Juan Malpartida: Al vuelo de la página.

 Juan Malpartida: Al vuelo de la página (Diario 1990-2000)
Fórcola ediciones
Colección Señales
Por David Sánchez Usanos

En ocasiones tomar el camino aparentemente más sencillo supone un acto de valentía. Cuando uno intenta escribir pronto descubre que hay dos registros, dos formatos, en los que la cosa fluye de manera mucho más fácil: la carta y el diario. Curioso: dos formas de escritura destinadas a una cierta intimidad (a una publicidad controlada). Por eso, en el momento en que alguien decide entregar algo como un diario al ojo escrutador del público se disparan en el lector al menos dos sensaciones encontradas. Por una parte entendemos que escribir un diario resulta mucho más asequible, desde el punto de vista de la fuerza y del talento que hay que poner en juego, que armar una novela. Eso hace que contemplemos a su autor como más próximo a nosotros (o sea, que le restemos algo de mérito). Pero, casi al mismo tiempo, también entendemos que divulgar algo tan propio como un diario entraña una buena dosis de riesgo. Uno no está tan protegido como cuando se ampara tras el muro de la ficción. Quien publica un diario —o un epistolario— se expone a que el dictamen virtual que teme todo escritor —a saber: el «y a mí qué me importa todo esto» del lector— le alcance, le hiera, de un modo más profundo.

Siendo consciente de ello, porque el autor que hoy nos ocupa no parece ningún ingenuo, Juan Malpartida resuelve poner en nuestras manos una colección de impresiones personales entre los años 1990 y 2000 con el título de Al vuelo de la página. Juan Malpartida. La verdad es que es casi un nombre artístico. Suena a tipo sin pasado, como los personajes que durante tanto tiempo encarnaba Johnny Depp, o a mercenario al margen de la ley pero con un código de honor propio. Y desde luego encaja como un guante para la profesión de escritor.

Cuando hablamos con cierto detenimiento acerca de otros, en realidad estamos desvelando mucho de nosotros mismos. La naturaleza de este Al vuelo de la página la pone de manifiesto bien pronto el propio Malpartida cuando se ocupa de Montaigne. En efecto, al escribir acerca del inventor del género «ensayo», de ese francés incisivo y de redacción aparentemente inopinada, Juan Malpartida se delata. Juan Malpartida quiere hacer como Montaigne. Hablar de todo y de todos, hablar del mundo (que es una de las maneras de hablar de la literatura) hablando, si no de sí mismo, sí desde sí mismo. Hacerlo, además, como quien no quiere la cosa, ligero y sin lastre, eludiendo sistemas y pesadas arquitecturas, a vuelapluma, al vuelo de la página. Pero Malpartida sabe que ya no se puede escribir como Montaigne. Al menos de un modo confeso, evidente. Ya no podemos titular «De la costumbre y la dificultad de cambiar los usos recibidos», «De la amistad» o «De los caníbales» a nuestras observaciones.

Pero podemos seguir escribiendo acerca de esos asuntos bajo un disfraz más acorde al signo de los tiempos, o sea más liviano. Eso parece haber pensado Malpartida al camuflar sus ensayos —porque, no nos engañemos, Al vuelo de la página se parece más a un libro de ensayos que a un diario al uso— bajo la pintura de la entrada cronológica, de la levedad de la anécdota. «Un diario de este tipo se puede acabar en cualquier momento. Carece de estructura, de planteamiento, nudo y desenlace, de idea central: es un poco como la vida misma, zigzagueante, repetitiva, pero, eso sí, algo más breve» (p. 191, mayo de 1995). Lo que les decía. Malpartida quiere lo que todos: atrapar la vida, someterla al yugo de la página, Quizá por eso lo ha intentado de las diversas formas que conoce el occidente moderno: con la poesía, con la novela y, por fin, con el ensayo. Es posible que haya algo del Malpartida novelista (toda novela es un patchwork) en Al vuelo de la página, pero lo que resulta evidente es la profunda vocación lírica de su autor. Este es un libro de ensayos, sí, pero escrito con una atención por la palabra justa, por la sonoridad de la frase, que sólo puede obedecer a alguien preocupado desde antiguo por el verso.

Además de la mención explícita a Montaigne (en la entrada correspondiente a noviembre de 1992), y de esa descripción de la naturaleza de su obra recién mencionada que le sitúa de modo inequívoco en la misma disposición, al final del libro encontramos, en anotación esta vez del editor, un recuerdo para François de la Rouchefoucauld. Ese gesto subraya aún más la voluntad de Al vuelo de la página de inscribirse en esa corriente, en esa tradición, de esos críticos de la cultura que fueron los moralistas franceses.

Si todo escritor es un mentiroso, podemos decir que un poeta lo es doblemente. Juan Malpartida subtitula como diario algo que propiamente no lo es, quiere darle apariencia de volatilidad a esta colección cuando salta a la vista que se trata de un ejercicio de composición lingüística meticuloso y calculado y, desde luego, no se trata de un libro breve. Son cuatrocientas sesenta y dos páginas de letra apretada y de consideraciones no exentas de densidad.

Personalmente me alegro de esas mentiras. Me han servido para descubrir a un autor con algo verdaderamente difícil de conseguir: una voz propia. Y eso a pesar de que la figura tutelar de Octavio Paz —autor muy apreciado y citado en estas páginas— aparezca aquí y allá (no sólo su figura, también algo de su estilo y de sus preocupaciones características). A la luz de lo escrito, prefiero que esto no sea un diario en un sentido estricto. Disfruto mucho más del Malpartida crítico literario que analiza brillantemente a Roberto Juarroz o del ensayista-filósofo de entradas como «Secularización y epilepsia» o «Cioran», que del Malpartida más apegado al «género diario» que airea cotilleos acerca del premio Loewe de poesía o sus desencuentros con determinados autores de antologías poéticas. Cada vez que habla de política me alejo de él, cada vez que habla de literatura me vuelvo a acercar. Y eso que en el límite entre ambas se desenvuelve de maravilla, como en ese lúcido dardo llamado «Federico» en el que, sin perder la sonrisa, denuncia la inflación de la figura de García Lorca en España.

A este Al vuelo de la página le falta algo de gracia, algo de velocidad. A cambio nos ofrece, insisto, una notable dosis de reflexiones —y, ojo, de reflexiones propias— que merecen una digestión pausada. También transmiten al neófito (si es que hay alguno que se acerque a una obra como esta) un buen número de referencias poéticas y literarias que responden a cierto canon contemporáneo que, no por repetido, deja de ser valioso o interesante. No sé si Malpartida es un valiente, un temerario o un satisfecho. Quizá tenga algo de todo eso, lo que está claro es que no se esconde: a la hora de opinar procede con resolución y desembarazo. Al vuelo de la página es un texto complejo tras el que cabe adivinar una personalidad del mismo jaez. Un movimiento audaz por parte tanto de su autor como de su editor que deciden, en tiempos como estos, apostar por el pensamiento.