Autos Extraordinarios – Muestra fotográfica de Marisa Niño

Autos Extraordinarios

 

Los autos chocados,  abandonados en los cementerios de coches o en las calles, parecieran ser testigos mudos de historias anónimas; fósiles de lata que susurran un hecho remoto descrito en algún periódico o parte policial, o que desmembrados en un cruce de carreteras o al borde de un río alguna noche maldita, guardan el secreto de un robo fallido, de una persecución, de un exceso.

La producción artística que hace referencia a los accidentes automovilísticos no es tan nueva. Hace ya medio siglo Andy Warhol había tomado escenas de desastres y accidentes desde una perspectiva artística, pero con la intención de distanciarse de su contenido referencial, simbólico o metafórico. Como sabemos, el rey del arte pop no sólo usaba  las marcas y los objetos de consumo masivo para generar obras, sino que también lo hacía con las fotografías de prensa y medios, liberándolas de su vínculo referencial y su cualidad informativa. Warhol se apropiaba de fotografías de suicidios, crímenes y accidentes sacados de tabloides, privilegiando la imagen de la tragedia en su dimensión espectacular, pero a la vez banalizándola en su repetición serigráfica que dejaba en un mismo plano un accidente aéreo, la silla eléctrica o las flores de una revista de jardinería. Algunas de las piezas de su serie  The Death and Disaster realizada entre 1962-1963, nos dejan ver las escenas inmediatas de accidentes automovilísticos. Green Burning Car I, Orange Car Crash 14 TimesBlack and White Disaster #4Silver Car Crash (Double Disaster) dispuestos en las paredes de las galerías y museos, se convertían en íconos casi sagrados, catalogados por una característica tan superficial como su color, despojando así la noticia de las víctimas;  de los humanos.

Marisa Niño, interesada también en el accidente y sus relatos visuales, construye su propio inventario de autos abandonados. Desde hace poco más de un año ha recorrido calles,  sitios baldíos y cementerios de autos en Puerto Natales, Valparaíso, Santiago, Buenos Aires, Lima,  retratando estos seres metálicos, abandonados por sus dueños al rigor del tiempo en una esquina cualquiera,  o  que esperan silentes ser aplastados y reducidos a chatarra.

A Niño le gustan las cicatrices, las heridas, las huellas, los tatuajes. Me la imagino de pequeña haciendo dibujitos insolentes en lugares prohibidos o hiriendo con trazos abstractos la piel del pupitre del colegio, de una muralla. Sus anteriores trabajos son prueba de ello. En Cicatrices (2006) retrataba las marcas que la enfermedad o el accidente dejan en la piel, y en Pabellón (2009) el proceso de violencia voluntaria al que es sometido el cuerpo en pos de una corrección estética a través de la cirugía plástica.

La marca, la huella, la herida, son apariencias que visibilizan el paso del tiempo.  El devenir es atrapado en una apariencia. La apariencia duerme en una materialidad.  Es el intento que la misma fotografía sigue haciendo como práctica de retención, de retardo.

Los automóviles que retrata Marisa Niño son cadáveres de metabolismo lento. Luego de su defunción por un choque o por abandono, su descomposición se demora. No es como el cuerpo de un animal, de un ser humano, del árbol o la fruta. Como cualquier otro artefacto, como los robots del imaginario de ciencia ficción, o como nuestros electrodomésticos más cotidianos, las máquinas desechadas marcan el tiempo en su materia a través de procesos químicos y físicos que cambian su fisionomía: se oxidan, se retuercen, se desgastan, trascendiendo la vida de mujeres y hombres, de sus dueños. Los autos chocados quedan ahí solitarios como ruinas metálicas cuyo fulgor acrílico se extingue despacio, degradándose sin prisa, con lentitud post-humana.

 Valentina Montero

 

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