
Daniel Pachas Rojas: Carne.
Ediciones Cinosargo – Poesía 2011, 42 pp.
Por Vicente Meza-Rutllant
En Carne, libro de poemas de Daniel Pachas Rojas, encontraremos la doble apuesta por lo que suele calificarse dudosamente de “alta” y “baja” cultura, es decir, de referentes y citas que parten de los clásicos de clásicos (como Kafka, Dostoievski o Flaubert) hasta elementos de la cultura pop (Tarantino, Nirvana y los White Stripes). Y es a partir de este doble registro que comenzará a configurarse el universo intertextual del libro, mediante epígrafes y citas, que en el caso de las cinco partes del poema “educación sentimental” llegará al extremo de introducir y resinificar párrafos enteros de autores como Henry Miller, en el diálogo de urdimbre que propone el libro.
Como su nombre lo indica, el asunto del libro es la carne, pero no en un sentido funerario o elegíaco, sino en el de la carne como búsqueda de una catarsis liberadora a través de la violencia y la pornografía. Estos deseos catárquicos, en algunos poemas, serán buscados mediante la combinación de la experiencia virtual y la imaginación, como por ejemplo en el poema “taking in the laundry shoot”, donde se entrecruza el deseo sexual y el nombre de dos actrices pertenecientes a la red pornográfica de internet: “todo se resume en/ correrse la paja/ ver a rachel roxxx mamando/ o/ encularse en la mente a jayden james”. Este cruce entre realidad virtual y deseo, también tiene su correlato en el deseo de violencia, por ejemplo en el poemas “Resident evil”, que con su título alude al famoso juego de computador homónimo: “Nada mejor al día/ como reventar la cabeza digital de un zombie/ con una Deseart Eagle”
En resumen, al leer el libro de Rojas Pachas, asistimos a la trasgresión intima -porque ocurre solo en el campo de la realidad virtual y de la literatura (la relectura de textos) en relación a los pensamientos y relatos privados del hablante- de un ritual de saciamiento o de desahogo, que en su afán de liberación, configura una estructura torbellinica a partir de experiencias privadas, fragmentos intertextuales y un lenguaje desapegado de las reglas gramaticales: “es sólo vómito…/ mucha rabia, carne y letras atropellándose”
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Daniel Cassany: La cocina de la escritura.
Anagrama, Colección Argumentos.364 pp.
Decimoctava edición, noviembre 2011.
Por Gabriel Zanetti.
Quizás lo único que podríamos afirmar respecto al cómo se debe escribir es que no hay una manera rígida para hacerlo, tampoco manera correcta, válida o única, sino que trabajos menos o más logrados respecto a la propuesta que se presente.
Para conseguir lo anterior se requiere leer mucho, ensayar gran cantidad de borradores, y, según tiendo a creer últimamente, una cuota de talento, que a lo mejor no es otra cosa que una mezcla de tozudez, ego desmedido -y misteriosamente controlado- o una enfermedad que facilite rituales, hábitos y obsesiones.
No me atrevo a decir que sólo leer sea lo más importante para aprender a escribir como se repite tanto. De ser así, año a año saldrían de las escuelas de literatura al menos veinte escritores al año que valdría la pena leer y no es así. Sin duda leer es crucial, elemento fundamental para tener conocimientos sobre los procesos literarios y estética. Para adquirir nociones mínimas de sintaxis, redacción, en fin, saberse algunas mañas del oficio y saber aplicarlas.
En este sentido Daniel Cassany hace un gran trabajo al deshilachar con extrema legibilidad ciertos mecanismos y técnicas que los escritores usan a diario. Incluso las más básicas, que suelen ser las más importantes y difíciles de aprender, son expuestas con tal claridad y pedagogía -sin dejar de lado la profundidad- que hacen de este libro un buen compañero para escritores, profesores de Redacción o talleres literarios.
“No tengas prisa” dice Cassany en su Decálogo de la redacción y recordamos a notables exponentes y alguna anécdota. Por ejemplo a un joven Erick Pohlhammer preguntándole al poeta chileno Gonzalo Rojas cómo había logrado escribir lo que había escrito y a éste respondiendo: “demorándome”. O el más reciente Vila-Matas con su ensayo “Apresúrate despacio”. “Piensa en tu audiencia” apunta a la noción contemporánea de un lector y su participación en la lectura. “Repasa la prosa frase por frase”, a lo que agregaría también verso a verso, por que estos consejos pueden ajustarse a cualquier género.
Luego del prólogo, en el apartado 1. Lección magistral, Cassany nos confía su propia experiencia de aprendizaje. “De mayor aprendí a relativizar el conocimiento y a verlo simplemente como la explicación más plausible, pero no la única, que podemos dar a la realidad. Me di cuenta de que el saber no existe al margen de las personas, sino que se va construyendo a lo largo de la historia gracias a las aportaciones de todos”. Más adelante: “En el terreno de la lengua, este punto de vista epistemológico relativizador me parece imprescindible, porque —si cabe— los hechos son todavía más opinables y controvertidos que en otras disciplinas. No quisiera que nadie tomara los consejos que doy en este libro como verdades irrefutables —y que más tarde, leyendo otros manuales, se sintiera engañado, como me pasó a mí de pequeño—.”
No es la biografía del autor lo que interesa, sino el gesto introductorio. La conciencia de la multiplicidad de miradas al respecto de lo que se va a tratar más adelante. También es un signo de madurez, de trajín, de conciencia respecto a los límites que pueden tener las verdades expuestas.
Influenciado principalmente por la tradición anglosajona, en filósofos británicos como Carlyle o Spencer o en el manual de redacción estadounidense The element of Style, La cocina de la escritura constituye un interesante manual, específico y extremadamente legible, con lo que el abanico de lectores posibles es inmenso. Ejercicios de desbloqueo, teoría de párrafos, poda, selección sintáctica, prosa disminuida, correctamente apartados y explicados.
Un acervo de herramientas útiles no sólo para escritores o profesores, sino que para una gama inmensa de lectores, ya lo he dicho. El hecho de que esta, sea la decimoctava edición, reafirma desde los lectores –en algunos casos es el criterio que más importa- esta afirmación. Más todavía siguiendo al autor, quien apunta: “La vida moderna exige un completo dominio de la escritura. ¿Quién puede sobrevivir en este mundo tecnificado, burocrático, competitivo, alfabetizado y altamente instruido, si no sabe redactar instancias, cartas o exámenes? La escritura está arraigando, poco a poco, en la mayor parte de la actividad humana moderna”.
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Tengo el extraño privilegio de ser parte de la generación puente entre el botón y la pantalla. No se engañen con aquello de “esta gente ha crecido con el internet” porque es mentira. Desde el pueblo con complejo de ciudad del que vengo internet se percibía tímidamente, desvelándose poco a poco, con extrañas oportunidades adolescentes. Mis padres nos ofrecieron la falsa elección entre la enciclopedia catalana y el internet. Falsa, porque eligieron ellos, los pobres, y compraron la enciclopedia, que a estas alturas luce más nueva que cualquiera de los varios ordenadores que ha precedido. Cosas que pasan en los pueblos con complejo de ciudad.
Les cuento esto porque creo que eso nos deja en una posición privilegiada, porque comprendemos ambos mundos: aquél donde la virtualidad no era siquiera un sueño, y aquél donde es un agobio. He oído a expertos en medios sociales hablar de las limitaciones de las relaciones internáuticas. Pobres, pobres los expertos. ¿Qué relaciones internáuticas? Dirán relaciones. Así, a secas. Es enternecedor cuán rápido el ser humano fagocita la tecnología y cuánto tarda en digerirla. Léanse The Shallows de Nicholas Carr y verán cuán confusos estaban los clásicos con la aberrante tecnología de la escritura. Pobres expertos y pobres humanos.
Todo esto viene a modo de introducción de un modesto pero ingenioso experimento de una agencia de comunicación llamada Uniform. Explorando la interacción entre el mundo de tierra y el mundo de bytes diseñaron un pequeño artilugio que escupe un chicle redondo y gordote que procede a recorrer con una alegría inaudita unos canales de papel cada vez que se les sigue en twitter. Ah, la simplicidad. Nada más tonto y nada más satisfactorio. Bum, bum, bum, va el chicle. @, @, @ va el twitter.
Lo que les decía, que somos el puente entre el botón y la pantalla. Y todo es lo mismo. Twitter y los chicles. Mascar, mascar. Mascar y escupir.
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Escritura creativa multidisciplinar: poesía, narrativa y periodismo literario.
Prof. Gabriel Zanetti Reyes.
Experto en Creación Literaria Multidisciplinar, Escuela de letras de Madrid, Universidad Camilo José Cela, España.
Inscripciones en la Dirección de asuntos estudiantiles (DAE) o al mail gabrielzanetti@gmail.com
Presentación.
El Taller de Escritura creativa multidisciplinar está destinado a jóvenes que tengan sensibilidad artística e interés por profundizar en la lectura y escritura literaria. Mediante clases teóricas y prácticas -escritura en clase y casa, análisis de novelas y cuentos, apoyados y subordinados a las guías desarrolladas por el profesor- se identificarán mecanismos, herramientas, funciones, características y efectos de las diferentes modalidades estudiadas y aplicadas, obteniendo así un conocimiento íntegro y profesional de la Literatura.
Además, los estudiantes adquirirán importantes herramientas para todos los ámbitos de su vida cotidiana y profesional. Daniel Cassany lo plantea con claridad en su libro La cocina de la escritura:
“… ¿Quién puede sobrevivir en este mundo tecnificado, burocrático, competitivo, alfabetizado y altamente instruido, si no sabe redactar instancias, cartas o exámenes? La escritura está arraigando, poco a poco, en la mayor parte de la actividad humana moderna”.
“… escribir significa mucho más que conocer el abecedario, saber “juntar letras” o firmar el documento de identidad. Quiere decir ser capaz de expresar información de forma coherente y correcta para que la entiendan otras personas”.
Algunos contenidos.
- Breve historia de la literatura contemporánea entre el siglo XIX y XX.
- Diferentes miradas sobre la escritura narrativa. Autores contemporáneos.
- Análisis de la novela El extranjero de Albert Camus.
- Narración en presente histórico.
- Campo semántico.
- Narradores: narrador identificado, narrador no identificado.
- Punto de vista, injerencias de autor, estilo.
- Análisis del cuento Funes el memorioso de Jorge Luis Borges.
- Tono.
- Ritmo.
- La imagen.
- Flujo de conciencia, correlato objetivo, monólogo interior.
- Análisis de la novela El guardián entre el centeno de J.D Salinger.
- Efectos.
- Obstrucciones.
- Análisis del cuento La corista de Anton Chéjov.
- Diálogo.
- Collage, poesía visual.
- Análisis de la novela Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño.
- Fforma y fondo.
- Análisis del cuento Un día perfecto para el pez plátano de J.D Salinger.
- Periodismo literario. Crítica literaria. Formalidades y estilo.
- Un viaje por la poesía chilena desde Nicanor Parra hasta nuestros días.
- Detonante – pre poema – el poema.
- Detonante – pretexto – texto.
Para más información escribir a gabrielzanetti@gmail.com – Fono: 26-76-96
Gabriel Zanetti (Santiago, 1983). Ha publicado un libro de poesía Cordón Umbilical (Spleen Ediciones + ML Edidiones, 2008), y la segunda edición del mismo (Malaletra Editores, 2009). También en las antologías Ventana Latina (Reino Unido, 2012), Chile mira a sus poetas, estudios y creaciones (Editorial Pfeiffer, Universidad Católica) Madrid, una ciudad, muchas voces (Madrid, 2011) Lecturas de poesía (Mago Editores, 2009). Ha participados en múltiples lecturas, encuentros y congresos, entre los que destacan “Chile Tiene La Palabra, Latinoamérica En El Corazón” (Santiago – Valparaíso) organizado por la SECH en 2007, “Congreso Internacional de Poesía Chilena” Universidad Católica de Chile en 2009, Navegaciones y regresos: Amor al Mar, las Caracolas de Neruda (Instituto Cervantes, Instituto Blanquerna, Madrid 2010) Tres poetas chilenos en Madrid (Casa de América, Madrid, 2011) y Bicente, exposición de poetas chilenos (Barcelona, 2010). Ha sido merecedor de la Beca de creación literaria Fundación Pablo Neruda en 2008. La Beca de mérito académico Escuela de Letras, Universidad Camilo José Cela, Madrid en 2010 y de la Beca de Capacitación, Perfeccionamiento e Investigación otorgada por el Consejo Nacional de la Cultura (CNCA) de Chile. Enero 2011. Actualmente es director de www.revistalecturas.cl, ganador del fondo de extensión y comunicación de Fondo del Libro, Consejo de la Cultura de Chile. 2010.
Más sobre el autor en http://letras.s5.com/archivozanetti.htm - http://gabrielzanetti.blogspot.com/
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Markos Quisbert: Cero glamour.
La liga de la justicia ediciones, octubre 2011. 63 pp.
Por Constanza Zanetti
El mundo presentado en este libro está lleno de nostalgia, los personajes que habitan en él no tienen nada sublime en sí mismo ni nada en que creer, no hay verdadera belleza que los rodee, un ejemplo de esto son algunos de los versos del poema ‘El amor era perfecto bajo las luces de neón’: “Pero ya sabe, es todo ciego como eyacular en el vacío./ Cubro los espejos, no creo en el más allá ni en mí./ Sufro incontables dolores, tambaleo/ al momento de acabar./ Soy lo que ven: un viejo que se orina las piernas” [1].
Así es evidente como retrata este poema, y sugiere el título del libro “Cero Glamour”, la estética propuesta en este libro es justamente la de la antiestética, por ello también el tema recurrente de este libro es el sexo, abarcado del mismo modo, sin erotismo ni romanticismo, sólo brutalidad y nostalgia, por lo que ni siquiera resulta un escape seguro para los personajes, sino que es como hundirse más en la mierda que los rodean o como dice Hernán Miranda, encargado del prólogo “Se vislumbran personajes y situaciones pertenecientes a un mundo traspasado por la realidad multimedia voyeurista, hiperestésica y omnisexuada que conforma el mundo real en que se desplazan los seres (…) entre el sueño y la vigilia, entre la pesadilla y la ensoñación” [2].
El terreno ganado por la antiestética, fundada hace mucho tiempo por Baudelaire, desde que él instaló el espacio de la ciudad, ya no es posible una poesía como la de cualquiera época anterior, no hay un centro, ni Dios, ni un héroe o personaje extraordinario, ni tampoco el lado bello de la naturaleza al estilo de los romanticistas, ni un ideal sudamericano como el que dejó instalado en Sudamérica José Martí. No hay redención. Sólo está, al contrario, el lado tosco y primitivo de la naturaleza. El mismo Baudelaire apunta: “Encontramos atractivos los objetos repugnantes;/ cada día descendemos un paso hacia el infierno, sin horror, a través del hedor de las tinieblas” [3]. Justamente lo que se muestra en este libro, el sexo sin adorno, grotesco, la vejez, la soledad, cosa de la cual Quisbert al parecer es conciente, como en su poema ‘Andar sin ropa, observar a las señoras’ un verso que parece nostálgico “los días en que escribir poesía era un acto de inocencia” [4].
Cero glamour tiene su peso crítico sobre estas situaciones, ya se presentan distintos referentes de la cultura pop, pornografía, la filmografía de Ron Jeremy, John Colmes; la televisión en general, gente común que quiere inmortalizarse en ella, la imagen de los reality shows y las cosas inverosímiles que ocurren en ella; cantantes o sex symbols, la imagen de Elvis Presley en Hawái rodeado de sus fans, una chica bailando como Beyoncé; algunos ídolos genéricos como gente que “coleccionan sus poses de vieja vedette con sombrero cowboy” [5]. Me parece por ello, personalmente, una crítica a la propuesta del neobarroso, nada de tul, ni maquillaje, soluciona nada de esto.
Los ídolos nombrados parecen reemplazar todos los hitos anteriores, ya no es la religión, ni los personajes políticos quienes son los íconos de la gente, por lo que a pesar de la estética en general grotesca, los personajes parecen querer encontrar alguna imagen de belleza, aunque sea ficticia, al parecer eso es lo de menos, ya que todos los personajes se instalan como espectadores, como voyeuristas del medio que consumen, un ejemplo de esto es el poema ‘A veces un sex simbol recurre al bisturí’: “A veces un sex simbol recurre al bisturí como todos aunque nadie lo admita/ Su estilo y apariencia nos ahorra el trabajo de ser tan sensuales/ ante los ciudadanos con vidas simples y ordinarias/ que beben y se reproducen al calor de una fogata/ que se extingue en el polvo./” [6]
[1] pp. 15
[2] pp. 11
[3] Baudelaire, Charles. “Al lector” en Las flores del mal. Buenos Aires: Gradifco, 2003. Poema, pp 13.
[4] pp. 19
[5] pp. 43
[6] pp. 45
Comentar este artículoLuis Marín: Ciudad sur.
Del aire editores, 2011.
Por Ernesto González Barnert
Nos pone de buen humor abrir un libro que va en dirección contraria al deber ser y a lo políticamente correcto; una colección de relatos o más bien de crónicas, a duras penas camufladas no sé si por cobardía o prudencia del autor, ante la posibilidad de un ataque a mansalva y sin cuartel de los protagonistas y vecinos. Chile es un país chico, un infierno grande. Y Marín el más literal de sus cronistas se disfraza de bufón en Ciudad Sur y nos desternilla de la risa, impostando el estilo escritural de un poeta fracasado, del montón, infectado de ese espíritu autodidacta que lo lleva siempre a estar haciendo gala de lecturas, bien bocaza, muy grandilocuente.
A la manera de un dilatante enterado ya de que no son los mejores tiempos para las bellas palabras o grandes hazañas. Y en su frustración vuelve con todo contra los suyos, los desmenuza en sus grises. Apenas manteniendo a raya el ímpetu y la necesidad de llamar la atención. Con ese toque, Marín, larga estos relatos que van dando cuenta de un deep south en el que todo pasa aunque realmente no a nivel de las grandes ligas, es decir, la capital, para los provincianos. Y desde esa injusticia tan cara al sentir aldeano instala una serie de sujetos condenados a codearse, hacer fortuna o llanamente sobrevivir, que hacen del arte su último recurso en la abulia de los días, en la bilis de creer que todo ocurre siempre más allá de sus narices, en una capital indiferente y narcisista. O como apuntan en contrapa sobre la serie de sujetos que pueblan este gran libro que es Ciudad Sur, primero Leonardo Sanhueza: “…un carnaval de esperpentos culturales: engendros salidos del libertinaje económico, la egolatría demente, las miserias de los artistas y las fanfarronerías literarias.” Y después Álvaro Bisama, “… una novela que se cuela en los rincones oscuros de la identidad chilena.” Yo hubiese puesto novela entre signos de interrogación. En resumen, el pan de todos los días en la oscura provincia o en este Chile que sigue siendo un pueblo chico de cabo a rabo. Y que ni siquiera saliendo de Ciudad Sur o Parición e instalándose en Santiago uno encontrará saneada sus querellas, léase las lihneas del relato Mester de Juglaría.
Marín huele la desesperación, la paranoia, la desfachatez, sin anestesia pero bufo. Y nos hace sentir la necedad desde el corazón de los involucrados, la mediocridad e ignorancia supina de la autoridad ejercida por mandos medios, la dejadez estudiantil y artística. Y sobre todo que en Chile con plata todos los monos bailan. Y el mejor ejemplo fue esa Universidad privada fundada por Carlos Barra Acún a propósito de Biografía de un emprendedor.
Por tanto, Luis Antonio nos lega un panorama regional deprimente pero también vivo en su fragilidad, en su deseo de ser un polo de atracción, un sur, convengamos, para todo el año. Solo que no le quita el rencor, la violencia, el desmadre. Ese acento soldadesco, bruto, pero también cursi e ignorante. Forzando la comparación de mi parte, sin rebuscar demasiado, pienso en un Detectives salvajes sin hilo, deshilachado al fragor del paisaje, la paz armada, el mosto corneliano. Más patético. O una Conjura de los necios donde el infierno son los demás y no solo el protagonista de estos relatos. Colada por la sabiduría cunetera, es decir, de la cita directa. Y la fineza de un Borges de bolsillo y literatoso para esconder la tristeza de no vivir donde las papas queman. Súmale la lectura de la Biblia de los que la leen a pedazos, seriamente, y no la de los que la repiten como loros sin entender nada de nada en el templo… una tierra impune, donde se aplaude al ladrón y al sanguinario, donde el mentecato es tenido por sabio y el sabio muere vomitando a las afueras de una Biblioteca.
Sin duda, no debió partir con tres citas, es novato. Tampoco debió hacernos reír tanto sobre nuestros amigos, conocidos y enemigos con un libro a la altura de sus hombros, un metaforón genial, gárrulo y pertinaz que debiera ponerlo al frente de un panorama inexistente y donde las piezas blancas y negras están muy bien en tabla desde que murió Roberto Bolaño.
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Pablo Freinkel: Los destinos sagrados.
Galmort, 2010. Buenos Aires. 110 pp.
Por Constanza Zanetti.
La primera vez que leí está historia no se me ocurría una buena razón para que mereciera ser contada, ni nada significante en el encuentro de estos dos personajes, Jules el mercenario francés y Máximo el capitán prisionero, nada más que por sus evidentes diferencias, de ser la llamada pareja dispareja.
Otras cosas me molestaron, de la mal elegida crítica en su contratapa donde se mencionaba un estilo breve y austero; algo tenía de cierto pero tampoco era una constante. De hecho las primeras páginas del libro son más bien pesadas y muy descriptivas, todo parece estar dispuesto para crear un ambiente solemne:
“El sol nuevo de la mañana impacta en las espaldas de los presentes y empuja hacia el yermo sus siluetas desmesuradas; sombras gigantescas, desproporcionadas, que se arrastran entre el pedregullo y algunas hierbas pálidas.
Amanece.” [1]
Luego está descripción de izar la bandera en el mástil, los saludos de los militares, el viento salino y el rito que continúa con el toque de clarín que ordena romper filas.
Y este aire solemne hizo que me hiciera mucho más sentido la lectura de Stephen Sadow, diciendo que se puede leer está obra como una historia mítica “La acción tiene lugar fuera del tiempo y en un entorno cruel e implacable. Los reclusos forman un coro griego; su deterioro físico y moral actúa como un comentario sobre la suerte del capitán y Jules, los “héroes” del drama.” [2]
La obra funciona como alegoría, es significativo que ni la isla, ni el gobierno, ni el resto de los personajes tengan nombre.
Sólo se sabe que los reclusos están en alguna isla de algún país de la América Hispana, que entre los prisioneros está el que antes los lideraba, el capitán Máximo y que están ahí como prisioneros de algún conflicto nacional en el cual han atrapado a su presidente. Luego un día se suma a los demás prisioneros el francés Jules, mercenario, al cual habían contratado para matar al presidente, pero descubrieron que su identificación era falsa y terminó recluso en la isla.
Los dos personajes se conocen y de inmediato se hacen amigos, ambos por lo demás tienen características heroicas, demasiado heroicas de hecho, como los héroes de antaño, Jules nos recuerda a Aquiles, se describe como fuerte, fornido y rubio; Máximo, a pesar de llevar más tiempo encarcelado como un personaje noble, valiente y compuesto.
Pensando que son los únicos dos personajes perfilados se podría inferir que Jules y Máximo pueden ser respectivamente la representación de europeos y latinoamericanos contra la represión de los poderosos y la corrupción de siempre.
Me gusta también la idea de aplicar la lectura que hace James Joyce a “Robinson Crusoe” de Daniel Defoe, haciendo una crítica al colonialismo. Si lo pensamos bien, Los destinos sagrados podría leerse de manera similar, los guardias de la isla son la representación del poder, la apropiación del poder, del colonialismo del que aún se habla, del cual no sé sabe bien si hemos escapado, del mismo modo que el lector no sabrá si Jules y Máximo lograran salir de isla, ni si estarán a salvo.
[1] pp. 9
[2] párr 5 < http://grupoculturallatertulia.blogspot.com/2011/08/los-destinos-sagrados-pablo-freinkel.html >
Comentar este artículoLucio Yudicello: Judas no siempre se ahorca.
Villa María. Eduvim, Colección: Tinta roja – Novelas policiales latinoamericanas. 124 pp.
€13.50- 16 USD
Por Adriana Santa Cruz.
La adaptación del policial de enigma dio como resultado textos interesantísimos que, consciente o inconscientemente, se plantearon cómo trasladar algo tan típicamente inglés a la realidad argentina. A partir de la transformación de la figura del detective y, sobre todo, a partir de un humor muy particular, encontramos gran cantidad de cuentos y novelas que buscan esa adecuación, pero con un toque personal. Judas no siempre se ahorca de Lucio Yudicello se ubica en la vereda de la parodia, lo que da como resultado una novela ágil, divertida y muy inteligentemente planteada.
La historia nace de la propia experiencia del autor (cordobés y dos veces finalista del Premio Clarín), según él mismo lo cuenta. Viviendo en Traslasierra (Córdoba), participó durante diez años en un espectáculo llamado “Estampas bíblicas”, que representa pasajes de la historia de Cristo. En algún momento se preguntó qué sucedería si pasara algo drástico dentro del relato tradicional. Y así nació este Judas que no muere ahorcado, sino asesinado con un punzón de carpintero.
Con el crimen consumado, la investigación queda en manos del juez Belisario Guzmán, Cacho Funes, el secretario del juzgado, bajo los efectos de algunas “influencias alcohólicas”, y Lucas Milosz, un escritor de historias policiales que por primera vez se enfrenta con un crimen verdadero en el que, para complicar más las cosas, entre testigos y sospechosos hay alrededor de cuatrocientas cincuenta personas que actuaron en la representación, que colaboraron de alguna manera o que asistieron simplemente como público.
En cuanto la comicidad, además del típico humor cordobés, existe también lo que Yudicello menciona como “la estela paródica de la novela de enigma”. Siguiendo esta idea, lo que se parodia en Judas no siempre se ahorca es todo un género, como en este caso es el policial de enigma.
Más allá de las cuestiones teóricas bastante complejas que están detrás del término “parodia”, podemos hablar de la existencia de una inversión de valores. Se toma aquello que define al género policial, en nuestro caso, y se lo reelabora en clave humorística. ¿Sin embargo, qué se toma del policial? Lo que el autor está parodiando, básicamente, son ciertos estereotipos a los que las historias de detectives nos tienen acostumbrados. Sin embargo, acá no hay una burla acentuada o una degradación ni de la figura del detective ni del proceso de investigación.
Dentro de los estereotipos, en primer lugar, es común encontrar en el policial de enigma una estructura narrativa que parte del detective que se reúne en algún bar y cuenta su historia ante un auditorio atento y ávido de escucharlo. En la novela de Yudicello, hay un narrador en primera persona que nos trasmite el relato del juez Guzmán ante los parroquianos del bar-restaurant El Tábano. Lo cómico es el abanico de personajes que escuchan la historia, sus comentarios y sus reacciones pero, sobre todo, el personaje del doctor Maresca, quien no pierde la oportunidad de mostrar su fastidio por la extensión de lo que está obligado a escuchar. Todo esto está muy lejos de los sumisos oyentes que tenían los detectives tradicionales.
En segundo lugar, la figura del detective inglés, poco representativa para la literatura argentina, es reemplazada, generalmente, por la del comisario. En Judas no siempre se ahorca, tenemos un juez, a través del cual se trasluce una cierta parodia de los métodos del detective tradicional y, sobre todo, de las intrincadas explicaciones que llevan a la resolución del misterio inicial. El lector irá siguiendo el razonamiento de Belisario Guzmán, pero también notará que muchos de los comentarios de los parroquianos del bar cumplen una suerte de leve crítica al derrotero seguido por dichos razonamientos.
Finalmente, la parodia también alcanza el lenguaje, y la descripción de situaciones y personajes. Si a todo lo anterior le sumamos la intertextualidad, explícita o no, con la literatura, el cine y el texto bíblico, podemos afirmar que Judas no siempre se ahorca es una excelente novela que une humor, suspenso e ironía en un ambiente rural más que adecuado para los hechos que se relatan.
Comentar este artículoPor Gabriel Rodríguez
Fue en la última edición de la Seminci cuando se presentó en España El niño de la bicicleta, el último trabajo de los hermanos belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne. La película, cuya aspereza social recuerda de forma ineludible a los trabajos de Ken Loach, nos cuenta la historia de Cyril, un niño de doce años que es abandonado por su padre. Este primer golpe en frío implica al espectador desde el comienzo, que comprende de forma rápida lo que a Cyril tanto le cuesta aceptar.
Aparte del realismo social de Ken Loach, la otra referencia que viene a la mente es el Antonine Doinel de “Los cuatrocientos golpes”: un preadolescente abandonado a su suerte y sin más armas que su ingenio para intentar que no se hunda el suelo inestable que pisa. Sin embargo, mientras que en la película de Truffaut se nos permitía ver lo suficiente como para sentir cierta empatía hacia las gamberradas del protagonista, en la de los hermanos Dardenne no hay tales concesiones. La narración es de lo más seco y si el espectador quiere justificar o al menos comprender el comportamiento de Cyril, tendrá que poner bastante de su parte. La cercanía que hay en Doinel y que nos permite identificarnos con el niño travieso que todos llevamos dentro en mayor o menor medida, no aparece en Ciryl. Nada nos ofrecen los Dardenne para que nos resulte siquiera simpático. Es egoísta hasta el solipsismo, como un náufrago al que no le importara pisar a los demás para intentar salir a flote.
Condenado como está a asirse antes o después a alguna figura adulta, duda entre las dos que se le ofrecen: la peluquera de buen corazón, Samantha, y el macarra del barrio, Wes. Estas dos opciones, de largo y corto alcance respectivamente, hacen que la historia se desarrolle sobre la estructura básica de los cuentos de hadas: el niño abandonado por su padre se encuentra con dos personajes antagónicos, encarnaciones del bien y del mal. Samantha es el hada buena y Wes la actualización de una bruja clásica. Claro que para Cyril la elección no resulta tan sencilla.
Narrativamente, la película es bien austera. Las localizaciones, escasas y sobrias, parecen haber sido escogidas para recordarnos las pocas escapatorias que puede haber en una barriada obrera; se podría decir que remiten a la letra de la canción Cine, cine, cine de Aute en la que comparaba con un paredón el mar al que Antoine Doinel llegaba al final de su escapada. Tampoco el vestuario de los actores resulta demasiado exuberante. De hecho, no varía lo más mínimo. Cada personaje repite modelo como si asumiera así que desde su nacimiento está confinado en un mismo rol que no puede cambiar.
Fruto de todo ello es la tensión que recorre la cinta de principio a fin. Si en lugar de una película tuviéramos delante una escultura, sabríamos que la hemos obtenido por un proceso sustractivo, eliminando lo ornamental y lo prescindible a partir de un producto más refinado con objeto de quedarnos solo con la esencia. En “El niño de la bicicleta” no hay concesiones ni pausas, nada que distraiga del hilo argumental. El ritmo es frenético y solo el reducido metraje hace que el ejercicio de funambulismo se pueda mantener.
Y es que Cyril parece pedalear no como un niño de las afueras de una ciudad de provincias, sino como un funambulista sobre un cable y sin la protección de la red sobre el abismo. Se diría que la calma le aterra, que tiene miedo a detenerse y pensar, que solo pudiera continuar pedaleando sin que importe la dirección en que lo hace, solo el propio movimiento.
En ocasiones tomar el camino aparentemente más sencillo supone un acto de valentía. Cuando uno intenta escribir pronto descubre que hay dos registros, dos formatos, en los que la cosa fluye de manera mucho más fácil: la carta y el diario. Curioso: dos formas de escritura destinadas a una cierta intimidad (a una publicidad controlada). Por eso, en el momento en que alguien decide entregar algo como un diario al ojo escrutador del público se disparan en el lector al menos dos sensaciones encontradas. Por una parte entendemos que escribir un diario resulta mucho más asequible, desde el punto de vista de la fuerza y del talento que hay que poner en juego, que armar una novela. Eso hace que contemplemos a su autor como más próximo a nosotros (o sea, que le restemos algo de mérito). Pero, casi al mismo tiempo, también entendemos que divulgar algo tan propio como un diario entraña una buena dosis de riesgo. Uno no está tan protegido como cuando se ampara tras el muro de la ficción. Quien publica un diario —o un epistolario— se expone a que el dictamen virtual que teme todo escritor —a saber: el «y a mí qué me importa todo esto» del lector— le alcance, le hiera, de un modo más profundo.
Siendo consciente de ello, porque el autor que hoy nos ocupa no parece ningún ingenuo, Juan Malpartida resuelve poner en nuestras manos una colección de impresiones personales entre los años 1990 y 2000 con el título de Al vuelo de la página. Juan Malpartida. La verdad es que es casi un nombre artístico. Suena a tipo sin pasado, como los personajes que durante tanto tiempo encarnaba Johnny Depp, o a mercenario al margen de la ley pero con un código de honor propio. Y desde luego encaja como un guante para la profesión de escritor.
Cuando hablamos con cierto detenimiento acerca de otros, en realidad estamos desvelando mucho de nosotros mismos. La naturaleza de este Al vuelo de la página la pone de manifiesto bien pronto el propio Malpartida cuando se ocupa de Montaigne. En efecto, al escribir acerca del inventor del género «ensayo», de ese francés incisivo y de redacción aparentemente inopinada, Juan Malpartida se delata. Juan Malpartida quiere hacer como Montaigne. Hablar de todo y de todos, hablar del mundo (que es una de las maneras de hablar de la literatura) hablando, si no de sí mismo, sí desde sí mismo. Hacerlo, además, como quien no quiere la cosa, ligero y sin lastre, eludiendo sistemas y pesadas arquitecturas, a vuelapluma, al vuelo de la página. Pero Malpartida sabe que ya no se puede escribir como Montaigne. Al menos de un modo confeso, evidente. Ya no podemos titular «De la costumbre y la dificultad de cambiar los usos recibidos», «De la amistad» o «De los caníbales» a nuestras observaciones.
Pero podemos seguir escribiendo acerca de esos asuntos bajo un disfraz más acorde al signo de los tiempos, o sea más liviano. Eso parece haber pensado Malpartida al camuflar sus ensayos —porque, no nos engañemos, Al vuelo de la página se parece más a un libro de ensayos que a un diario al uso— bajo la pintura de la entrada cronológica, de la levedad de la anécdota. «Un diario de este tipo se puede acabar en cualquier momento. Carece de estructura, de planteamiento, nudo y desenlace, de idea central: es un poco como la vida misma, zigzagueante, repetitiva, pero, eso sí, algo más breve» (p. 191, mayo de 1995). Lo que les decía. Malpartida quiere lo que todos: atrapar la vida, someterla al yugo de la página, Quizá por eso lo ha intentado de las diversas formas que conoce el occidente moderno: con la poesía, con la novela y, por fin, con el ensayo. Es posible que haya algo del Malpartida novelista (toda novela es un patchwork) en Al vuelo de la página, pero lo que resulta evidente es la profunda vocación lírica de su autor. Este es un libro de ensayos, sí, pero escrito con una atención por la palabra justa, por la sonoridad de la frase, que sólo puede obedecer a alguien preocupado desde antiguo por el verso.
Además de la mención explícita a Montaigne (en la entrada correspondiente a noviembre de 1992), y de esa descripción de la naturaleza de su obra recién mencionada que le sitúa de modo inequívoco en la misma disposición, al final del libro encontramos, en anotación esta vez del editor, un recuerdo para François de la Rouchefoucauld. Ese gesto subraya aún más la voluntad de Al vuelo de la página de inscribirse en esa corriente, en esa tradición, de esos críticos de la cultura que fueron los moralistas franceses.
Si todo escritor es un mentiroso, podemos decir que un poeta lo es doblemente. Juan Malpartida subtitula como diario algo que propiamente no lo es, quiere darle apariencia de volatilidad a esta colección cuando salta a la vista que se trata de un ejercicio de composición lingüística meticuloso y calculado y, desde luego, no se trata de un libro breve. Son cuatrocientas sesenta y dos páginas de letra apretada y de consideraciones no exentas de densidad.
Personalmente me alegro de esas mentiras. Me han servido para descubrir a un autor con algo verdaderamente difícil de conseguir: una voz propia. Y eso a pesar de que la figura tutelar de Octavio Paz —autor muy apreciado y citado en estas páginas— aparezca aquí y allá (no sólo su figura, también algo de su estilo y de sus preocupaciones características). A la luz de lo escrito, prefiero que esto no sea un diario en un sentido estricto. Disfruto mucho más del Malpartida crítico literario que analiza brillantemente a Roberto Juarroz o del ensayista-filósofo de entradas como «Secularización y epilepsia» o «Cioran», que del Malpartida más apegado al «género diario» que airea cotilleos acerca del premio Loewe de poesía o sus desencuentros con determinados autores de antologías poéticas. Cada vez que habla de política me alejo de él, cada vez que habla de literatura me vuelvo a acercar. Y eso que en el límite entre ambas se desenvuelve de maravilla, como en ese lúcido dardo llamado «Federico» en el que, sin perder la sonrisa, denuncia la inflación de la figura de García Lorca en España.
A este Al vuelo de la página le falta algo de gracia, algo de velocidad. A cambio nos ofrece, insisto, una notable dosis de reflexiones —y, ojo, de reflexiones propias— que merecen una digestión pausada. También transmiten al neófito (si es que hay alguno que se acerque a una obra como esta) un buen número de referencias poéticas y literarias que responden a cierto canon contemporáneo que, no por repetido, deja de ser valioso o interesante. No sé si Malpartida es un valiente, un temerario o un satisfecho. Quizá tenga algo de todo eso, lo que está claro es que no se esconde: a la hora de opinar procede con resolución y desembarazo. Al vuelo de la página es un texto complejo tras el que cabe adivinar una personalidad del mismo jaez. Un movimiento audaz por parte tanto de su autor como de su editor que deciden, en tiempos como estos, apostar por el pensamiento.