El espía de Justo Navarro

Por Miguel Carreira.

Justo Navarro: El espía
Anagrama, Barcelona, 2011. 224 pp.
18 €.


Hay dos constantes en la obra de Justo Navarro que aparecen en El Espía de forma tan evidente que uno llega a preguntarse si no habrá un propósito en el libro más allá del libro en sí, si no habrá una voluntad de experimentación, de análisis, que el autor hace de su propia obra.

La primera de estas constantes es el interés en desarrollar personajes que estén en constante contradicción consigo mismos. Personajes que resulten paradójicos porque están construidos a partir de fragmentos de ellos mismos, actuando en situaciones y momentos diferentes y entremezclados, pero también por la mirada que se posa sobre ellos. A diferencia de una narrativa más clásica, en la que los personajes, al margen de su evolución, están ligados a una coherencia narrativa, a Justo Navarro le interesa mostrar a sus personajes sometidos a distintas circunstancias –circunstancias que pueden ser más o menos trascendentes, pero también cotidianas- y ver las variaciones de sus gestos.

Hay veces en las que las contradicciones de los personajes ni siquiera tienen que ver con acciones, sino, simplemente, en la imposibilidad del observador para ver a un personaje dos veces bajo la misma luz o su tendencia a observar según el cristal de su propia circunstancia. En El espía hay un momento en el que los soldados que detienen a Ezra Pound son vistos por el poeta de espaldas en el reflejo de un espejo. Vistos de espaldas, nos dice el narrador, los soldados resultan más débiles y juveniles.

La otra constante es quizás más original, en cuanto que responde a un tratamiento de la literatura especialmente raro. Hay una fascinación por el espacio y una forma de observar las ciudades y de incluirlas en el relato que pertenecen de forma exclusiva a la narrativa de Justo Navarro.

Resulta relativamente frecuente leer que una ciudad aparece como un personaje más de una narración. Sin embargo, en estos casos, lo que se denomina ciudad casi siempre es un conjunto de personajes o el telón de fondo de las acciones de los mismos. El protagonismo de la ciudad no es de la ciudad en sí, sino de quienes actúan en ella.

Justo Navarro retrata las ciudades con una originalidad que entronca con aquella primera constante. Las ciudades, que apenas se describen y en las que apenas aparecen otros personajes que aquellos estrictamente necesarios para el transcurrir de la acción principal, aparecen en este El espía cargadas con la vibración de su historia, de la que se cuenta en ese momento –El espía está ambientado a finales de la II Guerra Mundial- de de la que ha vivido con anterioridad -en especial en lo que se refiere la historia literaria y de lo que se han convertido. Se podría decir que, en el fondo, no se trata de hacer aparecer las ciudades, sino de retratar el tiempo que las atraviesa.

Resulta bastante cómodo leer El espía, al menos en relación a otros trabajos narrativos de Justo Navarro como Finalmusik o incluso Accidentes íntimos. En estas –probablemente más ambiciosas- la dispersión de la historia obliga a una tensión para reconstruir a los personajes, hasta que el lector descubre que esta tensión es más o menos inútil porque el autor no tiene ninguna intención de crear personajes unitarios, sino caracteres fragmentarios pero individualizables. Parte de este trabajo, en el que el lector de Finalmusik se tiene que aplicar, viene dado en El espía por el tema mismo, ya que trata, fundamentalmente, de la captura y juicio de Ezra Pound al final de la II Guerra Mundial, acusado por los EEUU de traición por su apoyo al fascismo y su trabajo de propaganda. El personaje resulta conocido y la historia principal, su caída en el fascismo y su labor en la radio italiana durante la guerra, no será del todo extraña a la mayoría de los lectores.

Pero a partir de este terreno conocido, Justo Navarro hace un ejercicio, a ratos casi piadoso, a ratos burlón, de reconstrucción del poeta americano. Piadoso, en cuanto que se ahorra un morboso juicio moral al escritor enredado en los laberintos del fascismo, pero que tampoco es recatado a la hora de pintar los rasgos más grotescos de Pound.

El Pound de este El Espía es el escritor que queda fascinado por el fascismo, pero que se considera a sí mismo un pacifista a ultranza y que exalta su compromiso anticomunista cuando es capturado. También es el escritor que abraza el fascismo impulsado por la repulsión que le causa el capitalismo. Éste aspecto del fascismo –y el nazismo- como reacción al capitalismo tendemos a olvidarlo, especialmente en España, donde el franquismo partía de presupuestos distintos. Sin embargo resulta particularmente actual, y es que el fascismo y el nacionalsocialismo prendieron en gran medida por su discurso crítico contra un sistema económico que había ahondado en la crisis, un sistema que había generado una desconfianza popular hacia las élites financieras y hacia los mecanismos arteros de los que se valían para sostener e incrementar sus fortunas contra una clase media y baja en constante empobrecimiento. Conviene recordar que el partido nazi tenía sus raíces teóricas en el nacionalismo y el socialismo y que, aunque desde muy pronto evolucionó a posturas cada vez más radicalmente nacionalistas y racistas, siempre, incluso en los momentos en los que el racismo del discurso se hizo más vehemente y tomó una extraña deriva mística, se relacionó el odio racial con teorías de dominación económica. El judío, en el discurso nacionalsocialista y fascista, siempre ocupaba o estaba relacionado con las altas esferas económicas. El judío siempre era el que manejaba el dinero el que conocía y controlaba los arcanos del sistema.

El Pound de este El Espía, es también el hombre ridículo que escribe a Mussolini, invariablemente sin respuesta, para guiarle en la solución de los problemas de Italia. El que escribe a Roosvelt y viaja a EEUU en una autoimpuesta misión de paz para evitar la entrada de su país en la Guerra. El que, más adelante, cuando Italia ha caído, cuando el final de la guerra se acerca, y él es considerado un traidor en su patria, solicita un alucinante permiso para que se le concedan poderes diplomáticos con los que negociar la paz entre EEUU y Japón.

El Pound de este El espía es también el Pound que admira al demagogo publicista del tercer Reich William Joyce y que lanza extraños discursos en la radio italiana, tan incomprensibles que los servicios de inteligencia italianos se preguntan si no podrían ser en realidad claves de información secreta que Pound envía a los EEUU, lo que, de ser cierto, habría supuesto la táctica de espionaje más audaz de todos los tiempos puesto que Pound lanzaba sus discursos con un sueldo del gobierno fascista, lo que implica que estaría cobrando por usar los medios de difusión del gobierno para enviar públicamente información contra el país.

Prácticamente, el único Pound que no aparece es el Pound que escribe, como si esa parte del personaje hubiese sido devorada por la historia o como si Justo Navarro quisiera mantenerla al resguardo de esta. En contrapartida sí tenemos el Justo Navarro que escribe. Una parte final del libro que entronca con Finalmusik en el que el autor se somete a un proceso de análisis similar –pero sólo similar- al que él mismo ha sometido a Ezra Pound, y que no hace sino aumentar la sensación de que El espía se ha concebido, en buena medida, como un experimento o un modo de entender los movimientos de su propia obra.