El diablo. Giovanni Papini
El diablo. Giovanni Papini
Traducción de Vicente Fatone
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351 pgs
Por Miguel Carreira
¿Qué queda de Satanás una vez que hemos terminado con Dios? Esta es una pregunta que no acaba de alcanzar toda su validez si no se complemente con otra mucho más incómoda. ¿Qué queda de nosotros mismos una vez que hemos terminado con el diablo? Rilke escribía en su correspondencia:
“en la medida en que me conozco me parece seguro que, si expulsaran mi demonio, también mi ángel sentiría algún mínimo, digamos, sobresalto”
Rilke, en realidad, se refería aquí sobre todo al psicoanálisis.
Giovanni Papini (1881-1956) fue un intelectual de vieja escuela, de aquellos que dejaron de fabricarse en algún momento a principios del S XX. Una raza distinta -ni mejor ni peor, aunque a veces se les echa en falta- de los que podían citar, con la misma erudición, a un poeta provenzal y las enseñanzas del buda, todo ello mientras coquetean con el futurismo y escriben cuentos un poco románticos, algo chatos y muy satíricos que siempre se pueden llegar a leer como alegoría de la condición humana. En este El diablo hay unas palabras liminares de Gimferrer, -demasiado pocas como para hablar de prólogo- en las que compara a Papini con Borges y con Unamuno. Algo de eso hay.
De Satanás es muy probable que, sobre todo, nos interesen dos aspectos: su función como paradigma absoluto del mal y su función como representante de lo malvado. Es decir, que, por un lado, Satanás es el mal y por otro, el hombre que lo representa. El contrasentido no es, ni mucho menos, el menor de los que presenta la figura del diablo y que aquí Papini repasa con espíritu crítico, aunque sin enfangarse en polémicas teológicas, sino más bien brincando entre ellas con más o menos ligereza.
Por ejemplo, Dios es, según el dogma cristiano, amor y sabiduría, pero también es el creador del diablo. Entonces la pregunta es ¿por qué creó Dios un ser perfecto a sabiendas de que esa misma perfección lo llevaría a la traición? Porque, si no lo sabía, entonces la omnisciencia de Dios queda en entredicho y, si lo sabía, lo que se discute es su gracia. La respuestas a esta pregunta ha variado a lo largo del tiempo. Cada una de estas respuestas es una encarnación de Satanás, que ha sido, sucesiva o sincrónicamente, vasallo, enemigo y aliado de Dios; sirviente y rey de los hombres; príncipe del mundo y paria de la creación; traidor y traicionado. Todas estas versiones, que a menudo no se contradicen, sino que se entrelazan, aparecen reflejadas en el libro de Papini, en el que, uno de los rasgos más peculiares, es la curiosa simpatía del autor por el diablo, simpatía que uno podría esperar de un Genet o de cualquier cantante gótico que incluya roedores en su dieta habitual, pero que resulta curiosa -cuando menos curiosa- en un escritor católico que, además, escribe adoptando -en esto no deja de de ser honesto- un punto de vista decididamente católico.
Una de las cuestiones que Papini enfoca con más existencias es el pecado que está en el origen de la caída de Satanás. Según todos los indicios Satanás cayó por soberbia, bien por desafiar el poder de Dios y pretender ocupar su lugar bien porque,consciente de su acabada perfección, aspiraba a un lugar consecuente en la jerarquía celestial. Las causas que desencadenaron esta soberbia, el modo en que se manifestó y la manera en la que pudo haber afectado a la vida de los hombres fue durante años motivo de discusión. El intento de explicar a Lucifer (recordemos: “el portador de la luz”) llega a discurrir por laberintos tan oscuros que las teorías que de ahí se concluyen podrían calificarse de diabólicas. Así, hubo quien defendió que Satanás habría caído por envidia de Cristo, que habría sido designado por Dios en lugar de Lucifer para redimir a los hombres. Lo dificil, claro, es mantener esta teoría y, al mismo tiempo, seguir sosteniendo la idea tradicional de que había sido el mismo diablo quien provocara la caída de los hombres. El problema quedaba salvado con el argumento de que la encarnación sería una idea de Dios, pensada por él, querida por él y comunicada por él a las criaturas angélicas mucho antes de la caída del hombre. Si de algo nos sirve hoy esta teoría es para confirmar la tremenda ductilidad de Satanás, que, desde sus primeras apariciones, ha sido una bestia, hombre, mujer, joven, anciano, deforme, hermosísimo… Satanás es legión. Por tener, a tenido hasta oficios y gustos artísticos. Por alguna razón, su instrumento favorito es el violín aunque en los últimos tiempos ha coqueteado con las guitarras.
A Papini este tipo de cabriolas no le son ajenas. Al contrario. Se divierte en ellas de una forma que, probablemente, y tal y como comenta Gimferrer, al lector le recuerde a Borges, aunque cabe decir que lo que en Borges es burla en Papini resulta de lo más trascendente. Por ejemplo, hay un momento en el que afirma que Dios es el único ser de la creación a quien está permitido ser ateo. Esta frase seguramente Borges la habría dejado ahí, para divertirse con el oxímoron o, como mucho, habría señalado los hilos lógicos que la sostienen y que, al final, resultan absolutamente ilógicos. Papini, en cambio, se esfuerza en darle sentido, es decir, verdadero sentido, e incluso quiere hacerla ponderativa cosa que, claro, hoy en día resulta harto complicado.
Papini no tiene intención de tomar distancia respecto a su texto. No es que carezca del todo de sentido del humor, pero tiene muy claro de qué va a reírse y, cuando no le queda espacio en el texto, lo primero que desecha es la ironía.
El libro, al final, es un prontuario acerca del diablo. Papini cabalga en un estilo ligero que es fácil de recordar, lo cual no deja de ser meritorio. La imagen del diablo que a Papini más le interesa resaltar es, sobre todo, la proteica. Burlador y burlado, ofensor y víctima, adversario y confabulador. Las más de las veces el diablo se tiene que conformar con ser el reflejo deformado de Dios o de los hombres, subordinado a la imagen, o el atributo que de estos se quiera ensalzar. El diablo es legión, pero legión de reflejos orientados por el interés de los hombres.
Papini escribe desde el punto de vista de un católicismo bastante anticuado.No es un dato menor el hecho de que el libro fue escrito antes de celebrarse el concilio Vaticano II. Algunas teorías y no pocos párrafos pueden resultar incluso desagradables para la moral del lector contemporáneo. Papini es antisemita, misántropo y misógino. Papini, por ejemplo, considera perfectamente razonables las teorías que sugieren que lo más probable es que Adán fuese tentado antes que Eva, pues el demonio lo consideraba una pieza de mayor calibre. A Adán lo escogió, con Eva tuvo que resignarse. Papini también piensa que la aviación es hija de una sabiduría demoniaca y que la posesión diabólica es un hecho cotidiano “tal vez alguno de nosotros ha estado hoy mismo, sin darse cuenta, hablando con uno de esos demonios clandestinos”.
Algunas partes del libro, y no son pocas, llegan a ser divertidas por el catálogo de excentricidades de Papini. Por ejemplo, hay un capítulo en el que enumera los libros satánicos del siglo. A la cabeza está La Metamorfosis de Kafka. En otro capítulo se regocija por una entrevista que Montanelli le hace a Dos Passos. A Montanelli se le ocurre una frase brillante, que es algo así como que el motor de explosión es la tos del demonio. Dos Passos, un poco extrañado, pide una aclaración (algo ingenuo, más extrañado que desafiante, del tipo “¿Cómo que el demonio?”) y Montanelli poco más o menos, lo manda al diablo. Esto a Papini le parece tremendamente divertido. Papini, para terminar (porque en algún sitio hay que terminar) considera que Francia es la tierra prometida de Satanás.





