Cuando la moralina pisa el pasto mojado por erick pohlhammer

“Descansen, si quieren se pegan

un polvito y nos vemos a las cuatro”

(deté del Internacional de Porto Alegre contado por Elías Figueroa al autor)

En los 60’ el futbolista chileno iba a la Casa de Irene con la misma naturalidad con que  el monje va al templo o la dueña de casa va hoy al  Líder o el presidente de Estados Unidos entra a la Casa Blanca a conversar de metafísica con Mónica Lewinski o Mario Vargas Llosa entraba a la Casa Verde en la selva de Iquitos a los 17 años de edad.

No bien, Fernando Riera llega de Europa y se hace cargo del fútbol chileno, les prohíbe tajantemente a sus dirigidos que pisen con sus talones sin calcetines la polémica calle San Martín donde por esos años se alzaban cualquier cantidad de casas de Irene. “En Casa de Irene botella de vino, en casa de Irene las penas se van”.  Desde entonces se cuaja en Chile la línea disciplinaria dura de entrenadores entre los que destaca Manuel Pellegrini y Arturo Salah (Salah echó a Acuña de la U por faltar a un solo entrenamiento sin notificar al club).

El filósofo alemán Federico Nietszche es el primero en meterle un gol de túnel a la seudomoral denominándola “moralina”. La verdadera Moral para el autor de Más Allá del Bien y el Mal, Así Hablaba Zaratustra y el Anticristo, etc., era un combinado, una suerte de piscola entre el amor budista “no hacer daño a criatura alguna” y la antigua moral cristiana, esa de amar al prójimo como a sí mismo”. Moralina en cambio es una toletole, borbollón, enjundia de culpabilidad victoriana sexual, un atroz pavor a un supuesto Padre cósmico y el mensaje de San Pablo mal asimilado.  La actitud castigadora y festinadora de los pasquines mediáticos ante la vida sexual privada de Pinilla y Jiménez y Cecilia Bolocco es moralina pura aplicada al club de los así llamados famosos y famositos.

El primero en distinguir entre Humor y Chistología en esta Comisaría tragicómica llamada Chile post moderno fue el poeta y abogado y Canciller Armando Uribe Arce. La Chistología de los Che Copete, Álvaro Salas, reposa en una repisa llamada chiste automático,que reposa a su vez en mecanismos robóticos del subconsciente conectados con diversas clases de represión erótica. Para entender la victoria grotesca de lo obvio en el mundo del Chiste chileno basta leer de modo atento y relajado y con un whisky en la mano o un jugo de pomelo un libro genial llamado El Chiste y su Relación con El Inconciente de Sigmund Freud. Que el 80% de los chistes que se cuentan en Chile apelen al mundo oculto que hay detrás de la hoja de parra supuesta, que hubo algún día detrás del sol erótico de Adán y de la luna erótica de Eva, demuestra que aún en Chile vivimos muchos de nosotros en la sombra que arrojan desde la Alta Edad Media españolalos campanarios de las parroquias de la vieja bíblica Cafarnaúm.

Mientras prime esa chistología  pueril reprimida en Chile, seguiremos teniendo una televisión “chabacana”, como dijo cierto senador de la república, e insistiremos en perpetuarnos como una aldea “rasca” como dijo en su oportunidad otro senador llamado Pablo Longueira. Por su parte seguirá habiendo grandes jugadores de fútbol que seguirán siendo expulsados del jardín del edén de sus clubes o de este hermoso país por dirigentes y entrenadores de ceño fruncido y mentones severos y rostros cortados con hacha, que al fracasar como dictadores en su casa o en el trono presidencial no tuvieron otra opción que dedicarse enojosamente a vivir en el planeta fútbol.

El arte de ser entrenador de fútbol es combinar disciplina y respeto a la vida instintiva de los jugadores. Está claro que hay jugadores que se pasan para la punta y se quedan pegados en la casa de Irene hasta la una de la tarde del día martes y no van al entrenamiento por razones largas de explicar. Está claro que la autoridad es imprescindible para manejar un equipo y que el capitán del barco tiene que ser muy ordenado para conducir el barco a puerto sin que se hunda, pero hay capitanes de barco tan rígidos y severos  que se hunden en sus propios oleajes emocionales, culpógenos ahogados por el agua y un horrendo olor  a espuma amarilla  asfixiante,  mezcla de moralina bañada en naftalina  destilada por la ilusión de una sirena, que se aleja hasta perderse en las fauces del voraz Neptuno.

La corriente liberal siempre está abierta al diálogo. La corriente moralinizante a menudo está cerrada. Debates constantes en torno a los tópicos de moral y moralina serán un gran aporte a la vida cotidiana de los chilenos. Y de paso será un gran pase al nuevo fútbol chileno, libre naftalina y perfumado de rosas.

*Original de “Pelota Muerta”, libro inédito del poeta chileno Erick Pohlhammer.