Claire-Louise Bennett: Estanque. Por Kati Lincopil

portada estanque


Claire-Louise Bennett: Estanque 
Eterna Cadencia 2017
160 páginas
$19.000

Por Kati Lincopil

Estanque es de esos libros que es difícil definir si corresponde a las llamadas “escrituras mínimas” o si explora más bien lo irrelevante. La línea que divide una forma de la otra es finísima. En estas veinte narraciones una mujer –presumiblemente siempre la misma– que vive sola en una cabaña en la costa oeste de Irlanda, y que al parecer gusta de la lectura, el vino, el arte y tiene cierta relación con el mundo académico, se dedica a relatarnos, consciente del lector al otro lado de la página, sus impresiones y pensamientos sobre el mundo que la rodea. Al parecer no trabaja, ni sale mucho de la cabaña, ni tiene urgentes compromisos. La protagonista duerme hasta tarde, cocina diligentemente, corta trozos de queso, da vueltas por la casa mirando los objetos, da paseos. Elementos limitados que son el pie forzado para explorar su ilimitado mundo interior, aunque uno más bien refrito por la comodidad y la soledad. 

Con la languidez de la feminidad victoriana y desde una sensibilidad extremadamente burguesa, la protagonista se ocupa en largas reflexiones sobre las perillas faltantes de un horno marca Bellin (en “Las perillas”) o en minuciosas contemplaciones sobre sus uñas, como en el relato “Mañana, mediodía y noche”: “Mis propias uñas por cierto están muy bien, la verdad no sé si alguna vez estuvieron mejor. Si insisten les cuento que me las pinté en la cocina el miércoles pasado después de almuerzo, y el tono con el que me las pinté, ahí mismo en la cocina, se llama Niebla de montaña. Que es un muy buen nombre; resultó ser un nombre muy apropiado. Porque miren, el color natural de mi uña, tanto la parte blanca como rosa…”.

Minucias, podríamos pensar, sin embargo Estanque, que por cierto es la primera novela de la autora, fue recibida con bastante entusiasmo. The New York Times definió a Bennett como “una escritora innovadora de real talento. En los Estados Unidos, nos encanta el trabajo maximalista, la gran Novela Americana. Pero Estanque nos recuerda que las cosas pequeñas tienen grandes profundidades. A diferencia del estanque cerca del cual vive la narradora, el Estanque de Bennett no es para nada superficial”. The New Yorker, por su parte, comparó la escritura de Bennett con la de autoras como Katharine Tynan y Emily Dickinson, y con libros como Walden, con el cual hace el siguiente contrapunto: “Mientras Thoreau anuncia repetidas veces su intención de consolidar una posición deliberadamente replanteada en el mundo, el narrador de Estanque trata de disolverse”. La protagonista no va tomando forma a través de los relatos. Más bien se diluye en él mismo, en la cabaña, en los guisos, en el desmalezamiento del jardín o en pensamientos sobre el desayuno: “A veces una banana va bien con el café. No tiene que estar demasiado madura — de hecho debería haber un claro resto de verde a lo largo del tallo; si no, olvídenlo. Aunque es cierto que es más fácil decirlo que hacerlo. Las manzanas pueden olvidarse, pero las bananas no; la verdad que no. De hecho no se toman para nada bien que se las olvide. Se marchitan, huelen a podrido y se ponen casi negras”. Es esa disolución que produce el estado de ensoñación que pasa cuando estamos demasiado tiempo solos, cuando hace horas no hablamos con nadie y de pronto la mente y la realidad comienzan a entremezclarse.

Y así. Narraciones de no más de una página sobre el puré de tomates (como el relato “¡Oh, puré de tomate!”) o largos párrafos sobre las naranjas españolas, las fuentes de fruta, las ventanas, las uñas de los pies recién cortadas o la contemplación de un estanque. Para Bennett, en sus propias palabras, “los objetos no son simplemente cosas funcionales insensatas, sino materiales, sustancias, que tienen un aura, una energía, incluso, ocasionalmente, una numinosidad…”.

Tanto ocio, tanto tiempo libre y la casi ausencia reflexiva en las narraciones de Bennett pueden volverlas exasperantes. Es necesario, pienso, tomar una posición política, ética. Definir el lugar desde dónde leemos, escribimos, observamos o emitimos juicios.  Nuestra sensibilidad es política. Lo que nos afecta, lo que nos importa, lo que dejamos entrar o salir. Lo que nos violenta o nos satisface. El lenguaje es, después de todo, administración de la realidad. Toda obra, en este sentido, es política. Quizás la contingencia nos ha demandado posponer la larga contemplación de las ensaladas, las tinas que se llenan o la lluvia por la ventana. O hemos desarrollado otras sensibilidades. Es difícil no pensar en que no todos tienen tinas que llenar; ni tiempo para contemplar las maravillosas y exquisitas fuentes de fruta; ni todas las casas ventanas desde las cuales ver la lluvia caer. En el invierno chileno, por ejemplo, para muchos, la lluvia cae puertas adentro.