BOLAÑO ANTES DE BOLAÑO Diario de una Residencia en México ( 1971 – 1972 )

Nosotros, que fuimos muchachos,
hoy somos épocas.

(Octavio Paz)

 

El tal Bolaño saltó –y solito saltó- todas las fronteras de modos y modas del oficio de escritor que desde muy joven se propuso e impuso. Me conozco el caso Bolaño –porque es un caso- desde sus orígenes. De alguna halagadora manera tengo un temprano acercamiento al dramaturgo, al poeta, al narrador Bolaño que fue. Pero, por sobre todo, al muchacho-joven Roberto Bolaño Ávalos en permanente crecimiento.

Casi dos años (1971-1972) viví en su casa, es decir, la casa de sus padres, en Ciudad de México, calle Samuel 27, una callecita de barrio de la Colonia Guadalupe Tepeyac, muy cerca de la Villa, el corazón religioso guadalupano. Entonces él era un muchacho de 18, 19 años, que se había venido muy niño, y con sus padres, desde Chile varios años antes del Golpe militar del 73, y que ahora abandonaba enseñanza secundaria sistemática, que se estaba día y noche leyendo y releyendo (de Kafka a Eliot, de Proust a Joyce, de Borges a Paz, de Cortázar a García Márquez), y fumando y fumando, y bebiendo tazones de té con leche, y enojado siempre contra sí mismo o contra el otro (que era acaso yo) o contra el mundo, de un enojo que no se avenía con su blanquísimo rostro barbilampiño o su atenta mirada de precoz intelectual.

Un Gaspar Hauser este Roberto (a imagen y semejanza del protagonista de la novela de Jacob Wassermann), que no salía de su habitación-sala-comedor sino para ir al retrete o comentar en voz alta, tirándose los pelos de su amplia cabellera, algún pasaje del libro que estaba leyendo. O para acompañarme pacientemente -él, un paciente e impaciente lector- a la fuente de soda de la esquina, mientras yo me bebía una cerveza Superior y él, un licuado de guayaba. O salir conmigo a la vivencialidad cotidiana y plural de un  México revelador de historia y vida más allá de Un domingo en la Alameda, el vivísimo e iluminador mural de Diego Rivera.

Yo entones escribía (los jueves) comentarios de política internacional (en especial el proceso chileno del Gobierno del Presidente Allende) en el diario El Universal y, a su vez (los domingos), artículos literarios para la Revista Mexicana de Cultura, suplemento dominical del diario El Nacional. El bueno de Juan Rejano (un español republicano exiliado en México y amigo de Neruda) me había abierto generosamente las puertas del periódico invitándome a colaborar en dichas páginas. Y colaboré durante todo ese tiempo mexicano tan mío.

El Premio Nobel a Pablo Neruda (1971) me sorprendió en México y tuve entonces materia y lectura para varios meses. Y Roberto se entusiasmó y se motivó al verme teclear todas las mañanas en la única máquina de escribir –una Royal portátilque había en su casa. Y, entonces, nos hicimos un horario. Por las mañanas, yo. Y por las tardes él ocupaba esa pequeña máquina de escribir.

“Tengo ganas de escribir una obra de teatro”, me dijo un día.. Y la escribió en menos de tres semanas. Una obra más gestual que textual, más mímica que parlamento. Con un sólo personaje, un personaje monologante que se burlaba de Carroll, de Kafka, de Joyce. ¡Y ya se estaba leyendo a Joyce –Retrato del artista adolescente-, y comentándolo!. (“Tengo que leerme el Ulises”, repetía varias veces). La obrita la envió a un concurso literario de La Habana, yo mismo lo acompañé a la Embajada de Cuba. No pasó nada. Pero por allí andaba la rejunta tácita de su futura escritura. El divino botón, diría Cortázar. Cómo lamento hoy, sin embargo, no conservar esa pieza, tal vez el único intento de dramaturgia en la obra de Bolaño.

Y después, hacia finales de 1972, yo regresé a Chile… Y Bolaño siguió en su México de la “región más transparente” escribiendo, ahora, poemas y cuentos y  capítulos que serían después tema para sus novelas. Y continuando él una relación (o coincidencias temperamentales) de acercamiento y de amistad con aquellos amigos poetas y escritores que yo había conocido en el México de mi tiempo y de mi residencia. Y de ahí, de ése su México -diciendo adiós a sus padres, si es que les dijo adiós-,  a Barcelona, siempre solo, a ganarse la vida y la literatura.  Y se la ganó.

Y con una narrativa en búsqueda de un lenguaje, ya no único, sino múltiple. Haciendo así cierta la frase de Margo Glantz: “La literatura puede servir como ensayo para aprender a desleer un mundo o como ensayo verbal para ordenarlo. La preocupación de escribir bien tiene ahora una oposición: la de aquellos que no creen más en los ceremoniales literarios”.

Desde muy temprano, entonces, sabía yo que estaba en presencia de un escritor fuera de serie, de un talento nato, de un intelectual impúribus. Le tuve admiración y aprecio y fe desde un principio, a pesar de nuestras siempre contradictorias relaciones de amistad y de literatura. Aun así, algo y mucho de afecto y de ternura rodeó siempre esa mutua relación de amistad. Me respetaba, sin duda, como su hermano, su compañero, su amigo.

La distancia del país de Chile y su lucidez de sismógrafo le permitieron ser el irreverente y el iconoclasta que fue en relación con las gentes y la literatura de su país natal, y de otras literaturas y latitudes. No muchos se salvaban de la guillotina verbal o escrita, del gesto iracundo o irónico de Bolaño. Tampoco se salvaba la realidad o irrealidad del Chile post golpe militar. Tenía sus razones, el hombre. Aunque Bolaño no vivió in situ la sociedad chilena, muchos antecedentes y datos, que luego serían temas para sus novelas e invenciones creativas, le llegaban más bien de oídas o de informantes a veces desinformados. En fin, ahora: un romper de lanzas y un quemar de inciensos.

En  agosto-septiembre de 1973, unas semanas antes del Golpe Militar, vino de México a Chile siguiendo la misma ruta que yo había hecho en sentido inverso (Santiago-México) un par de años antes. Esa mañana del 11 de Septiembre, y en este Santiago de Chile, se me vino de golpe, y en todo su dramatismo e intensidad, el premonitorio sueño que Roberto me había contado meses antes en el México de su/mi residencia: En el cielo había una espada azul. Una gran espada azul sobrevolando los tejados marrones y rojos de Quilpué.

Sólo que Quilpué era ahora todo Chile. Y sólo esa mañana, también, vine a interpretar en toda su dimensión ese sueño tan de vertiginosa espada cierta.

Aquí, en Santiago, se quedó en mi casa (Comuna de La Cisterna) durante aquellos dramáticos y salvajes días, hasta que pudo regresar de nuevo al México de aquella vivencialidad callejera de esos años primeros de la década del setenta. Y cuando Roberto Bolaño estaba lejos –la estrella distante– de ser el narrador que a cabalidad llegaría a ser veintitrés años después. Pero era ya el talentoso muchacho desencantado y encantado con la literatura:  Bolaño antes de Bolaño.

En ese México vivencial del 71, del 72, y con la siempre viva emotividad de un Chile muy actual y muy presente, y en todo su suceder y circunstancia de lo contingente-ciudadano, se escribieron cotidianamente estas verosímiles y nada de inventivas páginas. Varia materia en sus intimidades y pluralidades: notas, frases, apuntes, reflexiones, entrevistas, conversaciones, cartas, motivos, diálogos, discursos, artículos de prensa y, en fin, textos que se escribieron en la misma casa familiar de Bolaño, en la misma mesa, en la misma máquina Royal, en el mismo tiempo mexicano que me viví y nos vivimos.

Materia toda que da origen a este muy personal libro-testimonio en su pluralidad de tiempo, memoria, época. O a este diario mío en mí en sus anotaciones de viaje y errancia. O a este cuaderno de vida-vida, que eso viene a ser en definitiva, viviéndome o desviviéndome una vida como si fuese un libro, y viceversa. Homenaje fraternal, y literario también, a un Roberto Bolaño que conocí en su muchachez (antes de su estirón), y sigo admirativamente conociendo a pesar de su inquietante y desafiante frase: En el centro del texto está la lepra.

J. Q.

 

*

 

Canción para quebrar la piñata. Cumpleaños de Roberto Bolaño. María Victoria, su madre, llega por la tarde con una vistosa piñata para celebrar los 18 años del querido y malcriado hijo. No hay cumpleaños sin piñata, se dice en México. Y sin algarabías, cantos, sonidos de tambores. Una festiva tradición, un juego lúdico, un  desear suertes, parabienes y felicidades al festejado. Y no sólo al niño, niño; al niño hombre también. Menores y  mayores en un rito-fiesta-cumpleaños de alegres saludos. Toda una fantasía popular, de feria, de fiesta, de tradición que se prolonga y reaparece.

En el pequeño patio de la casa y desde la rama de un árbol de fresno la piñata cuelga luciendo todos su colores. Tiene la imagen y semejanza de una cabeza olmeca, toda hecha de cartón-piedra y revestida de serpentinos dibujos y coloreadas cintas de papel. Bella y atrayente pieza de artesanía, más bien. Cabeza olmeca que fue piedra-escultura milenaria, destinada ahora a ser destruida a golpes de palos por el propio cumpleañero.

 

Dale, dale, dale,

no pierdas el tino,

mide la distancia

que hay en el camino.

 

Y ahí está Roberto, pacientemente, con la vista vendada, en medio del ruedo y la algarabía, tratando de dar palos a la codiciada piñata. Palos de ciego, sin duda, o palos al aire, pues la esquiva piñata sube y baja atada a su cordel sin que Roberto pueda dar certeramente en el blanco. Un juego-juguete prodigioso y contagioso. Hay aquí una danza, un movimiento, un ritmo: un hombre joven, adolescente aún, tratando de alcanzar la piñata con la punta de un palo-bastón. Y un sol de papel a punto de caer. Mientras el canto va y viene, una y otra vez:

 

Dale, dale, dale.

dale y no le dio,

pónganme la venda

porque sigo yo.

 

Y el canto continúa hasta que al fin estalla la piñata en una lluvia de sorpresas y regalos para alborozo y dicha de Roberto. Y, naturalmente, de todos nosotros, sus alegres festejantes.

 

*

 

El transplantado o la mexicanidad de Bolaño. Roberto –y a una pregunta mía- me cuenta, muy a pata suelta y muy a su manera, su experiencia de ver, sentir y vivir una nueva realidad de país o de mexicanidad al venirse tan joven o muchacho a México:

“El salto de Chile a México me ha dejado casi indiferente. En Chile nunca tomé conciencia del país que habitaba. Y cómo iba a tomarla si todavía era un escolar pendejo que iba casi a regañadientes al liceo. No fui un buen alumno en ese liceo de Los Ángeles, ahí donde tú mismo estudiaste. Pero tú dejaste una huella, eras un escolar disciplinado, los profesores siempre te ponían de ejemplo. Yo no pasaba del cuatro, cuatro y medio como mucho, nota casi mala, y ¡en castellano!, imagínate. Me salvaba raspando, justo para pasar de curso.

“Para qué decir la historia, la geografía, las matemáticas. Todo me aburría. Mi pobre madre estaba casi todas las semanas justificando mis inasistencias. De manera que perdí la conciencia de ese Chile. O nunca la tuve, mejor. No la aprendí.

“Y aquí caí con mis errantes, vagabundos y tenaces padres, en este México, país del cual yo no sabía nada, absolutamente nada. ¡Qué iba a saber! Salvo, claro, las películas de Cantinflas o de Chachita o de Pedro Infante, y que hacían reír o llorar a mi señora madre en  la matiné de los domingos en el cine Imperio, de Los Ángeles. Y ahora algo voy sabiendo de su gente, de su historia, de su literatura, de los asuntos más curiosos en un país de curiosidades, sorpresas y misterios más bien ancestrales. Y algo que te puede extrañar o sorprender: de México he aprendido más viendo televisión que visitando bibliotecas y museos. Me avergüenza decirte esto, pero qué diablos. La televisión te muestra todo, a cuero limpio o sucio, desde un nostálgico desfile zapatista en la plaza del Zócalo a una batalla con mesas, sillas y pistolas en una cantina de la Colonia Guerrero.

“Para mí es un espectáculo este México, de toda novedad, aunque nunca he ido a Xochimilco ni a la Villa de Guadalupe, el folklore me tira los pelos, no tengo mentalidad de Kodak Y a diferencia de lo que tú llamas ese pasado maravilloso de México con sus cajitas coloreadas de Uruapan y sus portentosas culturas precolombinas. Esa visión de los vencidos no la veo en mis entusiasmos, yo que no tengo nada ni tendré nada de historiador. En cambio, yo me divierto mucho con estos programas en vivo de la televisión con sus dramas, sus porras, sus llantos. Son mis mejores lecciones de una mexicanidad, como llaman y hablan aquí los más intelectuales.

“Además, hay un libro, una novela, que me ha servido mucho: La región más transparente, de Carlos Fuentes. Leyéndola me entro página a página en los personajes e historias reales o ficticias de este México. Carlos Fuentes resulta ser para mí –el pobre lector que soy yo- no sólo el novelista sino un contador de historias vivas o reinventadas en torno a un México con tanta historia real o inventada.

“Mi primer acercamiento al México de hoy ha sido leyendo este libro. Hablaron de esta novela un día en la televisión, con una entrevista al propio Fuentes. La definían como una biografía de la Ciudad de México, una síntesis del presente mexicano, un país donde hay aire, sangre, sol, un tumulto sin nombre. Y, en fin, frases que me golpearon atractivamente. Me abrieron mi cabecita o cabezota. Me fascinó ese programa y lo que decía en la entrevista su autor. Él, muy elegante ahí en la pantalla.

“Al día siguiente le dije a mi madre, medio en broma, medio en serio: Mamá, fíjate que me estoy haciendo mexicano. Cómprame la novela de Carlos Fuentes, quiero encontrarme con lo que estos mexicanos llaman la mexicanidad… Mi señora madre se rió mucho, pero me hizo caso, y me trajo la novela. Y, claro, me encontré -¡y cómo que no!- con una novela que no solté de tan metido en sus páginas que estaba. Empecé a conocer la verdadera o ficticia cara de México, en que todo pasa y todo queda: lo laberíntico y lo redentoramente vivo.

“Entonces para qué me voy a mover de estas cuatro paredes de esta casa, nadie me molesta y no molesto a nadie, sino a mí mismo, y tal vez ahora a ti. Pues yo hago mío el grito de batalla de uno de los personajes de esa novela: Sé tú mismo, con todas las condiciones de tu vida”.

 

*

 

En casa de Roberto Bolaño. Me extraña ver luz en la habitación del comedor. Son las dos y tanto de la madrugada,  y como siempre llego muy entrada la noche a casa después de las largas y gratas reuniones del Taller de Poesía de la UNAM que, por supuesto, terminan en el Café La Habana o en el Salón Palacio, o en una que otra cantina de la calle Bucarelli.

 

Roberto está  allí, en esa habitación con luz del comedor, como siempre, muy sentado al extremo de la mesa, medio oculto tras el  humo de sus interminables cigarrillos (cuando no fumando Delicados, cuando no fumando Faritos) y que acompañan sus horas de sus largas e ininterrumpidas lecturas. Se alegra que al fin llegue, aunque esa alegría debe ser tomada a título de inventario.

“Te he esperado todo la noche”, me dice, con su imperturbable tono de afecto y desafecto a la vez, tan trato usual en Roberto. La espera tiene un resuelto y válido motivo: hacerme saber que por fin ha concluido su pieza de teatro de la cual me venía hablando estas últimas semanas. Y ahora quiere leerme algunos pasajes de su estreno teatral en casa  para saber mi opinión.

Siempre he tenido paciencia con un también siempre impaciente Roberto. Y aunque mi cabeza de trasnoche anda en otros laberintos, me despejo de un sorbo de café la cabeza para escucharlo con toda atención, aun cuando no soy entendido en parlamentos o textos teatrales, pero, sobre todo ahora que lo veo tan resuelto y animoso.

Arrimo una silla a la mesa del comedor, me siento a su lado, estiro mi mano hacia una charola con tortillas frías, y lo escucho atento.

“Escucha este título”, dice Roberto: Él también comete locuras o una mirada hipotética”. Y repite tres o cuatro veces ese título, como pensando o reflexionando sobre la validez de ese mismo título. Me pide mi opinión. Le digo que me sorprende admirablemente ese título y que tengo que conocer el texto. “No hay texto”, me dice, “sólo título”. Una obra en blanco entonces, nada de nada, imaginaria… “Sí, sí, sí.  Eso es, imaginaria”. ¿Beckett, Ionesco?, le pregunto. “¡Nada…, Bolaño!, Jaime”.

Me quedo unos minutos pensando en ese extraño y aparentemente absurdo título. ¡Qué titulo!, digo a manera de rezongo. Título como para un relato o un cuento, digo en voz alta. O para un texto ensayo. Un título muy literario, digo. Muy ideológico, agrego como para salir del paso o para dármelas de interesado en las cosas estrafalarias que escribe este nada de adolescente Bolaño.

“Se trata de un cuento”, me dice. “Un cuento o acción teatral para ser representado en la página de un libro o en un escenario: Un hombre que atraviesa desnudo una habitación; un hombre que va y viene con un libro abierto en la mano; un hombre siempre de perfil, nunca de frente. Después el hombre se sienta a ras de piso con la vista hacia la pared y de espalda al público. Una muchacha le trae una taza de café; la muchacha está vestida con un traje azulino de tul; la muchacha oculta la cara con una máscara, de las máscaras que usan aquí en los festivales de Pátzcuaro. El hombre recita un poema de Baudelaire, curiosamente un poema angélico. La muchacha canta una canción mixteca, curiosamente en inglés. Unos niños pasan jugando por el escenario y diciendo adivinanzas y trabalenguas. Uno de esos niños es curiosamente Rulfo jugando con un gallo de madera… Y hasta ahí va la escena.

Ahora no sé como salir o entrar con estos personajes del escenario o de la página. Estoy a medio camino”.

Un asunto muy loco, le digo. Raro de temas y confusiones. Fragmentos de personajes que sólo se muestran sin hacer ni decir nada. Qué tiene que ver Baudelaire con una muchacha mixteca, qué tiene que ver Rulfo, ¿tú nada de rulfiano? Y sigo: Un Godot en versión mexicana o, mejor, en versión Roberto Bolaño.

Lo de Godot, al parecer, lo anima y Roberto, se ríe de sí mismo, y a risas destempladas (como es su costumbre o mala costumbre). Y cae en un delirio de alborotada actitud.

Yo empiezo a sospechar, a estas alturas de la noche, que Roberto acaso esté tomándome el pelo; lo que no sería extraño en su afán de dejarme ahora en ridículo:  yo su improvisado interlocutor.

Y, sobre todo, a sospechar que el propio Roberto es ese hombre desnudo leyendo a Baudelaire; que el propio Roberto es esa muchacha con máscara de Pátzcuaro; que el propio Roberto es uno de esos niños jugando con un gallo de madera en un Roberto que no tuvo infancia ni juegos de infancia, pues creció de un estirón, saltándose esa etapa del divino botón para caer casi de golpe en el retrato del artista adolescente.

De otra manera ¿por qué ese enigmático título: Él también comete locuras o una mirada hipotética?

 

*

 

El sombrerero loco. De acuerdo con la convocatoria del concurso Casa de las Américas, voy con Roberto a las oficinas culturales de la Embajada de Cuba en la avenida del Paseo de la Reforma, a un par de calles de El Ángel, el alto monumento dorado de la ciudad.

Roberto entrega su obra de teatro de un acto y un personaje principal. Me quedo sorprendido cuando el funcionario de la Embajada le pregunta por el título de su obra. “El sombrerero loco”, responde muy resuelto y muy seguro Roberto. Digo sorprendido porque nada me había dicho Roberto de ese cambio de título para su obra que yo conocía en su versión primera, entre otras locuras o miradas hipotéticas.

“Nada de extraño”, me dice Roberto. “El título da lo mismo. Vino anoche un topo y me comió el título, entonces le puse otro, y aunque Carroll se enoje conmigo. Y mi obrita es una provocación también, tocarle la oreja a la gente, escupir para el lado, irse de lengua, en fin…, el Jodorowsky tiene también la culpa, esa serie de topos que él impuso aquí en México muy provocadoramente. Esos topos fueron mis lecciones televisivas permanentes”.

Como me doy cuenta que Roberto tiene las cosas muy claras, que el literatoso, en definitiva, soy  yo, y que podemos entrar en un terreno de dominio de nadie, lo invito al Café La Habana, ahí en Álvaro Obregón, a celebrar su postulación al concurso literario de Casa de las Américas.

Roberto me pone su mano derecha en el hombro, y muy seguro me dice: “¡Vamos…pero no cuentes a nadie de lo de mi Sombrerero loco”… Así será, le digo.

Después de todo me he ido acostumbrando a un Roberto capaz de las cosas más inverosímiles e insospechadas. Puede sacar gatos de un sombrero cuando uno esperaba liebres o palomas. Nunca uno sabe por dónde puede aparecer con situaciones curiosas y extrañas, y hasta ridículas y extravagantes. Esto del sombrerero loco es una de ellas, ¡qué diablos! O ¡qué locos!

*

Una fotografía de Primera Comunión. Roberto se ríe a carcajadas cuando le cuento que yo fui acólito o sacristán en la Capilla de las Monjas de la Caridad, en Los Ángeles, mi ciudad natal (y la ciudad casi natal de Roberto también), cuando andaba ya dejando la niñez y entrando en la adolescencia.

En esa risa de cascada de agua no bendita de Roberto está, sin embargo, toda su temprana incredulidad e irreverencia: “niño que fui soltándome de la mano de mi abuela en el Vía Crucis de un Viernes Santo”.

La religión lo tiene sin cuidado o no le importa mayormente. Aunque hizo su catecismo y su Primera Comunión (en una parroquia de Viña del Mar) cuando tenía 10 años, según una estampita de recuerdo y una fotografía en el álbum de familia. Roberto muy arrodillado frente a una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, una flor de nardo en su mano derecha, y una blanca cinta con su nombre de letras doradas en la manga de su traje azulmarino.

No me hubiese imaginado a un Roberto, con piadosa cara de niño, religiosamente concentrado más en la escena fotográfica que en la presencia radiante del Santo protector.

 

*

 

El maestro dixit. Roberto me acompaña a la primera de las siete clases y conferencias que el poeta y ensayista Octavio Paz dicta en el Colegio de México, una de las instituciones más prestigiosas y elitistas de la vida intelectual, académica y cultural del país. Ser alumno de Paz  y escucharlo hablar –el maestro dixit- durante casi dos horas es toda una notabilísima experiencia para todo mundo interesado en sus dialécticos decires, en la oralidad de sus ensayos, en su pensar y hacer pensar con arte y sentido crítico. Y un privilegio para mí que tengo esta tan única posibilidad de ser asistente a cada uno de sus cursos.

Octavio Paz habla del fenómeno poético desde el romanticismo hasta nuestros días y del fin de una modernidad para asistir al nacimiento de otra: “porque es el tiempo del salvaje, el negro, el chicano, el loco, el niño, el enamorado, la mujer, el homosexual, el perseguido; el tiempo del hombre torturado por la máquina social”. Roberto, sin embargo, al poco rato se queda dormido, apoyando una y otra vez su cabeza sobre mi hombro izquierdo, mientras Paz sigue hablando con énfasis de la rebelión y tradición en la poesía moderna.

Estoy tentado de darle un leve codazo para despertarlo, pero luego lo dejo en su inventando que sueño a riesgo de algunos de sus bostezos o ronquidos.

“Me dormí toda la conferencia”, me dirá después. “Los aplausos del público me despertaron”.

 

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Un “18” en casa de los Bolaño-Ávalos.  ¡18 de Septiembre en México! Qué lejos estoy del suelo donde he nacido, inmensa nostalgia invade mi pensamiento, dice una evocadora canción mixteca, que hago ahora muy mía en mi consuelo y mi fervor. La patria se agranda a la distancia y a la lejanía. Y sin caer en dramas patrioteros: Un “18” es un “18”. Acaso una de las pocas efemérides y tradiciones y festividades que dan fisonomía e identidad al país de Chile y a lo autóctonamente sanguíneo-chileno-alma.

El alma nacional sale a flote, entonces, en casa de los Bolaño. Ellos que llevan cuatro, cinco años aquí. Por eso ahora el país y el alma de Chile está en esta casa. Casa que une en un sólo corazón de chilenidad y sentimiento patrio y ánimo celebratorio. La mesa espera, las copas también. ¿Quién nos une en este instante, quién nos llama?.

María Victoria prepara las empanadas, cocina la cazuela, da sabores al pebre y al cilantro. Roberto y María Salomé decoraran con banderitas y guirnaldas tricolores todo el ancho living-comedor y se regañan mutuamente por el cóndor y el huemul en la heráldica patria.

León Bolaño, a veces tan indiferente pero el jefe de la familia al final de cuentas, cuelga desde la ventana que da al balcón de la calle una enorme bandera chilena, sacada de no sé dónde, pero que lleva al Estadio Azteca cuando la selección de fútbol de Chile visita este país.

Y yo, para no ser menos, preparo el ponche a la chilena, unos trocitos de durazno y un vino blanco Viña Undurraga comprado en los almacenes vineros del DF.

Nada se ha dejado al azar para este almuerzo dieciochero (con chilenos y amigos mexicanos también), si hasta un pintoresco y pirograbado cacho de buey –Recuerdo de Chillán– a la hora del brindis nacional. Y por si fuera poco, León y María Victoria ensayan un pie de cueca mientras los Cuatro Hermanos Silva tocan y cantan desde un disco RCA.

Entre el coqueteo de ella y la galanura de él, nuestro Baile Nacional hace el milagro de unir a esta pareja cotidianamente desunida. Danza la vieja gesta del amor: Frenesí y ternura, reto y acatamiento, fuego y aire, armonía y unidad. Vuela el bordado pañuelo al clamoreo del punta y taco. Como si se estuviera en una ramada-fonda de Mulchén, abriendo ruedo y espacio a los bailarines.

Roberto, sorprendido pero entusiasmado por la cueca de sus padres, se pone un sombrero de huaso -“me lo trajo un tío de Quilpué”, dice- y anima con las palmas de sus manos cada vuelta de la animosa pareja. María Salomé está lista para ofrecer dulces alfajorados en una elegante charola de Puebla. Y yo lleno unos vasos de ponche para celebrar a los unidos danzantes y brindar por la Patria lejana pero, aquí, presente.

 

Aro aro aro

dijo doña Victoria Ávalos

cuando me siento me paro.

 

*

Premio Nobel de Literatura a Pablo Neruda. 21 de octubre. 7 de la mañana en Ciudad de México. Cerca del mediodía en Estocolmo. Una insistente llamada telefónica me despierta muy temprano. Medio dormido atiendo la llamada. Es el poeta mexicano Juan Bañuelos (director del Taller de Poesía de la UNAM) que me comunica, muy enfervorizado, que el poeta chileno Pablo Neruda ha sido distinguido con el Premio Nobel de Literatura 1971.

La noticia me despabila de cuajo gratamente. No lo puedo creer, pero lo creo. Es una fiesta para Chile y para México, le respondo, enfervorizado también. El acuerdo es reunirnos en el Café La Habana al mediodía. Que este Nobel lo celebramos con tequila, le digo yo. Y vino chileno, agrega Bañuelos. Así será, le prometo.

Corro al dormitorio de Roberto (con quien había estado el día anterior haciendo apuestas sobre este Premio: Roberto se inclinaba por Borges. Yo, por Neruda). ¡Despierta! ¡Despierta, Roberto! Estas son las mañanitas. Y le doy la noticia. Roberto muy dormido (cada noche es un estar en vela en sus persistentes lecturas) no parece escucharme, y hace un  gesto instintivo de molestia. ¡Neruda, Premio Nobel!, le digo. ¡Neruda!, insisto voz en cuello, tratando de comunicar a todos los vientos esta importante noticia. Pero igual, no hay respuesta. Valoro la pesadez de su sueño, y me retiro de su recámara compadeciéndome de su profundo dormir.

El teléfono en casa de los Bolaño no deja de sonar. Las llamadas se suceden unas a otras. Mis amigos poetas mexicanos me saludan como si el galardonado con el Nobel fuera yo mismo, aunque de alguna buena manera lo soy, pues Neruda está más allá de Neruda, y es Chile entero (que es Neruda también) y la poesía de ese Chile entero, los merecidamente distinguidos con tal universal galardón.

Llama el poeta y ensayista Jaime Labastida, el periodista y poeta Orlando Guillén (diario La Prensa), Julián Gómez (de la Preparatoria Liverpool), Juan Rejano (director de El Nacional), el poeta Marco Antonio Montes de Oca, el poeta Efraín Huerta, la poetisa Telma Nava, la poeta argentina Diana Bellessi, la poeta uruguaya Elcira Souf Sacaffo, el poeta peruano Carlos Henderson.. y la lista sigue con el pintor chileno José de Rokha, Agregado Cultural de Chile en México, e invitándome a una recepción en la Embajada para celebrar a “nuestro compatriota”.

Las llamadas me llenan de orgullo y de contento (yo, un poeta chileno que aún no llega a los treinta) y, sobre todo, la de Pepe de Rokha, que saltándose personalismos familiares muy chilensis, expresa su regocijo en una pluralidad artística, literaria y cultural digna del cargo que diplomáticamente representa. Personaje admirado este Pepe de Rokha, a quien le sentí el corazón en su fraternal llamada de  esta alegría nerudiana.

Yo caigo como en un estado de delirio y alucinación poética y fervorosa. Y mientras me paseo alrededor de la mesa del comedor hablando en voz alta conmigo mismo, imagino unos diálogos con el mismísimo Neruda, él que dejó su caligrafía y su lenguaje en los muros de este México. Dice Neruda: “México, has abierto las puertas y las manos al errante, al herido, al desterrado, al héroe. Siento que esto no pueda decirse en otra forma y quiero que se peguen mis palabras otra vez como besos en tus muros…”

Y otra vez el teléfono. Y ante tantos insistentes timbrazos telefónicos, Roberto definitivamente se despierta, y como sonámbulo desorientado en su cuarto, trata de despejarse de su prolongado dormir. Me pregunta que qué hay, que qué pasa, al escucharme hablar y recitar en voz alta. Le digo que estoy en unos diálogos imaginarios con Neruda. Le cuento lo del Premio Nobel. Que toda esta maravillosa noticia ha ocurrido durante la mañana. Roberto, y sin quitarse aún su camisón de dormir, como salido de un resorte, me da un directo y espontáneo abrazo (en un gesto de ternura y comprensión poco usual en él), celebrando la feliz noticia.

Más que lo nerudiano en sí, a Roberto le ha salido a flote, sin duda, el hervor de lo chileno.

Le digo que hay que preparar un poema de Neruda por si nos toca leer durante el día, entre celebración y celebración que se va programando. Que yo tengo mi Walking Around ya listo, ese poema de ropas colgadas, de calzoncillos, de toallas, de camisas que lloran lentas lágrimas sucias. Y que esto era lo que yo me estaba releyendo voz en cuello, con el olor de las peluquerías que hace llorar a gritos o el día lunes que arde como el petróleo.

Roberto trata de recordar algún poema de Neruda, pero deja que ese recordar venga lentamente en su ayuda. Por distancias acaso generacionales, Neruda no pareciera ser santo de su devoción, no lo conmueve, no lo motiva. Ni los versos de amor, ni tampoco los desesperados. No lo ha leído tampoco mucho. Finalmente, como quien da con el hallazgo, balbucea unos versos: Entonces entró la Guillermina / con dos ojos azules / que me atravesaron el pelo / y me clavaron como espadas

Le corrijo que no son dos ojos azules, sino dos relámpagos azules. “Ah, dice Roberto, qué importa, si en Neruda todo es estravagario y extravagante”. Y explota en una carcajada de descubrimiento gozoso.

Roberto, con su Dónde estará la Guillermina?, y yo, con mi Walking Around, a flor de labios y de corazón, nos vamos en un taxi colectivo (que aquí llaman “pesero”), muy alegres y compuestos, al Café La Habana, en el mero centro del DF. Y a celebrar con los poetas mexicanos al chileno-mexicano-universal Pablo Neruda.

 

*

 

¡Bárbaro este Roberto! A mi regreso de Chapala, Roberto me dice: “Mientras tú andabas por tus Jaliscos, yo me anduve de casilla en casilla por la Rayuela, que es el viaje más amplio de mundo que he tenido, que llegué a soñar con la Maga y que sólo quisiera fumar ahora los Gauloises, y estar en París, donde el mundo es muy sucio y hermoso en París, y hacerme un chileno-mexicano afrancesado y viajando en un tren si al final algún amigo me está esperando, y te mandaré una postal de Baudelaire (aunque nunca he leído a Baudelaire) o de Rimbaud (que me gustaría mucho leerlo). ¡Y aunque todo esto, Jaime, sea una pura metáfora, che!”.

Y continúa: “¡Qué bárbaro este Cortázar, cómo  hace de sus personajes a los seres de carne y hueso que son: los Bioy Casares, los David Viñas, los Borges, los Verlaine, los Nerval, los Artaud, los Keats, los Poe…, toda la literatura universal vivita en una misma sola casilla de una rayuela que hay que saltar con una piedrita! ¡Pura metáfora, che!”

Me doy cuenta que la lectura de la novela de Cortázar ha sido del pleno interés de Roberto (asunto que yo ya me suponía), y que ha sido en él –y aquí también lo interesante- como una catarsis milagrosa al mejorar visible y sensitivamente su carácter. Curado de espanto, no. Enriquecido de gozo por una literatura espejo de sí mismo.

“De ahora en adelante, che -me dice Roberto, mostrándome una página de Rayuela-, mi oración permanente será esta letanía-salmo del Cortázar novelista: Felices los que eligen, los que aceptan ser elegidos, los hermosos héroes, los hermosos santos, los escapistas perfectos”.

Verdaderamente, ¡bárbaro este Roberto, también! Saltó con una piedrita todas las casillas de Rayuela: de la Tierra al Cielo. Y para volver, y con la piedrita, a la Tierra. ¿Puras metáforas, che?

 

*

 

Gracias al Confabulario de Arreola, y con dedicatoria de su puño y letra, me salvo de la ira de Roberto al decirme el “por qué no me llevaste”, el “por qué no me invitaste”, al encuentro-entrevista con Juan José Arreola. Bueno, le digo, si con Paz te duermes a mi vista y paciencia; y con Rulfo te vuelves provinciano; con Arreola, pensé,  te harías un ocioso-vicioso entrometido lector.

“Pero, ¡hombre!, Arreola es el único escritor mexicano que me gustaría personalmente conocer. Es el Parra mexicano, un antipoeta del cuento, un anticuentista. Lo vi una vez en la televisión y me pareció un personaje fuera de serie. Con una cara de endemoniado y una melena revuelta de alucinado, ¡puchas!, pero de su cabeza salían ideas, palabras, dichos, expresiones, ¡puchas!, de una rara y luminosa locura”.

Bueno, bueno, nada más, tienes razón, le digo. Arreola es un provocador, un incitador, un animador de escritores jóvenes, y no jóvenes. En verdad, un loco intelectual genial, de esos intelectuales con oficio.

Y como dándole excusas por no haberlo invitado, le digo: Aquí tienes, Roberto, su Confabulario, su libro principal, puedes quedarte con él.

Y le repito de buena fe:  El libro es para ti. La dedicatoria, para mí.

 

*

 

Una canción rock. Roberto viene corriendo de la cocina (donde estaba preparándose un tazón de leche caliente) y sube a todo dar el volumen de la Telefunken. Una canción rock de los Whoo se escucha en un programa de radio en todo su rugido.

La estridente canción inunda toda la casa, y deslumbra a Roberto que sigue el ritmo con los pies y movimientos de cabeza, tarareándola hasta el final del programa. Entonces me dice: “¿Conoces la letra de esta canción de los Whoo? ¡Caray!, un poema o un cuento de maravilla esta letra”.

Le digo que ni siquiera sabía de ese conjunto rock, y menos de sus singulares canciones. En estas electrónicas músicas –el rugido de los Animales, de los Doors, de los Mothers of Invention- no paso más allá de los Beatles o de los Rolling Stones.

Roberto se ríe de lo que según él llama “disparates rockeros” míos. Pero está tan contagiado y estimulado de esta canción-alarido de los Whoo que vuelve a decirme:

“Esta canción es como mi retrato, su letra, su historia que cuenta. Fíjate que se trata de un muchacho que se pasa casi toda la noche sin poder dormir, y en un momento le dice a su padre: Papá, no puedo dormirme. El papá se acuerda de una vieja fotografía guardada en su escritorio. Busca la fotografía y se la pasa. La fotografía representa la imagen porno de una mujer desnuda. El muchacho mira varias veces la sugerente fotografía. Se excita. Se masturba. Y luego se duerme felicísimo. Al día siguiente le dice al papá: Papá preséntame a la muchacha esa de la fotografía. Y el papá le responde: ¡Fíjate que se murió hace como cuarenta años! Y ahí termina la historia de este rock, rock. ¡Bonita historia de canción, y verdadera!”

Sí, muy bonita le respondo. La historia mía también. Y ¿cómo se llama la canción? “No sé”, dice Roberto; “está en inglés”. Y sale otra vez corriendo hacia la cocina: “¡Ah, olvidaba mi tazón de leche!”.

 

*

 

Los tejados de Quilpué. “Anoche soñé con mi abuela”, dice Roberto, contando otro de sus obsesivos y familiares sueños a la hora del desayuno. “Volví en sueños al país de la infancia. En el cielo había una espada azul. Una gran espada azul sobrevolando los tejados marrones y rojos de Quilpue”.

– Tema para los Jung y los Freud, le digo, cuando me pregunta cómo interpretaría yo ese sueño. Pero todo está muy claro, Roberto: tu infancia rediviva.

“Me temo”, agrega Roberto, “es un mal comienzo para la vida”.

 

*

 

Papelito escrito por Roberto y que deja (o se le queda) sobre la mesa del comedor. Esta vez escrito ¿a quién? ¿A mí? ¿Una estrofa de un poema a lo muy Lope de Vega? Simplemente el papelito dice:

 

De tu fementido en lejanías

Recibe mis historias del palacio

Que ardió en cristal de villanías

Y su correr tornó despacio

R.

 

*

 

Una calavera de azúcar. A mi regreso de la isla de Janitzio, en Pátzcuaro, le traigo a Roberto una calavera de azúcar pintada con su nombre. Roberto la mira su buen rato muy serio y fijamente. Y luego, soltando una risa agradecida, dice: “En verdad, Jaime, se parece harto a mí”.

Duda por un instante  (un ser o no ser en versión tarasca o mazateca) si guardarla de recuerdo, homenaje a la celebración del día de los muertos, o sencillamente comérsela, como calavera de azúcar que es. Se decide por esto último –comérsela-, saboreándola sin prisa alguna, hasta no dejar nada, ni siquiera su propio Roberto en la calavera de azúcar, a no ser un gesto risueño en su rostro o de dulce mueca a flor de labios.

Dice, Roberto, preguntándose: “¿Soy yo el que me río de la muerte o es la muerte la que se ríe de mí?”

 

*

 

En la Plaza de las Tres Culturas. El silencio se queda aquí esta tarde de sábado. Imaginaba un lugar con árboles, muchos árboles, banquetas, juegos infantiles. Me impresiona encontrarme de golpe con toda una ciudadela de piedra: testimonio de un tiempo, de una cultura, de una raza: me llamo tiempo y agito una sonaja de barro con semillas adentro. La piedra sobresale, agresiva, enrojecida por el sol, dejando en sus relieves el sagrado motivo del caracol, del jaguar, de la serpiente emplumada: las edades, la mazorca, el juego de los dioses.

Junto a la ancha puerta de la Iglesia de Tlatelolco (“que no se abrió aquel octubre del 68”, según cuenta un guardia de la ciudadela), una mujer mazateca vende veladoras, cacahuates, manzanas confitadas. Está inmutable, inmóvil, como adherida a la piedra milenaria misma del templo milenario. Tendido boca abajo en el pasto y el jardín trato de tomarle una fotografía. Unas pequeñas flores amarillas se agitan con el suave viento. Espero que una nube despeje al sol, y tomo la fotografía.

Le digo a Roberto, que va conmigo en esta casi ritual caminata por la Plaza de las Tres Culturas, que pensaba encontrar aquí una señal, un monolito, una placa que recordara para hoy y para la historia la Noche de Tlatelolco: la inmolación, el grito, la sangre: Los empleados municipales lavan la sangre en la Plaza de los Sacrificios. Roberto, apenas si me escucha, y se encoge de hombros como queriendo decir “cosas de la historia que no entiendo”. Y prefiere seguir con la vista la presencia de una instructora de boy-scouts, que da lecciones e instrucciones a un grupo de muchachitos, y que corren de un lado para otro buscando algún imaginario tesoro oculto en este laberinto de piedra.

Pienso en el poema México: Olimpiada de 1968, que Octavio Paz, con rabia amarilla y negra, con acumulación de bilis en español, escribió ese mismo octubre mientras visitaba viejos templos de la India, y que le recordarían vagamente otros, vistos en los llanos y selvas de su México: La limpidez no es límpida…. La vergüenza es ira vuelta contra uno mismo… Es león que se agazapa para saltar.

Desde la alta torre del Templo de Tlatelolco baja una paloma y muy cerca de mí picotea semillas de calabaza. Y vuela, luego, seguida de otra que lleva en su pico una ramita de zacate seco.

Cierro por un instante los ojos. Y escucho clarito: No queremos Olimpiada, queremos Revolución, gritan los jóvenes en su movimiento estudiantil 1968. Jo, Jo, Jo, Jo Chi Min, Díaz Ordaz, chin, chin, chin. También: Bocón, sal al balcón. Cuando los abro, veo a Roberto Bolaño sentado en un banco de piedra, y muy pierna encima, con una lustrosa y rojeante manzana confitada en su mano.

 

*

SEPTIEMBRE – OCTUBRE  1973

( Y en  Santiago de Chile )

 

Cierto alivio esta mañana (y algo de tristeza también) al despedir a Roberto Bolaño, joven amigo chileno-mexicano, que al fin puede regresar a México, y gracias a una oportuna y diligente acción de la Embajada de ese país en Santiago y a los muchos pedidos angustiosos de Victoria Ávalos, su madre, desde Ciudad de México. Alivio, digo, para tranquilidad de él mismo, y de la mía. La xenofobia se ha desatado de manera deshumanizadoramente implacable e inmisericorde en este Chile, asilo ejemplar siempre contra toda opresión.

Apenas alcanzamos a darnos un apresurado abrazo, en esta mañana de septiembre-octubre de tantos adioses.

Roberto había llegado a Chile la última semana de agosto de este 1973 después de un largo viaje en autobús desde Ciudad de México (donde vive casi de niño), motivado por la experiencia de mi propio viaje en sentido inverso (Santiago-México) que yo había realizado América del Sur arriba en los inicios del año 71, y toda vez que viví varios meses de meses en su casa (calle Samuel 27, Colonia Guadalupe-Tepeyac) gracias a la hospitalidad de sus padres y a la aceptación benevolente del mismo Roberto.

Allí, en esa casa de esa callecita del  Distrito Federal, lo conocí y lo padecí (o él me padeció a mí), muchacho de 18, 19 años, neurótico lector con los siete tomos de Proust al cateo de su ojo, intolerable (aunque tolerable) como el que más, superdotado sin tasa ni medida, necesitado de ternura que va del querer intenso al odio y viceversa, impaciente de imaginarios sueños, fumándose la noche entera cigarrillo tras cigarrillo, bebiéndose su mañanero vaso de leche, escribiendo una obra de teatro para enviar a un concurso cubano y, en fin, retrato de artista adolescente con Joyce y todo.

Y ahora llegaba sorpresivamente a la casa mía, aquí en Santiago (calle La Blanca 0559, Comuna de La Cisterna), para vivir mi hospitalidad y tolerancia también, e integrarse al “yo lo vi yo lo viví” de la realidad cotidiana del gobierno del Presidente Allende, que tanto fervor y admiración tenía mucho allende las fronteras de Chile y en el mismo gobierno y pueblo mexicano.

El  Golpe Militar, sin embargo, lo sorprende visitando familiares en Los Ángeles y Mulchén, en el centro-sur del país, en un recuperar acaso su infancia perdida, allí donde estudió unos cursos primarios y allí donde su padre –León Bolaño-, en la década del 50, era un lucido y activo boxeador, según cuenta una crónica de revista Estadio de la época. Y luego Concepción, ciudades aquéllas y ésta donde no pasaría desapercibido a los severos controles militares en calles, lugares públicos, terminales de buses y estaciones ferroviarias. El marcado canturreo mexicano de su hablar y el aspecto desfachatadamente extranjerizante y desafiante de su vestimenta, le traerían momentos de ingratos pesares.

Luciendo un ancho y provocativo cinturón de cuero, con dorada hebilla de balas-vainas de fusil, Roberto andaba muy orondo por las calles de Santiago y de aquellas ciudades del sur. “Lo primero que tienes que hacer” –le dije, apenas se apareció por Santiago-, “es quitarte ese cinturón”. Advirtiéndole, además, que el país estaba ya casi entregado al control y vigilancia militares.

“Me acordé de tu advertencia”, me dice, al regresar de ese sur-surazo violento y represivo, salvado sólo por fortuitas circunstancias de un ignorado destino. ¡Y él –Roberto-, que venía a un reencuentro con el Chile que había dejado muy niño (“En el cielo había una espada azul. Una gran espada azul sobrevolando los tejados marrones y rojos de Quilpué. Volví en sueños al país de la infancia”), se encuentra, de la noche a la mañana, con un Chile bárbaro y maltratante y, a su vez, maltratado!

Al menos pudo compartir, en estos días tan aciagos, un par de semanas de cierta tranquilidad y de amistad en mi casa, sin dejar de ser el mismo muchacho intolerable (aunque tolerable), neurótico lector, impaciente, fumándose la noche entera, tomándose sus tazones de té con leche, y escribiendo ahora poemas nada de lineales, sino muy intensamente lihnianos (o a semejanza de Enrique Lihn, a quien mucho con devoción leía).

“Dará que hablar”, le dije –y a manera de recomendación- al funcionario de la Embajada mexicana que se lo llevó en un taxi, y muy de mañana, al aeropuerto de Santiago en ruta de regreso al México de su residencia y de su vivir (o desvivir).

 

*

 

Y  VEINTITRÉS  AÑOS  DESPUÉS

( Blanes, Girona, España )

1995 – 1996

 

Blanes, octubre,  95

Querido Jaime:

Te envío el manuscrito de Estrella Distante, mi última novela. Dos son las razones: la primera es que se trata de una novela demasiado chilena como para que interese en un lugar que no sea Chile; la segunda es porque en una de sus páginas apareces tú y creo que en justicia debes ser de los primeros en leerla.

Mi intención es ofrecerla a Planeta Chilena o a cualquiera editorial que saque novelas y que pague.

Si después de leerla te ves con ánimos de llevarla tú a la editorial, hazlo, si no, telefonea a mi abuela en Santiago (Tel: 22-35-915) y entrégasela; ella ya tiene la dirección de Planeta. De paso puedes sugerirle otras editoriales.

Me interesa mucho conocer tu opinión. Si te parece una mierda, por favor dímelo. (Yo creo que es lo mejor que he escrito, pero uno nunca sabe nada.)

Bueno, eso es todo, quedo a la espera de tus noticias.

Recibe un fuerte abrazo y un beso.

                                                                                   Roberto.

*

Blanes, marzo, 1996

Querido Jaime:

He vendido Estrella Distante; la publicará Anagrama, en Barcelona, a finales de año. Te agradezco que la llevaras a editoriales chilenas.

Me hubiera gustado publicarla en Chile, aunque mi editor dice que algunos ejemplares sí que se venderán allá.

Escríbeme.

 

Un fuerte abrazo.

Robert

 

*


Colofón

 

No escuches las voces de los amigos muertos

No escuches las voces de los desconocidos

 que murieron en veloces atardeceres

 de ciudades extranjeras.

 

R. B.