Carlos Correas: Los jóvenes. Por Pablo Sheng

los jovenes

Carlos Correas: Los jóvenes
Editorial Mansalva, 2012
126 páginas
$9000

Por Pablo Sheng

 

Producto del escándalo judicial generado por la publicación en 1959 del cuento “La narración de la historia”, Carlos Correas decidió esconder “Los jóvenes”, hasta que el escritor Jorge Lafforgue, en una lectura pública, leyó un extracto. Gracias a la edición de Mansalva, hoy conocemos, de manera íntegra, la nouvelle junto a otros cuatro cuentos.  Esta compilación otorga visibilidad a quien se le considera precursor de la contracultura gay, también de las escrituras de los Lamborghini, Perlongher, Copi o incluso Puig.

“Los jóvenes” abre el conjunto. Es una novela corta, centrada en la observación del Anchor, un cabaret marginal. Quien narra construye visiones materiales, de su escritura el espacio se exhibe lánguido e inmenso como un condón usado, donde personajes, hechos a pulso de una sintaxis mañosa, se alternan en un mundo falto de estructura y escatológico. Flor Podrida, La Loca Compadre, Potrillo Ovárico, Letrina, Lagartija Mamadora, quizá sean antecedentes de la obra de Osvaldo Lamborghini, o fueron leídos por Perlongher a la hora de construir un aparato estilístico kitsch, lleno de excesos y pasajes alterados, de movimientos lumínicos y voluptuosos, sexuales.

Carlos Correas también es un escritor inmerso en la ciudad. “La narración de la historia”, texto polémico, publicado por la revista Centro en principio, refleja salidas a cines, recorridos por calles de Buenos Aires, los deseos sexuales de los jóvenes gay. El cuento ahonda en las posibilidades del sexo de un estudiante de clase media, y de otro marginal, un chico dedicado a la calle. Estas posibilidades se expresan en el conocimiento del cuerpo y en el cruce homoerótico de las clases sociales.

“Las armas tiernas”, como “Los jóvenes”, entablan una intensidad, la experiencia, que no solo exige escribir objetos exteriores, sino apuntar a un resultado, mostrar al grupo, sus amigos, la juventud y el valor de las vivencias. “Las armas tiernas” trabaja en las zonas de lo urbano, la violencia, el delito y de nuevo las diferencias de clase. El cuento confirma, a partir de la experiencia pura, que el lenguaje de Correas no se adoquina, más bien produce un mal y se aleja de una prosa cómoda.

Completa la compilación “Algo más sobre mi caso”, un texto que ahonda en la relación del propio autor con Mariana, una travesti. Resalta el vestido de ella, largo y de lentejuelas doradas, que no deja de ocuparlo incluso cuando Correas la defiende frente a la policía. El cierre del libro confirma varios momentos, sobre todo el final, ya un Correas sexagenario, casado, observador de la convivencia de travestis con él, los vecinos y las calles: “Y Mariana, con sus críticas aventuras, me arruina en la peor crónica de costumbres. Así, cuando yo vuelvo de los mostradores de los andenes de Once, borracho, a los tumbos y fantásticamente a salvo, él aún no ha vuelto de sus únicos amores”. La experiencia misma, constituida en la errancia, aquí linda con la salida del edificio, en la intimidad de su espacio.

La publicación de Los jóvenes no ha sido juzgada en ningún tribunal, más bien encuentra, en la actualidad, lectores. Lo judicial debiera ser un hueco, probablemente hoy un texto adquiera mayor ruptura allí que en un círculo académico. Sin discurrir en ese análisis, me quedo con la sintaxis de Carlos Correas, la resistencia a la normalización, con “la matemática del semen”, la languidez de los espacios, la valentía de romper un poco el hielo y llegar al momento feliz de hablarnos de otra manera.