Desaparición de Paul Otchakovsky-Laurens, editor del riesgo constante. Por Aïcha Liviana Messina

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El editor Paul Otchakovsky-Laurens, cuyas iniciales dieron su nombre a la importante editorial francesa P.O.L, ha desaparecido brutalmente en un accidente automovilístico, el 2 de enero de este año.

En sus inicios, cuando era director de una colección en la editorial Hachette, Paul Otchakovsky-Laurens había publicado a Perec y Duras, antes de independizarse y de crear en 1983 la editorial P.O.L, que muy rápidamente se convirtió en la editorial de gran parte de la vanguardia francesa, si se puede así nombrar la escritura en su forma más naciente, publicando a autores como Suzanne Doppelt, Dominique Fourcade, Emmanuel Hocquart, Valère Novarina. P.O.L publica autores de teatro, poesía, narrativa e incluso de filosofía o de cuadernos. Más que definirse con una línea única, apuesta por la escritura en sus contagios audaces y molestos, en su deseo por nacer y encontrarse en este mundo extraño de las formas literarias –en esta extrañeza de la escritura literaria que no se detiene nunca en una forma. Es la editorial de todas las formas y por lo tanto del riesgo constante. Cuando sentía un mundo de sentido emergente, Paul Otchakovsky-Laurens, único lector de esta editorial que recibía un sinnúmero de manuscritos y que nunca dejó de emocionarse frente a lo que un sobre pudiera contener, sabía decir sí a la escritura. Recibía a un autor, sea cual fuera su nombre, con el más grande respeto, buscando solo acompañarlo en el deseo y la necesidad, a veces dolorosos, que la escritura constituye.

Su desaparición deja al mundo literario profundamente desconcertado y dolido. Es que su alegría frente a la literatura, su libertad, su coraje y talante para saber sentir la escritura, la más inédita, y que hacían de él un verdadero pasador de la literatura (en el sentido literal de la palabra, a saber, aquellos que hacen pasar a los extranjeros, sin pedir permiso), eran únicos y eran inmensos. P.O.L es una casa donde se trabaja para dejar pasar lo que aún no tiene forma. No es una institución fuerte de una nomenclatura. Es una casa, un mundo nunca asegurado, en el que trabajaba día tras día alguien que pensaba que la literatura es la sobrevida del lenguaje.