despacho también como guía del despecho, de la pérdida. Este documento además, con ese nombre, no existe en ninguna parte más que en Chile. El único país que llamaba eliminatorias a las clasificatorias, sin ir más lejos. En inglés se usa el opuesto “receipt” (recibo).

 

¿Qué influencia de la antipoesía hay acá?

Releyendo a Nicanor Parra me ha decepcionado su obra y se me ha engrandecido su gesto. Nos adelantó 50 años respecto al “coro de los grillos que cantan a la luna” y desde ahí escribimos todos aunque sea por reacción, mucho más que con otras figuras tutelares. Lo mismo que en la poesía mexicana con Paz, o reaccionaban a él desde una decodificación feroz o seguían arriba de su caballo. Con Parra pasa eso, pues me parece tan necesaria la escritura donde todo es poetizable y discutible, esa poesía del habla, del diálogo y del encontrarnos. Escribo desde ese mismo lugar, definitivamente, con todas las vueltas que han sucedido desde ahí también. Su obra: Poemas y antipoemas es un libro redondo, La cueca larga educa la oreja y desfrunce los ceños; me interesa el hablante medio histérico de Versos de salón. En cuanto a Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, entiendo y celebro que sea el otro, pero ¿me interesan los textos? Ahora, cuánto poeta pasa por la vida sin hacer ningún gesto… sí que es enorme Parra, habito su mundo, pero siento que me alejo de su escritura.

 

Lihn, Anguita y Martínez aparecen en el estilo, con una cita escondida y como título, respectivamente, en Guía de despacho, ¿Son ellos tus influencias y cómo?

Esos tres son fundamentales, y creo que son la respuesta a tu pregunta sobre la antipoesía. Lihn llega a un punto que no puede seguir avanzando sin negar su obra anterior. Lira la recibió boteando en el área, lo de llegar a una discursividad centrada casi exclusivamente en la ironía y el escepticismo. En personalidad y en inquietudes, me siento distante al escepticismo. Soy muy pesimista, pero esto no me inhibe de la acción, sino que me manda a pelear la microhistoria. Soy desconfiado de los desconfiados, entonces esa actitud específica de Lihn a mí me termina alejando, me gusta más el Lihn lírico y metafísico de los 60 y el político del final. La pieza oscura, Poesía de paso y Escrito en Cuba, sobre todo cuando pega el gran chirlo a ser poeta joven, fiesta que se acaba “donde el horizonte de lo que creías posible retrocederá exacta-/ mente un paso/ como si comenzara la danza de la muerte”, cuando uno se mete en la palabra y deja de dormir tranquilo en búsqueda de cruces de sentido, que para el mundo parecieran no tenerlo. Además la danza de la muerte me ronda en su aspecto igualitario. Puedes ver cómo mis últimos dos libros proponen la igualación de las experiencias de distintos personajes, no hay altos ni bajos, sólo tensiones entre ellos y entre las palabras. Por lo demás, creo que la poesía me ha permitido sobrevivir, por vía de acercarme más a la muerte.

Anguita para mí es tutelar. Venus en el pudridero es un poemazo. Me cuesta leer a Rojas -su respiración, la suma de versos clásicos, heptasílabos y endecasílabos de preferencia, que hace dialogar en las mismas líneas, ocupando la calentura propia del castellano gongorino-, sin Anguita, con su sensualidad trascendente, que me conmueve montones, aunque parezca fuera de época y en otra clave. Así Barquero, creo que ya no se pueden referir las cosas cotidianas sin trasformar su materialidad como él lo hizo. En Anguita está la otra en su violencia, está esa imposibilidad hegeliana de poseerla, donde ni aún penetrándola puedes ser la otra y si llegas a poseerla como un objeto pierdes todo el interés del sujeto. Esa humanidad que uno busca en lo que atesora, esa dialéctica está en Anguita.

A Martínez le debo entender la lectura como experiencia, la apertura al juego y al experimento cuando apenas comenzaba a escribir en verso. El poema a que haces mención surge de mi reacción a su bolsa de tierra del valle central de Chile: nuevamente se trata de la muerte.

Pero por supuesto que mis mayores influencias son otras, partiendo por la literatura universal y las artes visuales. He temblado como un cordero ante los brochazos de Turner, anteriores y posteriores a las balleneras que describo. Actualmente compilo centenares de fragmentos en verso que he recogido de mi relación con el arte, principalmente contemporáneo. Entiendo la literatura como un registro de existencia, pero también como un espacio de creación de conceptos y apertura de sentidos, lo que está más ligado -en la práctica- a esa disciplina, y además la distinción entre disciplinas no me convence. Mis referentes son la música, la filosofía, la física y sobre todo, las relaciones corporales, la ternura más abstracta de lo citado.

 

Dame una especie de panorama de la poesía actual chilena.

Cuando pienso en un panorama pienso en los colectivos -agrupados hoy principalmente en torno a proyectos editoriales- y me interesa mucho cómo Ripio Ediciones mezcla teoría y poesía en el terreno de esta última. Ediciones Tácitas y Cuarto Propio también lo hacen desde sus trincheras. Ediciones Inubicalistas nutre un espacio con más madera que luz en la poesía chilena, pretendidamente fuera del canon, que nos ha dado mundos desconocidos al centralismo. Ahí conviven espacios inescrutables con otros de mucha piel. Sin duda un lugar con profundidad de debate y de discusión leal sobre estética en la poesía actual ha sido Santa Rosa 57. Las últimas obras surgidas de ese rigor están creando mundos entrañables, que demuestran la necesidad del diálogo. Mundos que discutí estos últimos años en Ediciones del Temple, La Sebastiana y el Instituto de Arte, mis últimas coordenadas previas al desaparecimiento.

Algunas obras de las generaciones mayores siguen sólidas. Lo que me preocupa del panorama joven es la respuesta tardía, hermética y especializada, a una escritura que tuvo mayor recepción en aquellas generaciones y en la prensa, vinculada a la sobrecarga del lenguaje, a lo barroco y a minorías sexuales o sociales, que a mi juicio tuvo su interés. Mientras la academia estadounidense pide que países tercermundistas como el nuestro instalen esa protesta, y no una propuesta; la academia chilena ha pedido la destrucción del poema por vía de sustratos críticos del lenguaje, pero sin el rigor de las reflexiones a que estas críticas se refieren ni menos por vía de imágenes o ritmos. Protesta recargada sin propuesta y academicismo inentendible: dos esquinas que me preocupan políticamente, no porque uno se quede solo, aunque sea cierto, sino porque siento que el 99% de los humanos no está considerado de antemano en ninguna de ellas. Me inquieta que traguemos con facilidad teorías críticas -que leo y disfruto- sin aplicarlas a la realidad en la que estamos inmersos. Aunque la poesía fuera un lenguaje especializado, no puede renunciar incluso a intelectuales sensibles de otros oficios, ni menos a la vida y su fragilidad. Los poemas que me alucinan, los que me generan nuevas preguntas y me dan ciertas respuestas son poemas hechos de desesperaciones vivenciales. No quiero que el lector se acostumbre -como cuando ve el noticiario- a que la poesía no le devuelva la mirada.