Colgar campanas de las nubes: “Una ofrenda musical” de Luis Sagasti. Por Sebastián Gómez Matus

una ofrenda musical

 

Colgar campanas de las nubes: Una ofrenda musical, de Luis Sagasti.
Eterna Cadencia, 2017

128 páginas
$16.870

Por Sebastián Gómez Matus

Una ofrenda musical, que sigue con la forma propuesta en Bellas Artes, bien puede ser un libro de historia, en el sentido en que la deconstrucción permite una historia. Por supuesto, también es otras cosas. Ahora que está de moda, podemos decir que es un ensayo novelado o una novela ensayística. En fin, es un libro sobre la incidencia de la música en la cultura humana, sobre la relación que tenemos con nosotros a través de la música. Al mismo tiempo es un libro sobre la decadencia de Europa -esa nieve-, pero vista desde el ángulo de un argentino. ¿Por qué narrar sucesos europeos, en su mayoría bélicos, para comprender qué desde la música? Según Roberto Calasso, Europa es el resultado de violaciones y raptos, y esos movimientos tienen su música, y esa música es una ofrenda de los dioses  para ellos o viceversa. En el fondo, la música no es sino la expresión de todas las distancias posibles de manera simultánea.

Hemos hecho de la Historia nuestra destrucción ante los ojos apócrifos de Dios, y hemos hecho la música para expresar el carácter épico, trágico, de nuestra propia destrucción. Quizás sea sobre todo eso: un libro sobre lo sublime, tal como lo entendía Kant, donde la forma de narrar se mimetiza con la forma en que se suceden los hechos recreados en el libro, haciendo del tiempo del libro un contrapunto: los hechos no están narrados cronológicamente, cómo podría hacerlo, pero Sagasti narra varias veces en presente, invirtiendo la relación con el tiempo, que es lo que hace Bach en El arte de la fuga, composición inacabada que ha irrigado a la literatura desde hace mucho tiempo. En un pasaje el narrador nos dice: “hay algo anterior a una historia que solo parece tener sentido si se desplaza hacia todas sus posibilidades al mismo tiempo”.

El libro comienza con la historia de las Variaciones Goldberg, que a pedido del conde Keyserling, Bach compuso para que éste pudiera conciliar el sueño. Esta historia se vincula de inmediato (la música como transporte a otro mundo) con las canciones de cuna y con composiciones de Los Beatles, la obra de John Cage, 4´3´´, la construcción del órgano más grande del mundo en Himmelheim, visión del barón Gustav von Leyendecker, el silencio de los cuadros de Rothko, la epifanía de Pete Townshend, el canto de pájaros exóticos, la ballena más triste del mundo etc.

“Desaparecer, esa es la idea”, nos dice en una de esas frases que arman la lógica interior del relato, frases aleatorias, en el sentido de aleación, si se me permite, que marcan la composición del relato, porque también es un relato. Huelga decir que el texto, la forma de esta ofrenda, emula el contrapunto de las composiciones de Johann Sebastian Bach. Esto me hizo pensar lo siguiente: la literatura nos muestra el mundo tal cual es, borrando la distinción entre lo ficticio y lo real; la música nos hace desaparecer del mundo, nos deja en relación directa con lo sagrado que, como dice Le Breton, tiene dos rostros: el asombro y el horror. Para decirlo de un modo rotular, este libro quizás sea la propuesta de una arqueología musical de la historia del siglo xx, y del silencio que produce, que por supuesto tiene sus bases mucho más atrás. Y al mismo tiempo, “más de cuarenta mil años nos separan de una partitura que no sabemos leer”. Por otra parte, y esto es central en el libro, Sagasti logra narrar, a través de la forma en que están compuestas las variaciones, una forma circular sin fin, anillo borromeo, el hilo rodado de la Historia. Todas estas anécdotas no acuden gratuitamente: componen una atmósfera. El ensayo está plagado de anécdotas musicales literarias, como el pasaje donde el clave de Landowska, que se dirige a tocar a casa de Tolstoi, se cae del trineo. Un pasaje extraordinario, blanco, donde la mujer se pierde en la nieve y toca el violín encontrado para que su marido y el conductor sepan dónde está, todo esto un poco antes de que los alemanes invadan la casa del escritor ruso.

Una ofrenda musical ensaya, como dicen los franceses, contando muchas historias, contar la historia de la humanidad. En ese sentido, es un libro-aleph, un libro metonímico. Habla de música, pero está hablando de todo. Es un gesto ambicioso a la vez que humilde, porque el autor queda casi completamente fuera de lo que escribe, aunque al mismo tiempo está completamente dentro, y eso se ve en su capacidad para hacer asociaciones que parecen hechas de antemano, pero que sin embargo surgieron en la cabeza de Luis Sagasti, que parece tener un algoritmo, entregándonos un libro que obstina lo desplegado en Bellas Artes.

Algo que me llama profundamente la atención, y que tal vez trascienda el espacio del libro o lo constituya, es la similitud de las entradas (los párrafos) con las entradas (los comentarios) de las redes sociales y foros de internet. Por supuesto, guardando la infinita distancia entre los contenidos y la intención. Hay algo de eso, sobre todo porque es lógico suponer que el autor también se documenta en internet. Con esto quiero decir algo muy sencillo: un libro como este da cuenta de un escritor que usa internet de un modo personal y devuelve la búsqueda de un modo histórico, restituye lo universal: “Ladra un perro lejos, como siempre a esa hora en cualquier lugar del mundo”. En el fondo, que es una historia comentada, algo así como los Comentarios Reales de Garcilaso, que justamente se titulan así para diferenciarse de los comentarios de los cronistas españoles, que de veraces no tenían mucho.

Por último quisiera añadir dos cosas: Una ofrenda musical  dialoga directamente con El odio a la música, de Pascal Quignard. Creo que esto es bien evidente, y el diálogo es desde Bahía Blanca, lo que me parece aún más interesante. Y esto es lo segundo: Sagasti logra invertir la relación histórica con lo europeo (¿con el tiempo?), porque cuenta La Historia del Otro en el mismo sentido en que un hombre le puede decir a una mujer qué es ser una mujer. Una ofrenda musical parece una ofrenda a los europeos, su historia vista por el subalterno. Es una lectura personal, no lo niego, pero podría decirse que es un libro para europeos, que invierte la epistemología histórica de los relatos, pero también es algo más sencillo y abstracto: es lo que está pasando en este mismo instante, se acaba el año, comienza otro, pero todas estas convenciones pueden derivar en que las estaciones, los días, las horas, reclaman su notación en el orden cósmico, que es un orden musical.