Antonio Rodríguez de Tudanca




T.O.C.




Cuando se fue la policía le puse el otro ojo morado a mi mujer. Odio sus obsesiones y manías. Pensar que todas las enfermedades le acechan, comprobar continuamente que el gas está debidamente cerrado, sentarse en el mismo asiento del autobús (ha levantado a más de un anciano fingiendo cojeras o mareos) o no tener asignado a su persona ningún número impar, han pasado de ser costumbres singulares a excentricidades que le complican la vida a ella y a los que le rodean. Consiguió que le cambiaran el número del D.N.I. alegando trastornos obsesivos de la personalidad. El médico del seguro, casi de la familia ya, no puso reparos en confirmar el autodiagnóstico. Cuando fuimos a vivir juntos quiso colocar por orden alfabético y cronológico todos sus libros pero terminó quemando en la chimenea la mitad de ellos al darse cuenta de que los dos criterios de ordenación eran del todo incompatibles. Después de calmarla decidió alinearlos en las estanterías por temas pero a punto estuvo de quemar la otra mitad al notar que no conseguía una posición simétrica de los libros. La simetría es la obsesión que más detesto. Se operó de aquel lunar que a mí tanto me gustaba, cambió la distribución de los muebles de la oficina sin permiso de su jefe y no soporta pasear por el campo, dice, por la absurda arbitrariedad de la disposición de los elementos de la naturaleza. El otro día tuvimos un pequeño accidente. Tras un frenazo, ella se golpeó con el salpicadero. Me abroncó delante de la policía por no haber comprado un coche con airbag en los dos asientos. La asimetría mata, me dijo. En cuanto reparé en que sólo se le había hinchado el ojo izquierdo supe que eso no iba a quedar ahí.

 




VIADUCTO




El guardia pasea el tricornio de dos puntas de un lado a otro del viaducto. Una luna menguada lo custodia, proyectando su luz mortecina en el charol que corona su cabeza.  Intenta caminar erguido, acompasado, vigilante. Cuando alcanza el extremo que desemboca en la catedral, da media vuelta, divisa una sombra lánguida y piensa, ahí viene otro. Duda si dar el alto a un hombre que camina despacio, que arrastra unos pies con los que dibuja eses no sabe si de sueño, de suicidio o de Sol y Sombra; aunque los tres motivos, como las propias eses, bien podrían estar entrelazados.

Le dijeron que era temporal  pero recibió la orden como una degradación. Dos meses ya recorriendo, desparejado, las aceras del viaducto; le ha dado tiempo hasta de confeccionar una lista mental con los perfiles más habituales, como si se estuviera doctorando en la materia. Jóvenes desorientados,  rojos rencorosos, invertidos, niñas preñadas, desahuciados que adelantan su hora contraviniendo, de paso, los designios de Dios; los hay vocacionales, locos de ojos desorbitados o demasiado cuerdos, tanto que acaban perturbados y los hay que no pueden resistirse a la atracción macabra que desprende ese monstruo racionalista de tres ojos, los que se tiran por tradición, los que se tiran porque sí y los que se tiran por joder, no se sabe a quién, quizá a él mismo que está ahí cumpliendo con su trabajo, sin hacerle daño a nadie. Condenados todos de no ser por él, condenados todos que se precipitarían al limbo de la calle Segovia.

Se trata de un viejo desarrapado que, a cinco metros de la autoridad, se atreve a dirigirse a la barandilla que mira a las estrellas de la Casa de Campo. El guardia decide dispararle un linternazo. Todo suicida necesita, por mucha voluntad de morir que tenga, un segundo previo de paz, de ensimismamiento, de recapitulación de las imágenes de su vida, una última y profunda inspiración o eso, al menos, es lo que piensa el agente. Desde cuándo uno no se puede suicidar a gusto, dice el viejo, que se da media vuelta, sonríe y acoda su brazo izquierdo en el hierro mientras con la otra mano se lía un cigarrillo. Desde que estoy yo aquí. El guardia sigue apuntando con su linterna a los ojos del viejo, como si pretendiera iluminar su mirada. Viendo cómo se tira al vacío la gente, dice el viejo protegiéndose con su mano derecha del fogonazo.

La noche anterior tuvo un servicio similar, un hombre de la misma edad, con una foto de su esposa en la mano intentó tirarse por el otro lado del viaducto. Había perdido a su hijo en la guerra. Su mujer salió una tarde de invierno de su casa para visitar a su hermana pero al pasar por el viaducto debió de cambiar de idea. Un amigo suyo la reconoció a lo lejos segundos antes. Dijo que se remangó la falda negra, que venció la altura de la barandilla pasando primero la pierna derecha y después la izquierda con la naturalidad de quien esquiva un obstáculo para tomar un atajo al ir a la compra o a recoger al niño de la escuela. No le dio tiempo ni de llamarla. El viudo le dijo a su amigo que acabaría con su vida de la misma forma que lo hizo su mujer.

Con el de hoy no tiene tanta paciencia, además está borracho y más bien parece que haya ido a reírse de él. Si no fuera porque tiene que cumplir con su obligación le ayudaría él mismo a morir. El guardia retira su capa hacia atrás con lentitud y acaricia la culata de su pistola, que asoma por la funda de cuero. A mí todavía no se me ha tirado nadie, dice bajando la voz. Pues hoy se te va a tirar el primero, no me digas que los suicidas le temen más a la guardia civil que a la propia muerte. Yo no estoy aquí para preguntarme qué cojones teme la gente, y aléjese de una vez del barandal, hostia. Dos meses antes sí se preguntó qué carajo de destino era ése; oyó que el Régimen no consideraba que uno o dos suicidas por noche le dieran buena prensa, se dijo que el arzobispo de Madrid exigió que se actuara contra esos hombres que acaban con su fe, con su vida y con su alma de  un solo salto, corrió el rumor de que se había tirado, embarazada de un maquis que bajaba los domingos a Madrid, la hija de una marquesa y era sabido que los vecinos de La Morería no podían dormir con tanto fantasma atormentado sobrevolando el cielo de su barrio. Le dieron la linterna, la capa, un arma corta y dos fuertes palmadas en el pecho  y le dijeron que, de ahora en adelante, no querían recoger más fiambres aplastados contra el pavimento.

Después de darle dos caladas cortas al cigarro se saca una petaca del bolsillo de su camisa y se la extiende al guardia, que amaga una arrancada adelantando su pie derecho, con el que golpea el suelo de forma violenta. Asustado, el viejo vuelve el brazo hacia atrás y la petaca sale disparada de su mano. El golpe resuena en la noche y se escucha el maullido de un gato que sale de su escondrijo. El viejo se aleja del guardia con dos zancadas torpes y vuelve a esbozar una sonrisa etílica. No sabes que no hay nada más peligroso que negarle el vaso a un borracho, le dice mirando al guardia a los ojos, liberado ya de las ráfagas de luz, y más aun cuando tiene intención de irse al otro mundo. Yo con un arma de fuego, responde el guardia que ha sustituido la linterna por la pistola. Como si esto también lo deslumbrara, el viejo gira su cuerpo hacia la noche y el guardia hace amago de ir a por él pero se detiene a mitad de camino. Tienes más miedo que yo. Yo nunca tengo miedo. Se separa escasos centímetros de la barandilla, levanta una mano huesuda hacia el cielo y dice elevando la voz. Ves esa estrella, valiente. El guardia dirige la mirada donde apunta el dedo del viejo pero no ve nada. Por esa estrella me voy a colar yo. Lo que se va a colar es un balazo entre tus ojos si no dejas de joderme la marrana. El guardia gira la muñeca y mira su reloj extrañado, da dos golpecitos en la esfera de cristal, después uno más fuerte, suelta una maldición y escupe al suelo. Qué hora es, viejo. ¿Tienes prisa?, le responde. En estos dos meses al guardia  le ha dado tiempo a elaborar otra teoría sobre los suicidas. Sabe que el alba los espanta, que la luz rompe el maleficio hipnótico de la noche. Tiene que ganar tiempo pero ya está perdiendo la paciencia. Algunas noches aburridas desea que se acerque algún suicida con más ganas de hablar que de pegar un salto al vacío y pasa una noche amena pero otras le puede el miedo a un fracaso que conlleve una nueva degradación. Hablando con el hombre de la foto pasó buena parte de la noche entretenido con su relato.

Dentro de dos horas abren las bodegas, añade el viejo a la vez que se asoma al vacío en busca de su petaca. Que no te arrimes coño, que vamos a acabar mal. El viejo se da la vuelta, desvía la mirada hacia la derecha y desaparece el gesto cínico con el que se había comportado todo ese tiempo. Queda inmóvil, como si el suicida borracho hubiera salido de su cuerpo, se separa de la barandilla y da dos pasos al frente. El guardia aprovecha para abalanzarse sobre él y tirarlo al suelo, ponerle la rodilla encima de la espalda y las esposas en las muñecas. Al levantar la vista vuelve a ver al hombre del día anterior. Se ha descalzado y ha apoyado la foto de su mujer en la barra inferior de la baranda. Está de espaldas, con la cabeza inclinada hacia abajo, moviendo ligeramente su torso hacia atrás y hacia delante, en un movimiento pendular, como rezando una jaculatoria. El guardia aprieta la rodilla contra la espalda del viejo hasta hacerla crujir, le pone la pistola en la sien y le repite, como te tires, lo mato.

 




EL HOMBRE Y SU PERRO




Ares se ha convertido en un amigo fiel. Permanece más ansioso que él mismo, en guardia, esperando con las patas rígidas y las orejas tiesas que tienden ligeramente hacia atrás. Yoel custodia el otro sentido de la calle con la mirada nublada, sin llegar a apoyar su enjuto cuerpo contra la pared, las venas a un paso de desbordarse, los puños bien cerrados, uno agarrando un escarpín y el otro contagiando al perro su rabia amarilla a través de la correa. Se siente más cerca que nunca del animal. Ya sintió gratitud cuando Ares le llevó hasta los pies aquel escarpín de neopreno gastado que había sacado de debajo de su cama. El perro lo mordía, lo olisqueaba, ladraba como intentando arrojar al demonio de su interior y volvía a lanzarse con fiereza a por su captura, como si experimentara una empatía hacia su amo que Yoel no hubiera esperado. Los ladridos rebotaban en su cabeza mientras se vaciaba por dentro, con la mirada perdida en el calcetín de caucho y las manos acariciando nerviosas el escaso pelaje del perro. Ahora permanecen juntos, inmóviles, vigilando a cuatro ojos, el hombre con el cuello girado hacia la izquierda, el perro orientado hacia el lado opuesto, como dos caras de una misma moneda. Parecen haberse mimetizado; el color cobrizo de la piel del dueño ha teñido el pelo de Ares, la expresión de Yoel, que se asemeja a la de un  perro de presa, la impaciencia del hombre que encrespa a un animal que se tensa más aún, que respira con fatiga, que saca la lengua y jadea. El hombre no sabe si es él el que ha llevado a su perro hasta ese lugar o es éste el que le ha conducido a él. Ares tira con fuerza como queriendo dirigirse a la zona del muelle por donde han pasado minutos antes pero su dueño sujeta firme el cuero del cinturón y cruza una pierna por debajo de su lomo, aguardando en una calle paralela al Malecón. A un palmo del hocico del perro deja caer Yoel los restos de la suela de caucho, lo que provoca que el animal comience a gemir , se le agite aún más la respiración que acaba entrecortada por unos ladridos secos que boicotean el sesteo del barrio. Yoel gira la cabeza y observa una figura que avanza vacilante hacia ellos. Camina con las piernas arqueadas, cada vez más despacio, cargando un cubo lleno de peces y  aparejos de pesca. La visión del neopreno que cubre uno de los pies del pescador ciega los ojos de Yoel mientras Ares tira con tanta fuerza que su dueño casi pierde pie. Los ladridos no detienen el paso del pescador que, a cinco metros de distancia, levanta la mano que le queda libre e inicia un conato de sonrisa. Yoel  relaja gradualmente la tensión del brazo con el que contiene al perro. La correa le resbala por la palma de la mano quemándola, cuarteándola más de lo que está, hasta que la abre de un golpe y el animal se precipita hacia el pescador que, con toda su envergadura, cae de espaldas contra el asfalto. Cuando Yoel llega a su altura, el perro parece más calmado, dando vueltas alrededor del hombre caído mientras mueve su cola de un lado a otro y resuella con la mirada puesta en su amo. Yoel intenta no pisar el círculo rojo, que se hace cada vez más grande y espeso, se sitúa junto a la cabeza del pescador, flexiona las piernas y le pone una mano sobre la frente.




Antonio Rodríguez de Tudanca Ampuero (Madrid, 1980). Licenciado en C.C. Políticas. Actualmente es alumno de tercer año en la Escuela de letras de Madrid. Ha obtenido el 1er premio en el Certamen de Microrrelatos Joven Ciudad de Algeciras.