Dos puntos de vista. Uwe Johnson
Por Miguel Carreira
Hay libros -y, claro, publicaciones de libros- que parecen estar conchabados con la oportunidad. Si la oportunidad no estaba ahí, de repente, parece aparecer, como de la nada, como si el libro tuviese la capacidad de conjurarla. Esto, claro, no ocurre nunca. Los libros no conjuran nada. Los libros, al final -esta es en parte su fuerza- valen para bien poco.
Un libro que va en esta linea es -usted, lector avisado, ya lo habrá supuesto – este Dos puntos de vista que Errata Naturae acaba de publicar y que llega en un momento en el que algunos muros no han perdido vigencia -el muro que separa el territorio saharaui, por ejemplo, que los editores recuerdan al final del volumen o el muro, de otra naturaleza, sin duda, que se levanta en la frontera sur de EEUU- y otros muros amenazan con levantarse de nuevo. Al menos parece la sombra de un muro la que vemos cuando el fantasma de la ruptura vuelve a asomar en Europa y se amenaza aquel sueño europeista que, raramente pudo trascender y -ahora lo sabemos-, ni siquiera llegó a consolidar la mera unión económica.
Si insistimos en el asunto de la oportunidad –y siempre habrá razones para ello- hay una frase muy oportuna que encabeza este Dos puntos de vista. Una frase de Max Frisch que dice: “Nadie ha mostrado mejor los síntomas de esta enfermedad llamada Muro de Berlín”.
Antes de profundizar en el interés de la frase, puede que merezca la pena detenerse por un momento en el lugar que ocupa. La frase está en la portada. Quizás en la portada porque el editor no quiso ocultarla en la contraportada, o porque no quiso inmiscuirse en el libro. Quizás en la portada sólo por darle más visibilidad. Sea como sea, la frase, y hasta su lugar, quizás nos recuerde que hay algo que encontramos con frecuencia, en las ediciones de Errata, y es un decidido interés de la editorial por ejercer, también desde el punto de vista del editor, una acción crítica –en los varios sentidos de la palabra-. Una acción que, en la mayor parte de los casos, suele ceñirse a la selección de títulos y autores, y, quede claro, esta no es una acción menor. La selección es, de hecho, la acción que se le puede y debe exigir a un editor: traer a la luz textos que considere necesarios. Pero hace tiempo que Errata ha decidido dar un paso más y llevar esa acción al libro, al mismo objeto, a los elementos paratextuales, a la selección de prólogos o al post scriptum. Una decisión que podrá gustar más o menos, pero que, sin duda, nos debería llevar a pensar, ahora que la edición parece devaluada, ahora que el trabajo del editor se quiere presentar como una especie de puerta en el campo del horizonte de textos infinitos de la red. El editor es o debe ser algo más. Es o debe ser el primer lector, el primer crítico y, a veces, sólo en el mejor de los casos, el primer desconocido que descuelga un volumen por el lomo en una librería y lo deja algún lugar -visible sólo para nosotros- que, si todo marcha bien, tal vez reconozcamos como un sitio donde alguna vez nos alcanzó el destino.
Pero vamos a volver a la portada, y a la frase de Max Frisch, porque ahí hay un término clave con el que podemos atacar éste Dos puntos de vista: enfermedad.
Originalmente, una enfermedad era una disfunción del cuerpo o de la mente que supone un perjuicio para quien lo sufre. Por supuesto, esta es una definición demasiado clásica. Hoy en día, una enfermedad puede ser también que usted no encuentre nada mejor que hacer que pasarse el día mirando videos en Youtube o que se encuentre un poco triste porque se le han acabado las vacaciones. Sin embargo, esta evolución del término ofrece demasiadas ramificaciones como para poder trabajar con él de forma más o menos cómoda a nivel teórico, así que, simplemente a efectos de maniobrabilidad, será el término clásico el que utilicemos aquí.
Porque nos lo ha dicho Spinoza, sabemos que una sociedad (en realidad un estado, aquí usaremos los dos términos indistintamente, aún a costa de la imprecisión que eso supone) es un cuerpo y una voluntad resultante de una suma de cuerpos y voluntades que desean acrecentar su poder. Si la definición es cierta tenemos dos conclusiones obvias. Una, en realidad, no es una conclusión, sino una tautología: la sociedad es un cuerpo. La otra es que cualquier sociedad que no sirva a sus miembros –al menos de alguna forma- es una sociedad enferma, y viceversa.
La sociedad que nos describe Johson es una sociedad enferma desde su base, una sociedad en la que los individuos no se pueden conocer como tal porque ni siquiera son capaces de reconocerse a sí mismos. A lo largo de la novela, los personajes se sorprenden constantemente de sus reacciones y de sus palabras, pero también de las reacciones, las palabras y los gestos de quienes les rodean. Los individuos de esta sociedad están mutilados, pero, quizás lo más interesante, es que esta mutilación no tiene por qué estar en ellos mismos. Tan grave como esta mutilación interna, que les impide reconocerse, es esa otra mutilación –en realidad podría ser la misma- que los separa del resto de individuos y hace imposible una verdadera sociedad. Una mutilación, además, perversa, puesto que es lo suficientemente sutil como para que el individuo no acabe de ser consciente de él, lo que le impide detectar la enfermedad que le aflige.
Por ejemplo, hay una escena en la que B, el protagonista de la novela, contempla desde un taxi, cómo dos personajes intercambian una bolsa. A B. la escena le fascina, porque cae en la cuenta de que, ese mismo gesto, en otro lugar de esa misma ciudad enferma –Berlín- habría sido entendido de forma radicalmente distinta.
Pongamos ahora que existe otra novela sobre B. Una novela en la que B. viaja a una república perdida, en un continente extraño y en la que se repite exactamente la misma escena. Pongamos que B. reacciona de la misma manera, constatando la forma, muy distinta, en la que el gesto se habría entendido en su Berlín. Las dos escenas, aun siendo iguales, son radicalmente diferentes, y ahí está la verdadera perversidad. Si B. hubiese estado en un país extraño, en una sociedad que no reconoce como suya, constatar la diferente forma de interpretar ese gesto sólo habría sido una cuenta más en un collar de diferencias. Sin embargo, en su propia ciudad, enferma, en la que el muro es más un síntoma que una razón, esta forma de interpretar el gesto no revela una diferencia, sino que es otro síntoma de esa enfermedad. El hecho de que se encuentre en su ciudad, a unos pocos metros quizás del lugar en el que el gesto se habría leído de forma diferente, hace que B descubra las diferencias únicamente en síntomas como este, pero sin llegar a reconocer la enfermedad en sí, la cuan no es, en realidad, diferente de la que él mismo sufre. Unas líneas más adelante, B. comprueba que no ha abierto una carta que lleva oculta y se sorprende de ello “No le hubiera gustado saber que era capaz de algo así” dice el narrador.
Cuando la ruptura es tan sutil, el personaje no es capaz de detectarla. No puede poner sus sentidos en guardia y alertarlos de que se encuentran ante una diferencia que debe ser valorada como tal.
A Uwe Johnson se le suele englobar en el movimiento conocido como antinovela. Realmente, en esta Dos puntos de vista nada ocurre realmente, e incluso hay un esfuerzo consciente por negar la historia. Hay sucesos que se frustran, situaciones que no llegan a ser, ideas, sentimientos o razones de las que sólo queda la huella de su ausencia.
En la historia central –la única, en realidad- dos jóvenes se conocen semanas antes de la construcción del muro de Berlín. Cuando este se levanta, cada uno queda a un lado. El muro los separa y ambos jóvenes inician, casi sin pasión, casi sin empeño, casi como una salida que abrazar únicamente porque resulta sólo un poco más improbable que cualquier otra, la reconstrucción de una relación que ni siquiera tiene nombre. ¿Es un romance? ¿Es un enamoramiento? ¿Es siquiera una relación? En una novela en la que nada tiene nombre, ni los protagonistas (identificados únicamente por una inicial) ni los lugares por los que se mueven, los dos protagonistas desarrollan una historia que, en realidad, nunca llega a existir, tal y como demuestra el final.
Un final que resulta muy representativo de la novela en sus mejores virtudes y en sus mayores defectos. Porque de lo que no cabe duda es de la inteligencia poderosísima del narrador, que teje una estructura de simetrías tanto más logradas cuanto más sutiles. En este sentido, quizás los mejores capítulos estén casi al principio de la novela, cuando la comunicación por carta de los dos protagonistas se revela como una perfecta forma de incomunicación que el narrador nos muestra a nosotros, mientras mantiene el velo para los propios personajes.
Si de algo adolece esta Dos puntos de vista quizás sea de la capacidad de superar esa misma inteligencia, de no poder dejar atrás el juego que ella misma ha planteado. Hay un momento en el que la historia deja de sorprendernos, aunque no de admirarnos. Navegamos buena parte de la novela más prendidos de una lícita fascinación por sus recursos que de un verdadero interés por lo que nos cuenta. Johnson quizás se esmera demasiado en impartir su lección de anatomía, y ahí es cuando tenemos que preguntarnos si estas lecciones son necesarias, y ahí es cuando volvemos al tema de la oportunidad.
Quizás estas lecciones son más necesarias de lo que lo han sido en los últimos años. Porque la novela, al final, trata sobre todo de las relaciones del individuo y el estado. De lo que éste le debe aquél, de lo que aquel está dispuesto a darle a éste y de cómo uno y otro se condicionan y dependen entre sí. Un estado enfermo, que no se reconoce, sólo puede cobijar individuos enfermos, y un estado enfermo es todo aquel que no lleve a los individuos a acrecentar su poder. Ahora bien ¿poder sobre qué? Esa es la pregunta que nos queda por delante. ¿Poder sobre la naturaleza? ¿Poder sobre otros estados? ¿Poder contra los propios individuos que lo forman? ¿Sigue siendo el estado una forma de acrecentar el poder de los individuos o ha enfermado tanto que sólo puede ser una fuente de infección? Tal vez el muro de hoy no separa tanto como oculta. Al otro lado puede que haya una dirección, un lugar al que queramos ir.





