Bolaño / Desconocer / Universidad / Poesía [Bol en Sorb]

En un mensaje otoñal, Ina Salazar me invitaba a presentar aquí, en la Sorbona, un texto publicado en la revista Cyclocosmia. Pasó el tiempo y de ese mensaje afectuoso quedaron dos o tres palabras, Bolaño/Desconocimiento/Universidad, migajas de un título que hubiera pasado por un telégrafo mental antiguo y descompuesto: el mío. Ojeando otra vez la portada de La universidad desconocida encuentro esos nombres, el propio del autor y los comunes del título, al que agrego el de Poesía, porque interesa a este seminario. Con esas cuatro palabras fueron apareciendo algunas frases que me pusieron otra vez a rolar entre París y Barcelona, entre la lectura y la escritura, entre Ina, Adriana y Pedro, los amigos con quienes conversé entonces y vuelvo a hacerlo ahora. Ahí van esas cuatro frases que, como puntos cardinales, quisieran dar a leer la letra de algunos poemas (reclamo de Ina ante los 20.000 míseros caracteres del artículo y sus escasas citas) y también dar a ver algunas de sus dinámicas más insistentes.

*

La una es una frase virtual y maliciosa: «Bolaño, la universidad desconoce tu poesía». Formulada in absentia por el primer lector de ese libro (su autor, y casi resentido ante la indiferencia de una masa de lectores), la frase lo movió quizás tardíamente a terminar de seleccionar y de compilar los poemas escritos en más de dos décadas como lo escribe su viuda en la nota prefacial. Entonces él había terminado ya su formación en lo que Alfred Besner, escritor de ciencia ficción (1913-1987), llamó «la universidad desconocida» en el relato «Los hombres que asesinaron a Mahoma» (1958). Carente de puertas y ventanas, «móvil y común a todos», Bolaño la frecuentó a la intemperie entre mediados de los 70 y los 90 en Catalunya y otros lugares de Europa. Aquí, en la otra universidad, ésta misma en la que estamos ahora, un 3 de diciembre del 2010, esa pregunta da lugar a otra, tampoco tan inocente: «¿Cuánto se desconoce aquí la poesía de Bolaño? ¿quién enseña y transmite algo de ella?» En Francia, Adriana Castillo de Berchenko estableció en tres ensayos medulares (uno édito, 2005, los otros inéditos) los vasos comunicantes entre la poesía y la prosa; en Chile, Matías Ayala arriesgó por el contrario que el fracaso del poeta lírico quedó resuelto en la narrativa con la épica de los jóvenes poetas (2008, 91-101). Más recientemente, la revista barcelonesa Quimera incluyó un dossier especial dedicado a toda la poesía; allí se rescata el prólogo que Ignacio Echevarría y Bruno Montané habían escrito para la summa poética del chileno hasta que la viuda del escritor Joaquín Manzi, PIAL, Université de Paris IV, 3 dicicembre 2010 decidiera suplantarlo por una nota suya. En Bolaño el de la poesía es un espacio tan evidente como conflictivo y disputado, tan recurrente como movedizo y esquivo.

Contra el espacio institucional de la academia y el mercantil de las editoriales, fue urdido La universidad desconocida, un título humorístico y lírico a la vez; el libro estaba terminado en 1994, pero no fue publicado en vida del escritor. A la vez objeto futuro y espacio presente que reúne tiempos pasados, el libro fue un seguro íntimo contra la enfermedad diagnosticada en 1993, una fortaleza interior desde donde partir al asalto de un nuevo espacio editorial, el que conquistó con su narrativa cinco años más tarde a partir de Los detectives salvajes, galardonado con los premios Herralde y Rómulo Gallegos.

El libro está compuesto de más de doscientos poemas reunidos en 16 secciones y tres partes, claramente situados según fechas y lugares de escritura en un posfacio autorial. La primera parte consta de 7 secciones y va de 1978 a 1981, íntegramente ambientada en Barcelona; la segunda, compuesta de 4 secciones, corresponde a 1980-1981 y se ubica en Casteldefells y Gerona; la tercera, con 4 secciones, corresponde a finales de los 80 hasta mediados de los 90 y tiene a Blanes como escenario.

Con este ordenamiento temporal y la fragmentariedad que iremos descubriendo, el libro resulta ser un diario lírico y transversal de aquellos años difíciles, hechos de emigración, supervivencia y adaptación al país catalán del que ya no se alejaría. A partir de aquí se abre una huella, la primera que procuraré seguir con ustedes, la de una escritura poética del discurrir temporal, plasmada en voces múltiples y dislocadas en las dos primeras secciones del libro, que luego se van reduciendo y consolidando en figuras y máscaras más asequibles.

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El lector de esta summa poética (no exhaustiva, como se irá viendo) accede a las voces plurales del largo periodo de extranjería en Europa y va oscilando confuso entre la adhesión emocionada a un lirismo revelador de la subjetividad y la escisión de ésta en diversos nombres y voces que echan por tierra cualquier identificación rápida y amena con las voces del escritor. Aquí el Yo aflora desenmascarado y desnudo, pero desmembrado y contradictorio. Así, a tientas, va deambulando el lector por los corredores de un libro cuyo título remitiría, según varios poemas, a espacios comunes y compartidos donde el poeta hizo su propia educación leyendo y escribiendo a deshoras. Ahí o mejor dicho, aquí vagabundea ahora el lector en busca de algún cabo suelto que lo lleve todavía más  adentro de un espacio poético tan extraño como acogedor. En las primeras partes —o pabellones— del Joaquín Manzi, PIAL, Université de Paris IV, 3 dicicembre 2010 libro se despliega un presente enunciativo permeable a todo salvo a referencias y a emociones precisas:

Es de noche y estoy en la zona alta
de Barcelona y ya he bebido
más de tres cafés con leche
en compañía de gente que no
conozco y bajo una luna que a veces
me parece tan miserable y otras
tan sola y tal vez no sea
ni una cosa ni la otra y yo
no haya bebido café sino coñac y coñac
y coñac en un restorante de vidrio
en la zona alta y la gente que
creí acompañar en realidad
no existe o son rostros entrevistos
en la mesa vecina a la mía
en donde estoy solo y borracho
gastando mi dinero en uno de los límites
de la universidad desconocida.
(2007, 93)

En este poema de la sexta sección, «Nada malo me ocurrirá», adviene la experiencia gratuita e incierta de un presente solitario y paradójico. Las conjunciones «y» agregan nuevas secuencias verbales sin puntuación encadenando acciones y percepciones que se falsean en el centro del poema. El «tal vez» del séptimo verso y la serie de negaciones que le siguen llevan a dudar de todo salvo de la incertidumbre misma que mueve al Yo. Con los versos ulteriores, que bajan en el espacio de la página para subir a enmendar lo antes formulado, se despliega una conciencia íntima que se encadena de un verso a otro. Es ella la que más allá de la embriaguez solitaria se inscribe a sí misma en el espacio de la metáfora que da título al libro entero. Por su intermedio, la falsa compañía del restorán vidriado y el derroche de tiempo y dinero, se inscriben dentro de un espacio («en uno de los límites») reconocido por el poeta, pero ajeno al prestigio y a las referencias mundanas («de la universidad desconocida»).

Aquí, en el poema que se va escalonando, en el libro que este lector —tu hermano— va leyendo, es posible descubrir algo nuevo sobre los demás y también sobre uno mismo, ¿qué concretamente? Primero el juego astuto, el de la escritura que desplaza los términos sucesivos (café/coñac, miserable/sola, compañía/soledad) para difuminar la referencia social del lugar detrás de otra, simbólica y esquiva. Ese trabajo lúdico de escritura se muestra en tanto que anotación instantánea (carente de meta exterior) y libre (ajena al simple registro de la experiencia) pero en absoluto gratuita ya que apuntala un vértigo angustiante.

Otro texto de fines de los años 70 permite adentrarse en otros nombres encontrados tempranamente para decir la condición temporal y existencial que sustenta esta poesía:

TU LEJANO CORAZON

No me siento seguro.
En ninguna parte.
La aventura no termina.
Tus ojos brillan en todos los rincones.
No me siento seguro
En las palabras
Ni en el dinero
Ni en los espejos.
La aventura no termina jamás.
Y tus ojos me buscan.
«Tu lejano corazón »
(2007, 160)

 

Desprovista de apoyo o de sustento fuera de su propio impulso creativo, la escritura poética es un ejercicio gratuito, incierto, inquieto, que escapa a cualquier profesión, social o económicamente reconocida. El gasto excesivo que la sustenta desemboca en la adquisición paradójica de algo nuevo que, escamoteado o nombrado escueta y metafóricamente —aquí mendiante el nombre «la aventura»—, retorna una y otra vez bajo la forma de perplejidades, de imposibilidades, de preguntas. El diario poético resulta así afirmado y falseado a la vez: quedan apenas algunas notas, instantes, retazos de lugares y estados tan precisos como inasibles. Frentre al gasto orientado a la adquisición de un objeto o a la producción de una ganancia, la dicción poética compromete el tiempo de una voz que se sustenta hasta el vértigo (primer ejemplo) y la vulnerabilidad (segundo). Cuando este tiempo se repite o se prolonga y se plasma en acciones, surgen ya sea la pérdida, ya sea el sacrificio.

*

Dos —nunca sin tres— son ahora estas otras preguntas insistentes, las de un lector adicto a Bolaño: «¿Qué hay de nuevo en La universidad desconocida? ¿qué materias se enseñan en esta universidad ignota? » O, menos ingenuamente: «¿Qué enseña, qué muestra este libro de poesía?»

El libro da acceso a retazos de su itinerario poético, abierto en el Chile de los 60 con la lectura de Neruda hecha por su madre tal como lo recuerda «Carnet de Baile» (2001, 207). En México en los 70, escribió numerosos textos teatrales que, según Ignacio Bajter (2010, 52-59), destruyó para luego dedicarse exclusivamente a la poesía. Entre 1975-1976 se publicaron los poemarios Gorriones cogiendo altura, Reinventar el amor y Overol blanco. Estas dos últimas son plaquettes simétricas de 6 y 8 poemas, uno de los cuales, respectivamente el inicial y el final, es mucho más extenso. Como ninguna fue reeditada al día de hoy, para acercarse a la poesía primeriza de Bolaño, signada por el duelo del país natal, el lector puede remitirse a las citas y los comentarios de Patricia Espinosa y Jorge Morales reunidos en n° 314 de Quimera (2010, 48-51, 44-47).

El traslado a España a fines de 1976 está signado por otras pérdidas más, inscriptas también en la dinámica del exceso nutriente, del gasto poético. «Para Edna Liberman», de la sección «En la sala de lecturas del infierno» (2007, 142), muestra algunos restos mediante otras espacializaciones:

 

Dice el saltimbanqui de las Ramblas:
Éste es el Desierto

Es aquí donde las amantes judías
Dejan a sus amantes

Y recuerdo que me amaste y odiaste
Y luego me encontré solo en el Desierto

Dice el saltimbanqui éste es el Desierto
El lugar donde se hacen los poemas

Mi país.

 

Los cuatro dísticos operan con eficacia la confluencia de dos enunciaciones (la del saltimbanqui y la del poeta) y de dos espacios-tiempos (el presente y el pasado) hacia un espacio que es a la vez hostil, extranjero («el Desierto») y propio («Mi país»). Este espacio, donde adviene la escritura poética, resulta sin embargo tan poco situable como las voces en que se disgrega el hablante poético.

*

Situadas en espacios desiertos que, según la etimología señalada por Joan Corominas para el adjetivo vasto, están ligados precisamente al gasto excesivo (vastare=gastar), la soledad y la pérdida se oncretan en otros topos ambiguos, tangibles y abstractos a la vez, tal la escenografía submarina y fantasmal de «La gran fosa» (2007, 373-376) donde una voz poética amiga sitúa la desaparición del surrealista francés Gui Rosey. Manteniendo ese tropismo marino, una pérdida amorosa pasada va emergiendo en el presente de un poema en prosa incluído en «Gente que se aleja» (2007, 235).

EL VERANO

Hay una enfermedad secreta llamada Lisa. Es indigna como toda enfermedad y aparece en la noche. En el tejido de un lenguaje misterioso cuyas palabras significan sin excepción que el extranjero «no está bien». Y yo quisiera que ella supiera por algún medio que el extranjero «lo pasa mal», «en tierras desconocidas», «sin grandes posibilidades de escribir poesía épica», «sin grandes posibilidades de nada». La enfermedad me lleva a baños extrtaños e inmóviles donde el agua funciona con una mecánica imprevista. Baños, sueños, cabellos largos que salen de la ventana hasta el mar. La enfermedad es una estela. (El autor aparece sin camisa, con lentes negros, posando con un perro y una mochila en el verano de algún lugar.) «El verano de algún lugar». Frases carentes de tranquilidad aunque la imagen que refractan permanezca quieta, como un ataúd delante de una cámara fija. El escritor es un tipo sucio, con la camisa arremangada y el pelo corto mojado en transpiración acarreando tambores de basura.También es un camarero que se observa filmado mientras camina por una playa desierta, de regreso al hotel… «Viento con arena fina»… «Sin grandes posibilidades»…La enfermedad es estar sentado bajo el faro mirando hacia ninguna parte. El faro es negro, el mar es negro, la chaqueta del escritor también es negra.

El malestar se expande aquí con un deseo de venganza y un resentimiento vueltos no sólo hacia la amante cruel sino también hacia el hablante poético mismo como si de una reacción autoimmune se tratara —la enfermedad que sufrió Bolaño era de este tipo como lo muestra el documental Roberto Bolaño el último maldito transmitido por TVE el pasado 21.10.2010—. Pero esa inquietud se enturbia más mediante los desdoblamientos de la dicción —entre la enunciación y la metaenunciación—, de los lenguajes —la fotografía, el cine— y por fin de las voces poéticas (Yo, el extranjero, el Joaquín Manzi, PIAL, Université de Paris IV, 3 dicicembre 2010 escritor, el autor, a veces retratados incluso). La negrura final es otro motivo, un topos romántico que volverá una década más tarde bajo el nombre de abismo.

Obsesiva y crudamente otros cuatro poemas observan el retorno de episodios amorosos del pasado mexicanos: mientras que el tríptico «Lisa» de la penúltima sección, «Mi vida en los tubos de supervivencia» (2007, 350- 352) narra en primera y tercera persona la reaparición triste y vejatoria del recuerdo, otro poema, de la década anterior, afronta fríamente los retazos vivos de ese mismo pasado desdoblando las voces y los tiempos poéticos.

TE ALEJARAS

Te alejarás de ese coño sangrante
que primero se ríe y después plagia
tus poemas Tratarás de olvidar
la sombra la espalda que cocina
el bulto que ronca mientras tú
en la otra habitación escribes
Te dirás cómo ha sido posible
Ese maldito olor que sale de entre
sus piernas Su manía de lavarse
los dientes a cada rato Es cierto
ya nunca más te contará la misma
historia de violaciones y psiconalistas
Ni saldrá de su relato el automóvil
Paterno para estacionarse en tu
Memoria (Ese mirador excepcional
desde el que veías el coche
siempre estuvo vacío) No más
largas películas heladas Sus gestos
de desolación El miedo que apenas
pudiste tocar con las yemas de los dedos
Habrá un día feliz en que te preguntes
cómo eran sus brazos sus codos
ásperos La luna rielando
sobre el pelo que cubre su cara
Sus labios que articulan en silencio
que todo está bien Y todo
estará bien sin duda cuando aceptes
el orden de las tumbas Y te alejes
de sus largas piernas pecosas y del dolor
Ahora tu cuerpo es sacudido por
pesadillas. Ya no eres
el mismo: el que amó, que se arriesgó.
Ya no eres el mismo, aunque
tal vez mañana todo se desvanezca
como un mal sueño y empieces
de nuevo. Tal vez
mañana empieces de nuevo.
Y el sudor, el frío,
los detectives erráticos,
sean como un sueño.
No te desanimes
Ahora tiemblas, pero tal vez
mañana todo empiece de nuevo.

«En la sala de lecturas
del infierno», p. 91-92

El poema cede espacios para que el terror cobre espesor y adquiera una carnadura textual que se expande —«Ahora tiemblas»— y se prolonga con un «pero tal vez» semejante a las locuciones ya  comentadas al inicio. Además se abren huecos, espacios en blanco para filtrar fragmentos de un pasado doloroso y un futuro no mejor, sino peor todavía («el orden de las tumbas »). A ratos ese fluir se torna autocomplaciente y casi masoquista, a ratos en cambio surgen imágenes que más tarde se convertirán en entidades ficcionales autónomas: «los detectives erráticos» y el automóvil paterno, un Ford Impala blanco que empalman la primera y la tercera parte de Los detectives salvajes (2008, 136).Todos estos poemas abren una brecha —la de la relación con la alteridad, sexual, étnica, social— que irá enriqueciéndose y complejizándose sin cesar a medida que transforma el sustrato íntimo del que se alimenta la poesía.

 

*

Tres. Otra pregunta, «¿Qué claves poéticas muestran los poemas más sugestivos?». Omnívoro y fervoroso lector, Bolaño lo fue de poesía, francesa y alemana en particular, la romántica y la surrealista que había descubierto y practicado en México. En sus manifiestos infrarrealistas de mediados de los años 70 como «Déjenlo todo nuevamente» reactualizó algunas de las consignas estéticas de André Breton, entre ellas las reacias al conformismo y la moral burguesa. Pero sobre todo, desde mediados de los años setenta, el chileno puso en práctica por un lado la inclusión de imágenes y dibujos en sus textos y por otro, aquella disponibilidad a las asociaciones casuales y a los azares cotidianos, aquella permeabilidad entre la vigilia, el sueño y demás experiencias en las cuales la vida y la muerte parecieran borrar sus límites reuniendo «Nadir y cénit de un anhelo» como reza un verso del poema «Los neochilenos» (2007, 409). Algunos poemas exploran experiencias limíte —una agresión sufrida, una automutilación, una incitación a hacer daño al otro— en las cuales aparece un atisbo inédito de verdad. Pero lo hacen fuera de todo perfil narrativo, en el borde interno de apariencias sensoriales y enunciativas confusas, mientras que la narrativa se expandirá precisamente en torno a una o varias muertes a dilucidar por una instancia narradora testigo que se encuentra obsedida, asediada por ella.

Dos series de tres poemas de los años 70 y 80 están ostensiblemente abocadas a estas experiencias verbales, por un lado, «Iceberg», la décima sección del libro, compuesta de «Apuntes de una castración», «La pelirroja» y «La victoria» (2007, 245-249); por otro, «La navaja en el cuello», «La curva», y «El brillo de la navaja» (2007, 30, 141, 230). En cada uno de estos seis poemas reside un enigma vital tan inaplazable como irresuelto. Dispersos en rastros contradictorios, dejan sin embargo atisbo para otras certezas, las de una intimidad habida. Por su brevedad y sus lazos intratextuales voy a concentrarme en la segunda serie, urbana.

La navaja en el cuello y la voz
del adolescente se quiebra
dámelo todo dámelo todo
o te corto
y la luna se hincha
entre los pelos

 

LA CURVA

El pandillero de 20 años, charnego, el cortaplumas en
el pescuezo del chileno, 25 años, único turista de esa hora.
El cortaplumas es blanco como las ventanas de esa hora
en que no hay dinero y las imágenes de ambos se entrecruzan
por unos segundos. La letra de una canción, un café
con leche, una inyección, unos pantalones de pana que huelen
a mierda, la nariz de una mujer, el bronceado del verano,
las manos reales de alguien que descorre una cortina.
La comunión. Da un paso atrás y mira el rostro
De su agresor (podría igualmente decirse: su lazarillo).
Oleadas de palabras quebradas no aciertan a moverse de su
vientre, una especiede premura por desvestir al hombre
más joven que tiene delante y la pelea ganada. Entre
los arcos de la plaza Martorell en Barcelona, da un paso atrás
como si el juego nunca hubiera finalizado, mapas de hace
15 años, el deseo que sólo se manifiesta en una semisonrisa
Y traza una pirámide, un búfalo, una suerte de estrellas
El brazo negro del joven, pero no brilla su cortaplumas
Porque en la mente del chileno ya es llave

 

EL BRILLO DE LA NAVAJA

En un poema, «Imágenes detenidas», ¿por qué el chileno es el único turista a esa hora? Supongo que en realidad no es una hora nocturna, como se podría colegir al ser el chileno asaltado por el pandillero, sino un atardecer debajo de los arcos de la plaza Vicente Martorell. ¿El chileno, asaltad? No. El chileno encuentra al pandillero, eso es todo. Y el resto obedece a reflejos naturales de ambos personajes; uno ataca, el otro mira. El otro, el chileno, consiente, y mediante ese sacrificio transforma. Rostro mojado que esboza una sonrisa. Brillo de navaja a lo lejos, entre los arcos y las sombras adolescentes. Ojos curiosos que una gasa líquida va velando paulatinamente. La cabeza no llega a golpearse contra el suelo. Mierda dijo el chileno antes de fijar su pensamiento en una sonrisa. Gángsters pequeñitos, sus siluetas se pierden en el interior de la plaza. No hay dinero. Rostro mojado en transpiración, por fin posa la mejilla izquierda en el suelo.

 

Además de mostrar una primera serie de reescrituras, práctica fundamental entre La literatura nazi en América (1996a) y Estrella distante (1996b), o entre Los detectives salvajes (1998) y Amuleto (1999b) por ejemplo, estos tres poemas señalan una oscilación entre lo narrativo y lo poético, entre lo vivido y su ficcionalización. Los tres están dedicados a transformar un accidente de la vida urbana en imágenes fragmentarias capaces de suspender el tiempo en un presente atemporal y de desplazar el encadenamiento narrativo hacia otros cuestionamientos. Los textos logran abrir un espacio metafórico enigmático que aquí se relaciona con el gasto improductivo: el del sacrificio y la comunión. La anotación verbal permanece limitada a un registro visual, a veces simbólico o metafórico, pero espojado de todo soporte pictórico: «esboza una sonrisa», «trazar una pirámide, un búfalo, una suerte de estrellas». El recuerdo de las aventuras pasadas aparece en cambio ya codificado por el cine («gángsters») o por la representación cartográfica (mapas). El coraje y la valentía, que serán más tarde celebrados como atributos de la figura del escritor, están aquí eclipsados por la distancia y la visión enigmática («mirar», «un paso atrás»).

Abocado a otra escena, a otro encuentro casual, el poema «Las pulsaciones de tu corazón» otorga mucho más espacio y productividad a los códigos ritman su letra. La dicción poética sigue ceñida aquí al registro visual de luces y movimientos, los provinientes de una figura femenina, pero la escansión del motivo compositivo lo retrotrae sin cesar a la composición del poema.

LAS PULSACIONES DE TU CORAZÓN

La Belleza. Tema de composición.
Una muchacha abre los ojos, se levanta,
abre la ventana, sale al patio.
En el patio hay hierba y rocío y basura,
hay ruedas pinchadas, roídas
por ácidos, esqueletos de bicicletas,
grandes trancas podridas en el suelo.
La belleza. Tema de composición..
La muchacha sale de la oscuridad
al patio, camina
tres o cinco pasos en dirección
a la cerca, levanta
los brazos, junta
las cejas en un gesto de disgusto,
se pasa el dorso de la mano
por la cara, vuelve
a casa. La belleza.
Tema para una franja.
Un pedazo de algo
iluminado por una cosa
parecida a la luz.
Pero que no es luz.
Algo parecido al gris,
siempre que el gris fuera luz,
o que la muchacha
estuviera un poco más quieta,
o que pudiéramos ordenar por bloques
el granito y las arpilleras.
Tema de composición. La Belleza.
Un momento bucólico.
Donde el desorden se cuela
por una fisura llamada muchacha.
En ella hay dos o tres cosas
—dos o tres islas—
negociables. Pero no
la razón o el desencanto.
Pese a todos los inconvenientes:
un paisaje sólido.
La muchacha pone agua
en la tetera, enciende el gas,
pone la tetera a calentar,
se sienta sobre una silla de paja
y mientras espera
tal vez piense
en la luz que se mueve
ganando y perdiendo baldosas.
La Belleza no suspirará: querrá verlo
todo. Pero los regalos y la paciencia
son para ella:
cauce inevitable.
Tema. Espacio donde los ojos luchan.
Espacio, palabra donde los ojos
imponen su voluntad.
La muchacha sale al patio.
La muchacha toma té. La muchacha
busca los terrones de azúcar. A través de ese
espejo ella busca
las colinas con costras de bosques verdes,
oscuros, los más distantes casi azules.
Tema de composición. El oxígeno.
Prepara sus arpilleras. Se sienta.
Hay rocas como bacinicas.
Toma te. Remoja
la taza en un lavatorio de porcelana
que está sobre una banqueta de madera
sin debastar. Bebe agua.
Luego bebe té.
Mira la lejanía: nubes.
Junto a ella emerge el esqueleto
de una bicicleta,
oxidado, pero firme aún el cuadro.
Tema de composición. Una bicicleta
que es la Belleza y no la muerte.
No la amante salvaje
—la muerte—
corriendo por las calles
del sueño
simplemente porque ya no queda nada
por hacer. No los golpes
en la puerta de la cabaña abandonada.
La muchacha bebe té, lava
el vaso en el lavatorio, tira
el agua en el patio.
Luego entra en la casa
y tras un instante sale
con una chaqueta de lana
sobre la espalda. Como una santa
atraviesa la cerca
y empieza a diluirse
entre los abrojos y la hierba alta.
Ése es el tema de composición:
la Belleza aparece, se pierde
reaparece, se pierde
vuelve a aparecer, se diluye.
Al final sólo escuchas
Las pulsaciones de un pozo,
que es tu corazón.

«Poemas perdidos», p. 311-313

Incluído en la duodécima sección del libro, «Poemas perdidos», la que establece precisamente la bisagra temporal de todo el libro (1981-1990), Joaquín Manzi, PIAL, Université de Paris IV, 3 dicicembre 2010 este poema propone un primer acercamiento especulativo a lo que más tarde será una obsesión del narrador, a saber la supervivencia no sólo a corto plazo del escritor, sino sobre todo a la de sus obras a lo largo del tiempo, tal como lo resume el soliloquio de Iñaki Echavarne en Los detectives salvajes (2008, 484):

«Durante un tiempo, la Crítica acompaña a la Obra, luego la Crítica se desvanece y son los lectores quienes la acompañan. El viaje puede ser largo o corto. Luego los lectores mueren uno por unoo y la Obra sigue sola, aunque otra Crtítica y otros Lectores poco a poco vayan acompañándose a su singladura […] Finalmente la Obra viaja irremediablemente en la Inmensidad. Yun día la Obra muere, como se extinguirá el Sol yla Tierra, el Sistema Solar y la Galaxia y la más recóndita memoria de los hombres. Todo lo que empieza como comedia acaba como Tragedia»

Lejos tanto de la comedia como de la tragedia, este poema lírico se articula en torno a un leitmotiv ligeramente autoirónico «La Belleza. Tema de composición». Con su aparición insistente y sus variaciones, este motivondistancia con humor un tema clásico que, no obstante va siendo desarrolladonen alternancia con la descripción de los movimientos de una muchacha en un espacio baldío contemporáneo. Y si finalmente el texto logra formularlo  asertiva y rítmicamente en tres versos, es para desplazarla hacia su origen efímero, el cuerpo mismo de un hablante poético desdoblado y hueco («un pozo»). Luego de haber mostrado su aparición en el espacio referido y en poético, la formulación final retrotrae el tema de Iñaki Echevarne a un presente tan impermanente como la posteridad.

Los códigos y referencias del arte son aquí duales, pictórico —«paisaje», «santa», «paisaje bucólico»— y poético —«arpillera»—; ellos permiten desplazar la denominación de algunos de sus componentes básicos —« fisura llamada muchacha», «Una bicicleta que es la Belleza»—. En este poema podemos percibir mejor la adquisición paradójica en que puede desembocar la dinámica del gasto poético: una nueva posesión de sí mismo que sin embargo está desprovista de objeto («Las pulsaciones de un pozo»). Desde allí se comprende mejor también la proyección del gasto en ese espacio baldío (y poético con The waste land), el de una sociedad de consumo ciega a deshechos bellos —basuras varias, ruedas pinchadas, esqueletos de bicicleta— abandonados allí como restos de una neurosis que aún no han cubierto los abrojos y la hierba alta.

*

Cuatro. «¿Por qué Bolaño fue menguando la escritura poética para dedicarse de lleno a la narrativa?» En La universidad desconocida, la confluencia entre ambas no cesa, tejiendo a veces una hibridez acogedora. A menudo se urden enigmas de tinte autobiográfico que terminan desplazando una intimidad lírica hacia pasajes inciertos e inexplicables, los que componen Joaquín Manzi, PIAL, Université de Paris IV, 3 dicicembre 2010 por ejemplo «Gente que se aleja», publicado antes bajo el título Amberes (2002). A semejanza de estas breves secuencias en prosa que van superponiendo inextricablemente varias tramas inquietantes, otros poemas líricos y narrativos escenifican encuentros eróticos y/o criminales vertiginosos. En algunos de estos poemas se cristaliza el anhelo juvenil de tramar una escritura no sólo viva sino sobre todo vital, movida por un gasto, un derroche que permanecerá asociado a la poesía incluso hasta 2666 como se verá con algunos poemas y pasajes en prosa. Para situar mejor la vecindad y la reciprocidad que desde mediados de los 90 y hasta su muerte el escritor estableció entre poesía y prosa, al lector hipócrita —era el adjetivo que faltaba citar del verso de Baudelaire— le queda imaginar alguna hipótesis, urdir alguna fábula crítica para completar el entramado de hilos expuestos y escondidos en este libro de poemas.

Cuando en 1976 Bolaño lo ha dejado todo nuevamente y se ha lanzado otra vez a los caminos, escribe sin finalidad previa, no para publicar sino para «conocernos a nosotros mismos o para ver hasta dónde éramos capaces de llegar» como confiesa el personaje de Edith Oster en Los detectives salvajes. (2008, 411) Escribir poesía y vivirla parecieran ser arte y parte de la misma condición del ser poeta: un estar al margen, un no estar del todo ahí donde los demás esperan al extranjero. Situadas al bies y al lado de la escena urbana y burguesa, las voces poéticas son entonces variadas, numerosas, inasibles en los dos primeros pabellones del libro, escritos en los años setenta y ochenta. Esas voces llevan la impronta de un gasto improductivo (de tiempo, energía o dinero) que se plasma poéticamente en encuentros eróticos y viajeros asediados por una amenaza de muerte violenta.

Cuando entre finales de los años ochenta y mediados de los noventa, las fuentes de tiempo y de vida parecieran haber menguado, el derroche poético y vital va cesando por agotamiento o por reflejo de supervivencia. En el último pabellón del libro, que data de aquel entonces, la voz poética refiere ahora experiencias pasadas, atribuidas a máscaras inscriptas en códigos literarios consagrados, las del poeta, el padre, el detective. Ahora predomina un doble pasado —personal y literario— que permite emprender los ejercicios codificados del autorretrato, el arte poética o la alabanza familiar. «La vida en los tubos de supervivencia» desemboca así en un «Un final feliz» —títulos de las dos últimas secciones— para que una voz lírica mucho más referencial y tangible que las anteriores pueda conjurar los nuevos temores y forjar una herencia literaria para el porvenir. La recopilación de los poemas en vistas a un libro data precisamente de 1993 cuando, según Carolina López, la viuda del escritor, le fue diagnosticada la insuficiencia hepática.

En década final siguió practicando la poesía incluso en sus últimos días, como lo muestra una de las libretas entrevistas en el documental Bolaño cercano, de Eric Haasnoot (2008); pero el desafío del derroche escriturario se había desplazado al género novelístico hecho en su caso de canibalizaciones —las  que realizan Estrella distante y Amuleto respecto a La literatura nazi y Los detectives salvajes— y de traslados —de lo autobiográfico a lo ficcional via Arturo Belano, un alter ego privado de voz narrativa—. Estas novelas señalan una totalidad en ciernes, suspendida a la multiplicidad de sus voces y a la fragmentación anacrónica de sus tiempos. En ese reenvío infinito de las partes a un todo futuro, la prosa urdió un punto —temporal como 2666— hacia el cual confluyen elementos dispares que dejan así de ser percibidos contradictoriamente.

*

Al inicio de su éxito editorial, una entrevista de Óscar López, recogida por Andrés Braithwite (2006, 56), dio a Bolaño la excusa de referir provocativamente su nueva vivencia de la escritura:

Si ganara cuatrocientos millones en la lotería se enterarían. Se acabaría la escritura. Sólo escribiría poesía, cuatro o cinco poemas perfectos, eso sí. Vivir es un milagro irrepetible y en cambio escribir es algo bastante jodido. Si un escritor escribe prosa, que es lo más aburrido de la escritura, es por dinero. Además, lo más maravilloso de la literatura, es ser lector.

Veamos ahora cómo, unos pocos años antes, el poeta reconstruyó poéticamnte su recorrido pasado. Otra vez lo situó en el desierto, para colocar su propia silueta tras los pasos de una «Musa» con la cual el libro concluye. Varios otros poemas de esa misma sección convierten briznas de la biografía en un autorretrato del artista.

AUTORRETRATO

Nací en Chile en 1953 y viví en varias
casas y
distintas casas.
Después llegaron los amigos pintados por
Posadas
Y la región más transparente del mundo
pintada por un viejo y clásico pintor
mexicano
del siglo 19 cuyo nombre he conseguido
olvidar por completo.
Entre una punta y otra sólo veo
mi propio rostro
que sale y entra del espejo
repetidas veces.
Como en una película de terror.
¿Sabes a lo que me refiero?
Aquellas que llamábamos de terror
psicológico.

«Un final feliz», p. 430.

Estos poemas convierten al poeta en un personaje que ha metabolizado al Nicanor Parra de los Artefactos: valiente luchador en «Autoretrato a los 20 años», soñador empedernido en «Los perros románticos», perdedor audaz en «Los años», superviviente casi legendario en «Devoción de Roberto Bolaño», (2007, 346, 372, 400, 397):

 

DEVOCION DE ROBERTO BOLAÑO

A finales de 1992 él estaba muy enfermo
Y se había separado de su mujer
Esa era la puta verdad :
Estaba solo y jodido
y solía pensar que le quedaba poco tiempo
pero los sueños, ajenos a la enfermedad,
qcudían cada noche
con una fidelidad que conseguía asombrarlo
Los sueños que lo trasladaban a ese país mágico
que él y nadie más llamaba México D.F.
y Lisa y la voz de Mario Santiago
leyendo un poema
y tantas otras cosas buenas y dignas
de los más encendidos elogios
Enfermo y solo,l él soñaba
y afrontaba lo días que marchaban inexorables
hacia el fin del otro año.
Y de ello extraía un poco de fuerza y de valor.
México, los pasos fosforescentes de la noche,
la música que sonaba en las esquinas
donde antaño se helaban las putas
(en el corazón de hielo de la Colonia Guerrero)
le proporcionaban el alimento que necesitaba
para apretar los dientes
y no llorar de miedo

En su exposición lírica, pero sobre todo en su intento de suscitar la benevolencia y la emoción lectora, estos poemas contrastan con los recogidos en los dos pabellones anteriores del libro, capaces de crear una extrañeza incómoda y un sinfín de desafíos de lectura. Para el lector de la narrativa, este hablante poético es el referente consiste del huidizo y mudo Arturo Belano. De ahí, la sospecha y también la incredulidad del lector de su poesía anterior, más (y mal ) acostumbrado a los desafíos interpretativos que a los ejercicios de conmiseración.

*

El joven poeta de «Prosa del otoño en Gerona» (2007, 253- 288)—movedizo y dividido en nombres paralelos— se supo mostrar ajeno e incluso opuesto a la figura consagrada del artista. Para subrayar el fracaso aparente del Yo poético, surge en primer lugar la mención periodística de un pintor catalán entonces treintañero —¿Miquel Barceló?—, ufano de poder trabajar doce horas al día; a esa ironía envidiosa le sigue una figura onírica proviniente de un cómic, Giorgio Fox, crítico literario italiano, apuesto, exitoso y por eso mismo objeto de menoscabo y mofa a la vez. La única riqueza del Yo que regresa a su cuarto deshabitado de Girona luego de haber trabajado durante los meses de verano no es sino «la desnudez ósea de un pasaporte consular expedido en México el año 73, válido hasta 82, con permiso para residir en España durante tres meses sin derecho a trabajar» (2007, 269). Como si con esa precariedad no bastara, los «viejos cucú» —poetas entonces vivos como Octavio Paz, o muertos ya como Neruda— se aparecen en sueños para lanzar improperios y amenazas:

No te preocupes, Roberto, dijeron, nosotros nos encargaremos
De hacerte desaparecer, ni tus huesos inmaculados
Ni tus escritos que escupimos y plagiamos hábilmente
Emergerán del naufragio. […]

Confinados en los espacios amurallados del mundillo literario, ellos son denostados en «Horda» y «La poesía latinoamericana» (2007, 292-294), diatribas ácidas y también autocríticas que permiten entender parciallmente al menos el vuelco progresivo hacia la prosa narrativa.

La mejor defensa consistió en atacarlos corrosivamente y en seguir trabajando a diario y a destajo la letra hasta hacerla infranqueable como la de ciertos textos experimentales, los que componen «Gente que se aleja», título inicial de Amberes, ya publicado en 2002. Por su forma secuencial, que asocia con destreza y misterio ciertos códigos cinematográficos a la prosa poética, este libro merecería un estudio detenido que queda fuera de estas líneas. En cambio, la nota introductoria del autor que precede esa primera edición merece ser recordada por estar ausente de La universidad desconocida y por permitir un último avance.

*

La primera edición de «Gente que se aleja», apareció en vida del escritor bajo el título Amberes con un prefacio autobiográfico que resitúa las condiciones de su escritura.. Ese breve relato comienza cruzando los espacios existenciales de las diatribas anteriores para situar al joven escritor marginal «a la intemperie y sin permiso de residencia tal como otros viven en un castillo» (2002, 9),. El escritor maduro le atribuye un derroche existencial enfermizo, hecho en partes iguales de hábitos de lectura antinómicos (los pornógrafos y los poetas arcaicos griegos, Manrique y ciertos autores anglófonos de ciencia ficción), de esperanzas descabelladas (hacerse rico fuera de la ley, vivir hasta los 35 años) y de rutinas desgastantes (trabajar de noche, escribir de día, no dormir nunca). La felicidad y la enfermedad del orgullo, la violencia y la rabia fueron entonces tan claramente gráficas —y estereotipadas para quien allí las rememora— como la papeleta referida en el titulo de este prefacio : «Anarquía total : veinte años después » y que en aquel entonces tenía enchinchada en uno de los muros de su habitación. Fueron tiempos agotadores que un buen año cesaron y dieron paso a otro modo de vida y de escritura, menos suicida. El cauce literario fue orientándose cada vez más hacia la narración ficcional en prosa que, a partir de Estrella distante, se fue sucediendo y multiplicando de manera deslumbrante gracias al acicate del reconocimiento editorial, antes despreciado.

Quedó sin embargo intacto el ideal juvenil de una letra nutriente, ágil, audaz, ajena al comercio y al afán de supervivencia. 2666 lo reactualiza al final de la «Parte de Amalfitano» (2004, 288-289), poniéndolo en boca de un personaje mexicano, Marco Antonio Guerra:

Los mexicanos estamos podridos, ¿lo sabía? Todos. Aquí no se salva nadie. Desde el presidente de la república hasta el payaso del subcomandante Marcos. Si yo fuera del subcomandante Marcos, ¿sabe ko que haría ? .Lanzaría un ataque con todo mi ejército sobre una ciudad cualquiera de Chiapas, siempre y cuando tuviera una buena guarnición militar. Y allí inmolarípa a todos mis pobres indios. Y luego probablemente me irípa a vivir a Miami. ¿Qué clase de música le gusta? preguntó Amalfitano.La música clásica, maestro, Vivaldi, Cimarrosa, Bach. ¿Y qué libros suele leer? Antes leía de todo, maestro, y en grandes cantidades, hoy sólo leo poesía. Sólo la poesía no está contaminada, sólo la poesía está fuera del nogocio. No sé si me entiende, maestro. Sólo la poesía, y no toda, eso que quede claro, es alimento sano y no mierda.

A través del nombre irónico y del carácter excesivo de este personaje provocativo, retumba en toda la obra de Roberto Bolaño un anteúltimo llamado a la poesía, la escritura del derroche.

* * *

Bibliografía de Roberto Bolaño

La literatura nazi en América, Barcelona, Seix Barral,

1996a, 232 p.

Estrella distante, Barcelona, Anagrama, 1996b, 157 p.

Los detectives salvajes, Barcelona, Anagrama, 1998, 609

p.

Amuleto, Barcelona, Anagrama, 1999b, 154 p.

Los perros románticos, Barcelona, Lumen, 2000a, 94 p.

Tres, Barcelona, El Acantilado, 2000b, 105 p.

Putas asesinas, Barcelona, Anagrama, 2001, 225 p.

Amberes, Barcelona, Anagrama, 2002, 119 p

2666, Anagrama, 2004b, 1125 p.

— Entre paréntesis, Anagrama, 2004, 366 p.

— La universidad desconocida, Anagrama 2007, 458 p.

Bibliografía crítica

Ayala Matías Bolañosalvaje2008, 91-101.

Bajter, Ignacio, «Notas sobre la poesía cinética »,

Quimera 314, 2010, Barcelona,52-57

Bataille, Georges, «La notion de dépense», (1933), La

part maudite, Ed. de Minuit, Paris, 1967, 22-45.

Braithwaite, Andrés, Bolaño por sí mismo, 2006, 145 p.

Castillo de Berchenko, Adriana, «Roberto Bolaño: los

vasos comunicantes de la escritura», Roberto Bolaño,

una literatura infinita, CRLA-Université de Poitiers,

2005, Poitiers, 41-52.

—« La poesía de Roberto Bolaño. El canto de la

generación perdida». inédito

}—«Roberto Bolaño y la poesía del héroe desolado»,

inédito.

—Echevarría Ignacio y Montané, Bruno, «Sobre la

universidad desconocida», Quimera 314, 2010,

Barcelona, 39-41

Espinosa, Patricia, «Reinventar el amor», Quimera 314,

Barcelona, 48-51.

Haasnot, Eric, Bolaño cercano, DVD Candaya, 2008, 55

min.,

Manzi, Joaquín, « Bolaño poète» Cyclocosmia n°3,

Strasbourg, 2010, p. 161-171.

Morales, Jorge, «Tras la huella de los ‘poemas

incalculables’, Quimera 314, 2010, Barcelona,44-47.

RTVE, Roberto Bolaño el último maldito transmitido por

TVE el 21.10. 2010 y disponible

en :http://www.rtve.es/television/20101022/robertobolano-

ultimo-maldito/363488.shtml

Joaquín Manzi (Buenos Aires, 1967), se crió en Quilmes y se graduó en la UBA. Por un intercambio, vivió un año en casa de una familia de Poitiers, Francia, donde realizó el bachillerato y más tarde el doctorado. Hoy da clases de cine y literatura de América Latina en la universidad de Paris Nord. Editó el n° 60 de la revista La licorne, dedicado a “Cortázar, de tous les côtés”, Université de Poitiers (2002), y también “Locos, excéntricos y marginales en las literaturas latinoamericanas” y “Escrituras del imaginario en veinte años de Archivos”, Université de Poitiers, (1999 y 2001). Publica regularmente ensayos sobre escritores, artistas y cineastas latinoamericanos.