Cardani Parra: Du Maurier. Por Luis López-Aliaga

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Cardani Parra: Du Maurier
Editorial Cuneta, 2016.
144 páginas
$7.900

 

Por Luis López-Aliaga

El problema que tengo con las novedades no radica en su condición, sino en su agotamiento, ese breve salto a dejar de serlo. Entregadas a la lógica que las valida como tales, se vuelven rápido desecho, nada. La reseña y el reseñista entran en el juego y se someten al dictamen de “estar al día”, la pueril aspiración de una panorámica del presente.

Por el carril opuesto va la idea, romántica, esencialista, de que un buen libro se impone por sí solo, tarde o temprano encuentra su espacio. Para ellos no corre el aquí y ahora, el tiempo les resulta indiferente. Idea útil para aplacar las ansiedades, pero que cualquier análisis del campo literario vuelve ingenua y arrogante.

Un punto medio puede ser dejar que pase un año antes de escribir sobre un libro, una rebelión discreta contra el novedismo, el testeo decantado de nuestras lecturas del presente. ¿Cuánto se dice durante ese período sobre un libro? ¿Se agota, nos agota, qué deja pendiente y hasta cuándo?

Hace un año exacto presenté Du Maurier, de Cardani Parra y planteé algunos puntos que, en perspectiva, me interesa reafirmar, modificar o discutir en relación a otros comentarios publicados durante ese período.

Decía entonces que el universo que plantea Du Maurier es propicio para cebarse en una estética vintage o en un tono melancólico, nostalgicón, la crítica fácil de los tiempos que corren. Du Maurier es un hotel en el centro de Santiago, cerca del Palacio de la Moneda, que parece sobrevivir a destiempo, “la única luz que nos queda”, como dice el poema de Blanca Varela. Un hotel barato, 27 lucas la noche, que no es motel, aunque muchas veces llegan parejas a preguntar por el precio del momento. Un “hotel de pocos clientes”, según lo define Carlos, el narrador/recepcionista.

Pero Du Maurier no vive ni de la nostalgia, ni de ningún tipo de malditismo. La palabra decadencia no aparece en el relato de Cardani Parra. Se sabe que el pensamiento conservador chileno, Spengler de por medio, se afirma y reafirma en esta idea: el miedo y la rabia por lo que fue, por los tiempos idos y, sobre todo, por los privilegios que se perdieron en el camino. Idea que hoy en día se cuela, de contrabando, en textos literarios, series y películas que hacen de la nostalgia un negocio rentable.

¿Y entonces quién podrá defendernos? El narrador, siempre. La relevancia de su elección, su consistencia y punto de vista, opera en Du Mourier como contrafuerte y antídoto. Más testigo que protagonista, Carlos cumple, incólume, una doble función de registro: registra a los pasajeros en un libro donde anota sus nombres, procedencia y documentos de identidad, y en un libro paralelo da cuenta de los acontecimientos que ocurren a su alrededor. A modo de bitácora o diario de vida, deja testimonio de los 76 días que le dura el trabajo en aquel verano-otoño de 2014.

Fiel a la idea de que él está ahí solo para registrar, Carlos sabe mantener el temple, la distancia, cierta actitud que incluso puede catalogarse de displicente. La recepción opera como mirador o trípode: desde ahí registrar aquello que ve de los otros, pequeños fragmentos de historia sin continuidad dramática. Este punto de vista se lo impone su propio trabajo de turnos: hay un espacio vacío, un silencio o un libro que en otra parte escribe Camilo, el colombiano que lo reemplaza cuando Carlos no está en la recepción.

En esta opción (política, diría Tabarovsky con razón) se define el éxito del texto, su triunfo contra el conservadurismo y el quejerío. Es el poder y la responsabilidad que plantea el narrador, su punto de vista: “Mi ojo tiene un particular criterio de selección”, dice un poema de Watanabe. Y es como decir que el hablante, el narrador, se reserva el derecho de admisión. Carlos es un tipo riguroso, muestra incluso cierta rudeza, cierta marcialidad de raso, una intransigencia que descoloca. Conoce el trazado interno del edificio, los posibles cruces entre sus pasajeros, geográficos y generacionales, en tanto anota en el libro sus lugares de origen y sus fechas de nacimiento, pero no se los revela a ellos, no propicia el encuentro, y tampoco inventa lo que desde su posición de recepcionista no alcanza a ver. Esa es, digamos, la política de la empresa.

El resultado es un montón de historias fragmentadas, sin progresión, sin una trama que escale hacia un momento epifánico y definitivo. Porque Du Maurier es también una reflexión, a veces explícita, sobre los recursos y posibilidades del relato mismo; subversión tenue, sin aspavientos, contra el relato clásico, convencional, en consonancia con los recursos con los cuales el narrador moldea la historia. Carlos sabe de lo que habla. Sabe que el oficio de registrar conlleva una necesidad complementaria: “Leo como si fuera parte de este trabajo”, anota en el día 18. Lee de todo, las horas muertas se lo permiten, pero en especial lee sobre hoteles. Así se desmarca, por ejemplo, de El paraíso tres veces al día (Planeta, 1995), de Mauricio Electorat, donde también hay un hotel, un recepcionista y un variado repertorio de pasajeros que no se repiten. Pero “la diferencia es que en esa historia el protagonista en la página dieciocho conoce a una chica que hospeda, en la treinta ya están en la cama y en la página cuarenta y uno él le dice Te amo”.

Son las “grandes historias de amores imposibles o crímenes sin coartadas”, el gran relato que sustenta el espacio moderno de la continuidad y el progreso. Du Maurier se plantea, en cambio, en el terreno del no-relato, esbozos de historias, rastros que las mucamas, día tras día, se encargan de borrar con el rigor higiénico de un editor con experiencia.

Esta falta de estridencia y su correlato fragmentario se aprecia también en Raso (Ediciones Balmaceda, 2009) el primer libro de Cardani Parra. Allí, en formato de poemas breves, se recrea la experiencia del milico de menor grado e importancia ante el servicio militar obligatorio. Esa mirada se complementa con breves inserts del milico arbitrario que da la orden y la dudosa justificación de la moral patriótica. En cualquier caso, se trata del punto de vista de dos personajes menores, atrapados en su rol dentro de un sistema cerrado que, por proyección metafórica, remite a un sistema mayor que nos involucra a todos. Algo similar ocurre con el espacio cerrado del hotel, donde hay jerarquías, división del trabajo, normas y disposiciones sin origen claro ni sentido.

En Caldo de Cardán (Libros del Perro Negro, 2013) su segundo libro, el universo retratado es más amplio y expansivo, el tono más disperso, pero mantiene la disposición de una experiencia vital que se convierte en diario o bitácora de viaje. En este caso, el viaje literal de un chileno a La Paz, los mil días de su tránsito de turista a migrante. Es también una mirada de raso, a ras de piso, nunca desde la altura del poder académico, sociológico o histórico, de manera que priman pequeñas historias y personajes que dan cuenta del periplo del narrador o del hablante, según se quiera predisponer la discusión sobre el género.

Discusión pertinente y hasta necesaria en tanto refiera a un proyecto de obra más que a una mudanza. Si los dos primeros libros de Cardani Parra fueron leídos bajo las coordenadas de la poesía y Du Maurier bajo las de la narrativa, no significa asumir ahora un traslado, transitorio o definitivo, de un género a otro. Más certero sería, creo, plantearlo como una continuidad que proyecta una obra moldeada armónicamente con los recursos literarios de los que se dispone, provengan estos de la poesía o de la narrativa.

Sobre estos pilares, el autor parece también plantear una postura respecto al oficio, la sobriedad ante el gesto, mínimo, de publicar un libro, la negación de la estridencia y la verborragia. Una postura de resistencia ante la histeria inmediatista y el exhibicionismo sin obra.